Crítica de L'onzena plaga - Masteatro

Crítica de L’onzena plaga

En Mammón, el dinero pervertía a través del juego los sueños creativos megalómanos de un par de genios creativos mandando su proyecto faraónico al garete. En Cleopatra, se dibujaba un paisaje local del ahora azotado por la crisis a través de unos personajes sin recursos, supervivientes, que buscan su redención a través del amor y la reconciliación. Cierra la trilogía Tot pels diners, L’onzena plaga, escrita por Victoria Szpunberg y dirigida por David Selvas. La historia viene protagonizada por una serie de personajes afectados por la voracidad del mercado, hundidos en la miseria unos, obligados al multiempleo esclavo otros y hasta adictos al trabajo. Supervivientes cuyas relaciones personales las dirige el dinero. Y además es el despido de un personaje redondo, de gran recorrido y que uno echará de menos: Dylan Bravo.

La historia nos presenta una cena entre dos parejas, una gay. Ahí rápidamente se nos marca los personajes y sus diferencias. Dos estatus económicos y entre ellos, una crueldad y un cinismo a punto de explotar. Pero el detonante será algo insospechado: ratas en el jardín. La cena se termina y los reproches se recrudecen. Una pareja, cuyos sueños vitales incumplidos les hunde la autoestima y les deprime, se siente obligada a convivir a pesar de su odio, de su crueldad. La otra se resquebraja, el desarrollador de Google Glasses es un triunfador que vive por el trabajo. Mientras su chico, ve como él no pinta nada en este mundo de triunfo superficial mientras reflexiona sobre sus traumas con las ratas. A estos hay que sumarles otra pareja, una argentina pluriempleada y un atontado dirigido por su padre, que se formará no por el amor sino también por interés económico. Y luego hay dos personajes, representantes de la industria de prevención de plagas. Por un lado, la señora de la empresa privada que ofrece soluciones drásticas: una guerra total contra los roedores, una aniquilación a base de veneno o un aislamiento de su entorno a través de una cúpula. Al otro lado del ring se sienta, cansado pero con la verdad por delante, el representante del ayuntamiento: Dylan Bravo.

Aquí Dylan está como de paso, no es su historia, pero su peso es de vital importancia. Su mirada, su desengaño con la sociedad, cautiva la deprimida chica embarazada y desembocará en un final en que todos se verán afectados y recompensados. La presencia magnética de Manel Sans ha ido sumando capas de sabiduría a lo largo de las tres obras. Y aquí, como en las tres anteriores, vuelve a ejercer como de brujo chamán para con unas palabras ayudar a una gente que no conoce. Dylan Bravo es un buscavidas, pero sobretodo es un ser generoso. Una lástima que Szpunberg no le diera un último parlamento para despedirse con su fuckin’ estilo inconfundible.

La obra dibuja así una sociedad que tiene algo de distópica, pero que no deja de ser muy presente. Sus personajes marcan muy bien los distintos estatus sociales, su procedencia, sus fracasos y los va hundiendo más y más en un sistema que les dirige y les manipula hasta la miseria moral. El trabajo de los actores  es bueno y se agradece la construcción de los personajes de Ray y Melanie, cuyas interpretaciones bordan Javier Beltrán, un cazurro tierno que inesperadamente se presenta como el más empático y Laura Aubert, con su enorme vis cómica al servicio de una argentina que revela una ambición perversa (y que, como viene siendo habitual, vuelve a demostrar su talento con el violín).

El binomio Selvas/Szpunberg recoge el testimonio dejado por Iván Morales y anteriormente por Nao Albet y Marcel Borras y ofrece la historia más independiente, con menos anclajes. Dylan Bravo deja ir alguna cosa de su pasado (su mujer muerta, su negación a reconocer su pasado artístico) y hasta hace un guiño a la primera obra cuando se refiere al personaje, fantásticamente interpretado, de Mima Riera como un ángel y esta le pregunta si no se conocen de nada. Pero si se fijan un poco, verán detalles de vestuario o de atrezzo que conectan directamente con su precedente, esa camiseta de Ironman o esa bolsa Kipsta. Selvas homenajea y agradece así a los autores de Mammón y Cleopatra su creatividad dramaturga para llevar a cabo este tríptico sobre el peso del dinero, de la economía y los mercados en la sociedad. Sr. Lluís Pascual, queremos más encargos así.

 

L’onzena plaga de Victoria Szpunberg.

Dirigida por David Selvas.

Interpretada por Mima Riera, David Verdaguer, David Selvas, Pol López, Javier Beltrán, Laura Aubert, Manel Sans, Paula Blanco y Samuel Viyuela.

Drama social.

Hasta el 21 de junio en el Espai Lliure de Montjuïc.

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