Crítica de 'La escuela de la desobediencia' - Masteatro
La escuela de la desobediencia

Crítica de ‘La escuela de la desobediencia’

 La escuela de la desobediencia

Y el espectador, una vez más, cayó en la trampa: un cartel con dos hermosas damas – dos reconocidas actrices- mostrándonos sus miradas cándidas y sus sonrisas más cándidas aun, nos invitan a su función presuntamente ortodoxa. Y todo ello no es más que un suculento cepo donde el espectador -inocente siempre, aunque se crea lo contrario- piensa que va deleitarse con versos manidos de antaño y enredos típicos de honor y honra. Touché. Lo que esta pieza le va a ofrecer es una lección más de que los clásicos nos siguen removiendo las conciencias, las entrañas y, principalmente, la testosterona. No hay nada nuevo bajo el sol, ladies and gentlemen, y aun así, el ingenuo espectador se sigue alertando, tanto es así que un matrimonio de avanzada edad a los veinte minutos de representación ha abandonado la sala. Y es una lástima, porque lo que Fanchon y Susanne nos han contando son pensamientos, ideales, sensaciones y ardores femeninos elaborados en el Renacimiento por Pietro Aretino, en una atmósfera, tal y como explica su director Luis Luque, afrancesada y exquisita donde “desobedecer” supone mayor atractivo que acatar. Según cuenta Paco Bezerra -dramaturgia- la condena a la que fue expuesto en el siglo XVII Michel Millot, supuesto autor, por seguir los pasos de Aretino, fue la horca y la quema en la hoguera de los ejemplares de L’École de filles, obra en la que también se inspira el texto de esta noche junto con los Raggionamenti del intelectual italiano.

No seamos beatones y no nos demos falsos golpes de pecho. Susanne y Fachon lanzan un himno compuesto por sus deseos, sus limitaciones, sus sueños, sus obstáculos y sus miras futuras. No es un lenguaje soez, es que a las cosas siempre se las ha llamado por su nombre. ¿No será que el teatro sigue conservando el Santo Grial que aún no posee la gran pantalla y que sobre la escena las verdades y los desnudos siguen incomodando?

Maestría tanto en las voces como en los movimientos de Cristina Marcos y María Adánez. Maestría hasta en sus suspiros. Hora y media de dialéctica rebozada en alta, altísima eroticidad que picotea de lo pornográfico y que se edulcora con sensualidad divertida. Sublime el baño de la Adánez donde narra como ella sola la pérdida de su inocencia. Sublime igualmente la Marcos en una Madame de Merteuil, castiza y socarrona. Diálogo maratoniano que sólo decae intencionadamente para dar paso a la viola da gamba tocada por Sofía Alegre y  la voz de la soprano Rosa Miranda.

La escuela de la desobediencia no es irreverente. Es un alegato sobre el derecho a la expresividad en lo que a la cuestión sexual se refiere. Desde las vilipendiadas Anaïs Nin en sus Diarios hasta la mismísima Madonna en su libro/disco Erótica, la mujer parece seguir estando maniatada a la hora de hablar alto y claro del sexo, de su sexo y, cómo no, del sexo del hombre. Tal vez definido y explicado de manera tan plástica en un entorno barroco, por dos damas con miriñaques y una puesta en escena cuanto menos elegante y refinada, nos choque, sin embargo, me reitero en lo anterior: no hay nada nuevo bajo el sol y los clásicos siguen teniendo la última, la verdadera palabra. Sólo habría faltado Alcibíades a la reunión de ambas damas. Lástima…

LA ESCUELA DE LA DESOBEDIENCIA
Anónimo y Pietro Aretino
Reparto: Cristina Marcos y María Adánez
Dirección: Luis Luque
Producción: Andrea D’Odorico + Teatro Portátil
Teatro Lope de Vega, Sevilla, 19 enero

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