Crítica de 'Los hijos se han dormido' - Masteatro
Los hijos se han dormido

Crítica de ‘Los hijos se han dormido’

Los hijos se han dormido

Un decorado único, inmóvil y utilitario que evoca el salón de una casa, con dos puertas al fondo, un pasillo y una ventana; un attrezzo que consta de varias mesas, sillas y dos sofás; en definitiva, una escenografía diseñada para un teatro a la italiana y no para un espacio escénico como la sala dos de las Naves del Español que tiene público por los tres costados.

Todo comienza con actores que deambulan por la escena y hablan entre ellos mientras los espectadores se acomodan. Si como dramaturgia contemporánea debemos entender esto, semidesnudos gratuitos, besos apasionados, dar la espalda al público, personajes que se pisan los unos a los otros en sus parlamentos, decir tacos y que un personaje sorba sopa mientras llora… que apaguen los focos. Ni qué decir tiene que el diseño de luces brilla por su ausencia ya que se limita una perpetua luz blanca sobre la escena que no crea espacios. Una falta general de equilibrio en el escenario. Sin olvidar el inexistente espacio sonoro, que se limita a unos intensos portazos – interrumpiendo así la audición del discurso de los personajes sin motivo alguno – y a la mención de la música de Mozart (dejando el anhelo de ser escuchada).

Una adaptación de la gran obra teatral La Gaviota de Antón Chéjov estrenada en 1896 y aunque afortunadamente se le ha cambiado el título, su esencia sigue estando por lo que es muy frustrante que el director Daniel Veronese haya hecho esta versión tan falta de ritmo e imaginación teniendo todas las posibilidades a su alcance. La gran actriz Irina Arkádina (Susi Sánchez) en esta dramaturgia deja a un lado todo lo maternal que tiene una mujer – ni un solo vestigio de amor por su hijo- para centrarse en su conflicto amoroso con el famoso escritor Boris Trigorin (Ginés García) y en su carrera profesional (haciendo además mención de los teatros cerrados en Madrid cuando toda la obra transcurre en Rusia). Al romántico y atormentado joven dramaturgo Kostia (Pablo Rivero) lo convierten en un llorón, ya que desde que se levanta del sofá, al inicio, hasta que se le va la vida, tiene lágrimas en los ojos, con lo que esa emoción extrema hace que muchas veces sea ininteligible. A la querida gaviota Nina (Marina Salas) la muestran con talante atolondrado, quitándole toda posibilidad de volar. Mascha (Malena Alterio) está llena de emociones, ensimismada en su amor por Kostia; y mientras su amante marido, el desesperado maestro (Diego Martín), aguanta el tirón. Un personaje al que le dan aplomo y ritmo constante es al viejo Sorin (Miguel Rellán).

Dos horas de persistentes portazos, personajes que juegan a ver quién habla más y más alto, actores que se tapan los unos a los otros de la mirada del público y donde cada silencio vale oro. Tras lo cual vino la tanda de aplausos donde los artistas tuvieron que salir cuatro veces a saludar…

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