Crítica de 'L'onada' - Masteatro

Crítica de ‘L’onada’

lonada

Las imágenes de Hitler lanzando sus proclamas des de su atril mientras multitud de gente le escucha y le vitorea están grabadas a fuego en la mente de todos. Junto a estas, están los escalofriantes vídeos donde se ven los judíos torturados, humillados y asesinados en los campos de concentración. Esas imágenes están allí para avisarnos de hasta que límites de crueldad macabra es capaz de llegar el ser humano, y son material escolar  que se proyecta en todos los institutos del mundo. La Segunda Guerra Mundial y el nazismo, su germen, su aparición, su evolución y sus consecuencias. Lecciones de historia del pasado para entender bien el presente. Este material lo utilizó Ron Jones, profesor de historia, allá en los años sesenta para educar a sus alumnos. En la clase, después de ver las imágenes, uno de sus alumnos le lanzó la pregunta, ¿Cómo pudo ser que la sociedad alemana no se diera cuenta de lo que pasaba? ¿Qué todo un pueblo estuviese de acuerdo en lo que se hacía? La pregunta que todos en algún momento nos hemos formulado. El profesor Jones recogió la cuestión e ideó un experimento para sus alumnos que les cambió la vida y les dio la mejor lección de la historia de su vida, una lección que vivieron en sus propias carnes: durante unas semanas empezó a inculcar una serie de normas estrictas que, sin ser conscientes de ello, les iba transformando para crear un nuevo movimiento totalitario bajo el nombre de La tercera ola.

Para algunos este experimento les sonará pues hay dos películas que habían adaptado esta historia de forma convencional. La que llegó aquí fue la producción alemana La ola (Die Welle, 2008). Si bien Marc Montserrat Drukker i Ignacio García May conocían los referentes cinematográficos no quisieron saber nada de ellos, se fueron a la fuente original. Así Marc, el director teatral y Ignacio, el dramaturgo, visitaron al propio Ron Jones para construir la pieza teatral que narra los hechos tal como se vivieron. Se trata de L’onada y se está representando con éxito en el Lliure de Gràcia.

Siete alumnos, cuatro chicos y tres chicas y un profesor. Un grupo reducido que simboliza toda una clase de historia. Adolescentes, efervescentes, rebeldes, descarados, reflexivos y profundamente manipulables. Todo empieza como un experimento pedagógico del cual cualquier educador podría tomar buena nota, la exigencia de más disciplina, la buena posición en clase, el orden, el hablar cuando toca,… Pero el ejercicio va creciendo y sibilinamente el profesor introduce tres conceptos (sacados de las bases teóricas del nazismo) como son el Poder de la disciplina, el Poder de la comunidad y el Poder de la acción. Poco a poco, sus alumnos van siendo seducidos por la retórica del profesor quien les pide crear un movimiento que les hará mejores.

El texto está bien mesurado, añadiendo capas de tensión progresivamente. Dividida en dos partes, en la primera, de una hora y veinte minutos, se nos presentan los personajes, se plantea la cuestión y empieza el experimento hasta una consolidación del movimiento. Toda la acción se desarrolla prácticamente en la clase, un escenario central, una tarima donde se ha instalado un aula con su pizarra, sus mesas, sus sillas, sus pósters de personajes relevantes. Rodeando la clase, unas taquillas, una puerta que lleva al baño y unos pasillos imaginarios por donde corren los alumnos. En la segunda, los cuarenta y cinco minutos restantes, los personajes se mueven más a sus anchas, el movimiento ha salido del aula para ocupar el instituto.

La historia adquiere cierto misterio cuando el profesor decide dar instrucciones personales a algunos de sus alumnos para que actúen a favor o en contra del grupo para ponerlos a prueba, pero la ilusión creada a través de la manipulación del profesor en pos de la comunidad ciega a los alumnos. No hay personalidades diferentes ni irreverentes en la Tercera Ola. En la segunda parte se consolida el proyecto pero al mismo tiempo empiezan a aparecer grietas. Cuando más crece la Tercera Ola más peligrosa resulta ser. El final resulta catártico, tratado con efectismo por el director, pero con una conclusión savia, aunque ya conocida.

El elenco está formado por Eduard Farelo como el profesor y por siete jóvenes actores, algunos con más tablas que otros, pero muchos de ellos a medio terminar con sus estudios dramáticos. Farelo hace una composición sobria y justa de su personaje. En las primeras escenas lo reconocemos como el profesor enrollado, el que deja hablar a sus alumnos, que no les riñe. Pero al empezar su plan, poco a poco va endureciendo su rostro, su voz. El cambio de su personaje es sutil, nada drástico, de la sonrisa franca y relajada a los ojos salidos inyectados en cólera. La transformación pero es gradual, y el trato con sus alumnos pasa a ser de colega a líder. Un buen clon de Hitler adoctrinando las masas. Pero en medio de esta escalada totalitaria hay dos momentos claves en que el personaje de Farelo muestra la verdad de todo aquello y a través de la vulnerabilidad y la desesperanza del profesor sufrimos por las repercusiones del experimento.

La composición dramática de los siete jóvenes está bien equilibrada también, marcando el declive progresivo hacia la conversión al fascismo. Hay diferencias pero entre personajes, cada uno tiene su momento y su importancia en el desarrollo de los hechos. Así está el rebelde e inteligente (Martí Salvat) que no le convence la idea y con quien el profesor decide darle una misión diferente para la comunidad. O el hijo de militar condecorado (Joan Sureda) que entra en el juego des del primer momento y resulta de los más fanáticos. Está el chico negro(Malcolm McCarthy) quien sufre las burlas de algunos de sus compañeros y que con la conversión deja de sentir-se diferente. O la chica (Alba Ribas) que capta el juego des del primer momento y que termina siendo la cabeza de turco para el experimento. Diversos personajes, distintas personalidades adolescentes, enérgicas y profundamente manipulables. Buen trabajo de todos ellos, seguros y directos, con la mirada limpia. El plantel actoral se renueva con fuerza

El montaje viene aderezado de una potente escenografía y de una banda sonora adecuada, clásicos surf, canciones de la época, buen ritmo para darle ese tono juvenil que refleja la historia. Además, Marc Montserrat Drukker y su equipo de sonido añaden un efecto sonoro brillante: el golpeo de los zapatos, de la pelota en el suelo del aula y sobretodo la tiza marcando en la pizarra los tres conceptos básicos del movimiento. El sonido de la fuerza de la autoridad, del líder del movimiento, fuerte, penetrante. Así suena la doctrina fascista. Un efecto efectista y efectivo.

Des del vestuario, los cárteles pegados, los personajes o las luces. Des de los diálogos, des de los movimientos secos y huecos, des de la profunda reflexión que suscita el experimento original. Des de todo eso, el director y el dramaturgo construyen una obra directa, vigente para todos los tiempos, y más aún ahora en esta época de crisis donde más de uno se dejaría convencer por otros cantos de sirena.
L’onada  de Marc Montserrat Drukker              
Texto de Ignacio García May basado en el experimento real de Ron Jones
Interpretado por Eduard Farelo, Boris Cartes, Malcolm McCarthy, Marta Ossó, Alba Ribas, Andrea Ros, Martí Salvat y Joan Sureda.
Drama sociológico basado en hechos reales.
Hasta el 12 de abril en el Teatre Lliure de Gràcia.

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