Crítica de La Plana - Masteatro

Crítica de La Plana

El Teatre La Vilella es el cuartel general de la compañía Sargantana. Es un espacio para la creación de artes escénicas, donde a través de sus representaciones pretende dar experiencias al público viscerales, conectar con éste a través de la reflexión para que al irse a casa siga interrogándose a si mismo sobre la obra. En este teatro se sumergen compañías de riesgo, gente que entienden las artes escénicas como un medio para la reflexión y la experimentación. Y el ejemplo claro está en la compañía de los residentes, Jordi Pérez Soldevilla, MariLou Roqueplan, Saoro Ferre y Carlos Briones entre otros. Han estrenado La Plana, con texto de su director Jordi Pérez, donde dan una visión crítica y radical del sistema político que impera en nuestra sociedad.

Tres personajes sumidos en la pobreza viven en una casa que no es una casa. Dos hombres y una mujer que cenan en silencio como si no tuvieran nada que decirse. Y de repente se ponen a hablar de un señor rico que hacía bancos. Ya la gente no se sienta en bancos, por eso este hombre ha caído en la ruina. Ya nada es lo que era. Pero uno de ellos tiene la esperanza de que le llamen para un trabajo a Rusia. Ella por su lado añora aquellos tiempos en que salía a la calle, en que bailaba en la Ópera. El tercero intenta mantener el buen humor y tiene ganas de celebrar un futuro mejor. Pero no habrá futuro cuando entré a su casa un hombre con traje, un político que va largando discursos ininteligibles acompañado de dos guardias de seguridad que se llevarán el cadáver del hombre. Des de entonces, si todo era raro, irreal, la pesadilla se hace más intensa. No estamos delante una historia con un conflicto definido sino ante un ejercicio teatral, un work in process donde los personajes deambulan por un camino donde la realidad se dibuja con metáforas, símbolos y una escenografía mutante. Todo es pertorbador, incómodo, asfixiante, si fuera una película bascularía entre David Lynch y Terry Gilliam. Una denuncia oscura a nuestra sociedad atrapada en un sistema político que se regenera, muta pero para no cambiar nada.

El protagonismo recae en dos de los pobres y en los dos guardias de seguridad que custodian al político, quien hace intromisión en la casa  cantando una grotesca canción.  We love you. Después todo son balbuceos, muecas y gruñidos. Mientras tanto se pasea alrededor de la casa que no es casa un personaje sin cara definida, solo una máscara roja, un fantasma o cualquier ser que arrastra un carro. Sus paseos se repiten tres o cuatro veces definiendo su función poco a poco.

El método de trabajo de esta compañía es analítico, basado en un método de investigación, de lanzar preguntas al aire y de responderlas mediante ejercicios teatrales en que a través de la palabra y el movimiento terminen creando un discurso con sentido. Y sin dudad el momento es que mejor se nota el método es cuando los protagonistas lanzan al aire la pregunta, ¿Qué tenemos que hacer para cambiar el sistema político y regenerarlo? La respuesta se dilata a los largo de unos minutos largos a través de una coreografía de movimientos sincopados y grotescos. Todas las palabras y los movimientos evocan imágenes, reflexiones abiertas que el autor deja para que el público pueda interpretar por sí mismo. La denuncia es clara y el posicionamiento es radical. No s’ha de fer foc nou amb llenya vella. Hay que buscar la regeneración absoluta. Pero no pretenden ser dogmáticos, sino estimular el debate a través de la simbología de los protagonistas, de lo que dicen y de sus actos.

La plana no es tal, sino un monte sobre el que descansa esta imaginaria casa que sus protagonistas saben que no tiene ni paredes. La sala es pequeña, el espacio es asfixiante para los protagonistas que no pueden ni deben sentirse cómodos. Las sillas y la mesa se tambalean, patinan por la pendiente y detrás un televisor va enfocando partes de esta realidad distorsionada. Pero el espacio va mutando al igual que los personajes van apareciendo y desapareciendo. Y con ellos, unos invitados ilustres, sietes esqueletos, siete muertos políticos, históricos y de distintos colores, recordados por frases célebres cuyo sentido ahora es perverso. La sociedad avanza, la historia solo muta bajo unos mismos patrones.

En La Plana los actores hacen un trabajo que va del naturalismo veraz a la pantomima caricaturesca y grotesca, del drama de los sueños perdidos a la rabia indignada del proletariado vengador. Un retrato agrio de una sociedad abocada a la deriva por un sistema político corrupto, aportando soluciones de una radicalidad extrema. Un teatro duro que busca el impacto a través de sus distintas lecturas para reflexionar y dar cuerda al debate.

 

La Plana de Jordi Pérez y Soldevilla.

Dirigida por Pérez y Soldevilla.

Interpretada por Jordi Pérez, Carla Vallès, Saoro Ferre, Laura Yarza, Carlos Briones, Carles García-Llidó y Manu Gómez.

Drama social experimental.

Des del 29 de enero en el Teatre La Vilella.

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