Crítica de 'Los chicos de historia' - Masteatro

Crítica de ‘Los chicos de historia’

Irwin:
“¿Qué es la historia?”

Rudge:
“La historia es una putada tras putada.”

Esta semana concluye en Madrid la
representación
de Los Chicos de Historia, obra escrita por el actor, novelista,
guionista
y dramaturgo británico Alan Bennett. Si prestamos atención a la
polifacética
biografía del autor, entenderemos la complejidad y riqueza de este
texto y sabremos porqué ya ha cosechado, desde su estreno en 2004 en
el Teatro Nacional de Londres, seis premios Tony y tres Oliver, entre
otros galardones.

Bennett nos presenta la historia de
doce personas, divididas en dos facciones; cuatro académicos y ocho
alumnos. Los alumnos se encuentran el último año de escuela y se
preparan
para los competitivos exámenes de acceso a Oxford y Cambridge. La
paradoja
la encontramos en que la rivalidad no está en los alumnos sino en los
profesores, cuya utópica misión en la escuela debería ser únicamente
la de educar. Por un lado, tenemos al profesor Douglas (José María
Pou), rebautizado por los alumnos como Héctor ya que “en la historia
todo el mundo tiene que tener un nombre”; su metodología académica
es anárquica, se trata de un “todo vale” cuya única finalidad
es que los chicos aprendan a pensar individualmente y así puedan
fabricar
su propia historia. En el otro frente nos encontramos con Irwin (Jordi
Andújar), con una disciplina muy rígida y unos métodos aparentemente
más convencionales; se trata, sin embargo, del personaje más desdibujado

y oscuro de la obra. El cuadro académico se completa con la Sra. Lintott

(Maife Gil), que subraya su personalidad con un par de golpes de
exaltación
feminista y educación renovada al final de la obra. Por último se
encuentra el director de la escuela (Josep Minguell), práctico y
conservador,
para él los alumnos son sus instrumentos para ganar en su categoría;
cada alumno admitido en Oxford o Cambridge supone una medalla más en
su solapa.

José María Pou traduce,
dirige e interpreta esta obra de Bennett. En primer lugar hay que
destacar
la inmejorable traducción de Pou. Obviando la nacionalidad de Bennett,
nos encontramos ante un texto especialmente británico, con un
humor diluido en tragedia, con una realidad tan dura y cruel cuya
reacción,
al observarla, no puede ser otra que la carcajada. Apoyándonos en el
fragmento que el mismo director ha destacado de la obra de Bennett,
“… es como si del libro surgiera una mano y cogiera la tuya…”,
Pou ha tomado esta obra y quiere ofrecérnosla como una creación
íntimamente
suya. Al igual que Bennett, Pou ha hecho carrera como actor, escritor,
traductor y director de cine, teatro y televisión. Este bagaje hace
que la dirección de Los Chicos de Historia sea tan ecléctica y ágil
a la vez. Las frecuentes incursiones musicales por parte de los alumnos;

el recurso cinematográfico en el que el actor mira directamente a una
cámara fantasma con intencionalidad confesional o el juego de
representaciones
cinematográficas (juego con el que más de uno recordará el film
Soñadores
de Bertolucci, 2003) confunden gratamente al espectador en cuanto al
género de la obra.

Los Chicos de Historia habla de la
influencia de un profesor en particular en la vida de un chico en
general
y de cómo puede variar su historia (es inevitable rememorar la película
El Club de los Poetas Muertos de Peter Weir, 1989). Pero, sobre todo,
nos obliga a reflexionar sobre qué es realmente la historia. Héctor
pretende demostrar que la historia minúscula de cada uno en particular
es relevante y parte fundamental de la Historia (se intuye que los
críticos
ingleses habrán jugado con los términos story e History).
Este pensamiento nos puede llevar a nuestro Miguel de Unamuno que
distinguía
la historia de la intrahistoria; término y planteamiento utilizados
para referirse a la vida tradicional, a la gente que no sale en los
periódicos, que es la que realmente mueve la Historia. Para tejer la
Historia entendida por Héctor es necesario dotar a los jóvenes con
toda la cultura y el arte posible para que ellos conformen su propia
sensibilidad; “Pasad el testigo”, ruega Héctor. Por ello,
el texto está salpicado continuamente de genios como Kafka, Shakespeare
o Walt Whitman; pero reitera especialmente en el poeta británico W.
H. Auden. La esencia de Los Chicos de Historia podría resumirse
perfectamente
en este fragmento correspondiente al poema Canción de Otoño
de Auden:

“…Ahora las hojas caen aprisa,
 
Las flores de la nana no durarán,
 
Las nanas han ido a sus tumbas,  
Pero los cochecitos de niño siguen rodando…”

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