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Crítica de La rosa tatuada - Masteatro

Crítica de La rosa tatuada

En 1951 el dramaturgo Tenesse Williams estrenó La rosa tatuada en Broadway, un hito en su carrera. Ahora la directora Carlota Subirós hace lo propio en el TNC y en la Sala Gran levanta esta obra donde se reconoce el sello del dramaturgo norte-americano, pero dándole a través de la escenografía y la dirección de actores un matiz diferente. Hasta el 2 de febrero representan este texto con un muy buen elenco capitaneado por Clara Segura, en otra muestra de oficio que nos tiene acostumbrados.

La rosa tatuada cuenta la historia de Serafina Delle Rose, una mujer siciliana al que se le muere el marido y se encierra en sí misma, en su casa y con su hija. Pero la vida sigue para la pequeña y llega el día de su graduación. En un día el aire cálido y asfixiante de esta américa sureña penetrará en la casa y la vida de Serafina dará un vuelco, mediante un hombre y una revelación. Williams creó sin duda un drama marcado por la personalidad de esta heroína de ribetes trágicos, empastando una obra que conociendo el currículo del autor podría terminar siendo una gran tragedia americana, pero que en una jugada magistral logra reducir sus posibilidades trágicas dándole un tono cómico a través de otros personajes más dulces, humanos y comprensivos. El drama, la pasión religiosa, las dudas que amargan el carácter de la protagonista se diluyen en un entorno que termina siendo más amable y esperanzador de lo que se temía. Así pues, Williams huyó de sí mismo para crear una dramedia, un drama con tonos cómicos.

Subirós ataca esta adaptación, la primera que se hace en catalán dando toda la fuerza en el personaje de Serafina y confiando en los infinitos recursos de Clara Segura. Y para reforzar la asfixia de este personaje, el escenario, creado al alimón con el escenógrafo de la casa Max Glaenzel, está ocupado únicamente por una gran casa encima de unos ejes giratorios, con cuatro estancias, repleta de objetos, maniquíes, un sofá, sillas, y distintos objetos que abrigan el aislamiento existencial de esta mujer. Alrededor de esta casa, nada. El escenario desnudo y negro. Así este crea un efecto amenazador, una fuerza exterior de la cual huye Serafina. En este campo oscuro se mueven las criaturas del pueblo, las mujeres que cuchichean, el párroco que censura su comportamiento, la bruja vecina que va paseándose lanzando sus conjuros, y es donde se oye estas melodías tan propias del lugar, estos cánticos, unos coros italianos y otros de raíz africana (y también una desconcertante, pero acertada versión del Sexual Healing de Marvin Gaye) que ayudan a reforzar este factor ambiental que rodea la casa. La directora para darle un tono más cinematográfico proyecta en ciertos momentos imágenes de rosas o de palmeras encima de la casa. Subirós consigue así dar fuerza al ambiente, esa atmósfera que Williams dibujó como contrapunto a la casa y la figura de Serafina, un animal herido que se defiende del mundo exterior.

La fuerza de los textos de Williams está sin duda en el dibujo de sus personajes y esta obra es un buen ejemplo. Pero mientras en otras el peso dramático se diluía en más de un personaje en esta pieza todo (o prácticamente todo) el peso dramático lo carga la protagonista, reencarnación de la gran mujer italiana, con sus pasiones desbordadas, su religiosidad contrapuesta a su carnalidad. Williams creó este papel para la actriz Anna Magnani. Sin duda, Clara Segura es nuestra Magnani más auténtica. A su lado destaca Marta Ossó como su hija, quien anda entre la inocencia y la rebeldía, asumiendo el despertar de su sexualidad. Y luego estos dos contrapuntos cómicos, estos personajes dibujados fuera de malicia, bondadosos que descargan de tragedia la historia. Primero el personaje de Jack, bien defendido por David Marcé y luego el simpático perdedor Álvaro Mangicavallo, quien Bruno Oro le ofrece su mejor y humana cara. Oro de ascendencia italiana entiende y muestra bien el carácter de su personaje, un pobre y humilde camionero de vida desgraciada pero asumida con una naturalidad y un humor cáustico. Uno de los grandes alicientes de esta obra además se encuentra en la notable química entre él y su amiga, Clara Segura.

La rosa tatuada de Tenesse Williams.

Dirigida por Carlota Subirós.

Interpretada por Clara Segura, Bruno Oro, Marta Ossó, David Marcé, Pepo Blasco, Rosa Cadafalch, Montse Esteve, Oriol Genís, Alícia González Laá, Antònia Jaume y Teresa Urroz.

Drama alla italiana cómico.

Hasta el 2 de febrero en la Sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya.

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