Crítica de Litoral - Masteatro

Crítica de Litoral

Otra vez la guerra como telón de fondo. Otra vez la barbarie humana allá en el Oriente Medio. Wajdi Mouawad vuelve insistir otra vez en las consecuencia fatales que la guerra tiene en el ser humano, y lo hace des de la concreción de su Líbano natal del cual él también ha huido. El autor afincado en Canadá se dio a conocer hace más de un año en Barcelona gracias al montaje de La perla 29 de Incendis (Incendies, 2003). Aquella obra, sin duda, fue la gran tragedia épica de la temporada que llenó el Romea. Era la segunda parte de una tetralogía bajo el nombre de Le sang des promesses. Ahora, buscando cierto impacto emocional parecido al de Incendis, el Romea programa Litoral, la primera parte de las cuatro obras. Esta obra no tiene detrás una compañía con tanto caché como la Perla 29, pero si la de Atrium Produccions bajo la dirección de Raimon Molins y con un buen elenco interpretativo.

El argumento es sencillo, pero contiene distintas capas narrativas que dan una profundidad y complejidad que aporta una reflexión muy lúcida sobre los efectos devastadores de la guerra. Wígfrid es un chico de vida despreocupada que recibe una llamada. Su padre ha muerto. A partir de este momento, Wígfrid se hace cargo del cadáver de su padre y empieza un viaje para poder enterrarlo con la máxima dignidad posible en su país de origen. Pero en aquel país (Líbano, aunque nunca se mente) los cementerios tienen todo el suelo ocupado. No queda espacio para enterrar tantos muertos. Una tierra en perpetuo conflicto armado. Es por eso que Wígfrid cargado con el cadáver, se alía con distintos personajes, afectados de manera directa por los envites de la guerra, para buscar un pedazo de suelo digno para su padre.

No es una historia fácil de digerir, y el autor le añade a esta atípica road movie una serie de elementos que dificultan su linealidad. Primero están los saltos temporales que se usan para explicar los episodios del pasado del padre, de la gente que se encuentra Wígfrid y hasta del mismo protagonista. Ningún problema con estos trucos narrativos. Pero hay otros artificios que rompen la narración y no ayudan a la digestión del texto. En esta historia no solo vemos lo que hace Wígfrid sino que entramos en su cabeza donde se nos muestra su locura y sus traumas producidos por el abandono. Así se entiende el personaje del caballero templario que le acompaña allá donde va. Es su amigo imaginario, su protector que con una espada le da fuerzas para salir de situaciones tensas y embarazosas. La relación de éste con Wígfrid está tratada más hacia el humor. Situaciones hilarantes que se repiten también con las proyecciones mentales de un equipo de filmación, capitaneado por un director, que aparecen de repente como si estuviesen haciendo la peli de su vida. No funcionan estos elementos pues no están al servicio de la historia, solamente existen para reforzar el perfil psicológico alterado del protagonista. Pero para hacer esto ya nos bastábamos con ver la relación de Wígfrid con su padre, que a pesar de estar muerto habla y interactúa con él.

Hay que añadir a la crítica una introducción y algunas escenas que se alargan y que no aportan mucho al drama (la escena del Peep Show es absolutamente prescindible). Pero obviando estos pegotes la historia llega y afecta de manera directa en el viaje por ese desierto manchado de sangre y locura. Es ahí donde se cruzan, se juntan una serie de personajes perdidos que juntos logran sufrir su peculiar catarsis, mediante la narración de sus tragedias, pequeños cuento de la guerra que dan al texto el dramatismo directo e hiriente que pide. La poesía llega a su punto más álgido en el final donde el padre difunto actúa como ser redentor de los pecados de todas estas almas tormentadas.

La puesta en escena de Raimon Molins ayudado por el escenógrafo Ricard Prat es sobria y exótica. Deciden colocar en el centro tres cajas de color ocre, como si fuera hierro oxidado. Estas cajas sobre ruedas servirán como distintos sets de las escenas: se abrirán en lateral, como fondo decorativo, con puertas y ventanas por donde se moverán los personajes, hasta hay más de una escena que sucede en el techo. El exotismo lo ponen un árbol negro sin hojas y un riachuelo en el que se refrescan los personajes.

Por supuesto que para llevar una obra de resonancias clásicas como esta hay que tener un buen elenco. Y ahí está Marc Rodríguez quien des de hace un tiempo escala con fuerza y talento hacia personajes con más protagonismo. Aquí es Wígfrid, el viajante, quien ofrece un buen recital des de la perplejidad al dolor y la rabia. A su lado, el cadáver de su padre es Lluís Marco, veterano que tiene el gusto de ofrecer los mejores monólogos de la función. El resto de los actores van multiplicándose en distintos personajes: familiares, forenses, terroristas y el grupo de los náufragos del desierto, las víctimas de la guerra que viajarán también con Wígfrid. Es de justicia remarcar las actuaciones de David Verdaguer y Pepo Blasco, quienes se encargan de los mejores secundarios, adaptando con solvencia el catálogo de sentimientos, de expresiones, de taras físicas o mentales que lucen sus personajes. De la locura a la bondad, del terror a la esperanza.

Litoral es otra buena muestra de la tragedia clásica contemporánea que el dramaturgo Wajdi Mouawad cuenta como pocos saben hacerlo en este momento. Raimon Molins, des de Atrium Produccions, ha sabido conjugar la poética del texto, aunque no se ha atrevido a prescindir de los elementos más superfluos y desconcertantes del texto.

Litoral de Wajdi Mouawad. 

Dirigida por Raimon Molins.

Interpretada por Marc Rodríguez, Lluís Marco, David Verdaguer, Xavier Ruano, Pepo Blasco, Patricia Mendoza y Mireia Trias.

Tragedia clásica contemporánea.

Hasta el 9 de junio en el Teatro Romea.

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