Crítica de 'Los cuentos de la peste' - Masteatro
Los cuentos de la peste

Crítica de ‘Los cuentos de la peste’

A lo largo de la historia, la humanidad ha tenido que enfrentarse a la devastación y al infortunio, a las epidemias y a la muerte. El hombre ha tenido que combatir los designios del destino -o del azar- no solo para sobrevivir a una muerte física sino también para persistir como Humanidad. Con sus mitos, su arte y su universo simbólico. Con todo aquello que convierte el medio natural en mundo; en la morada soberana del ser humano.

Los cuentos de la peste de Mario Vargas Llosa es un canto a la vida en un contexto asolado por la muerte: la Florencia de la gran pestilencia. Una obra teatral que reivindica lo que convierte a un ser viviente en un ser humano y civilizado. El arte como elevación del espíritu y baluarte a preservar más allá de la putrefacta carnalidad. La temporalidad desafiada a través de la literatura, la poesía y la pintura, a través de las obras de arte que permanecerán.

Esta versión libre del Decamerón de Bocaccio, no pretende, sin embargo, rehuir de lo que hace al hombre víctima de la peste: el cuerpo, la materia, sujeta a las leyes de la naturaleza. Es por ello que cuando Giovanni Boccaccio invita a Villa Palmieri a los cinco personajes para burlar el miedo a la muerte eclosionan también los más bajos instintos. Los cuentos son entonces historias de fantasías secretas, incestos, violaciones y abusos. El miedo a la muerte se convierte en miedo al infierno. Conscientes de una naturaleza indomable, de un impulso animal que a menudo es más fuerte que la religión y la voluntad.

La obra, adaptada por este maestro contemporáneo de las letras que es Vargas Llosa y dirigida por el nunca banal Joan Ollé, tiene una composición y puesta en escena excelentes, unos actores que hacen un gran trabajo porque con su voz, su presencia y sus gestos consiguen transmitir todo este conocimiento. Es puro teatro, por los cuatro costados. En algunas ocasiones, la osadía hace caer la representación en el delirio -en cierto punto verosímil porque es lo que corresponde a unos personajes encerrados y debatiéndose entre la vida y la muerte-, pero también en el ridículo. Alternando momentos muy serios con la broma fácil y, quizás, inoportuna de quien prueba y experimenta antes de encontrar el producto final.

Cuando la obra se vuelve a enderezar y los personajes son salvados de la peste negra por obra y gracia de la ficción literaria, las ganas de vivir se manifiestan en todo su esplendor. Unas ganas de vivir plenamente, que significa a consciencia y encontrando un sentido vital. Si por algo merece la pena ir a verla es para redescubrir este sentido existencial, para reconectar con los valores de la humanidad. Esta representación es un intento muy interesante de ello y que, a pesar de sus debilidades, se agradece.

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