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Crítica de La col·lecció - Masteatro

Crítica de La col·lecció

Acercarse a Pinter conviene una lectura del texto muy profunda, quedarse con lo que se dice y lo que no se dice. Hay que trabajar mucho el subtexto, entender todo lo que les pasa a los personajes, todo su espectro emocional, sus motivaciones más intrínsecas. Pinter pinta siempre unos cuadros turbios, con unas atmósferas extrañas, una niebla espesa donde deambulan personajes construidos a partir de un pasado, lejano o inmediato, que al colisionar con otros personajes se interrogan, sospechan, se engañan, se hieren para terminar el viaje marcados por la duda. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ha pasado? Y lo peor, ¿Ha sido real? Este cuadro, o, ya que nos ponemos metafóricos, mejor dicho vestido, se contempla igual en La Col·lecció que la compañía La Ruta 40 ha montado en la Sala Beckett.

Cuatro personajes. Dos casas. Un matrimonio, James y Stella. Dos compañeros de piso, Harry y Bill. Todos diseñadores de moda. Días atrás Stella y Bill se encontraron en una feria en Leeds, Se conocieron, intimaron. Stella se lo cuenta a su marido y este decide conocer a su amante. Noche, las cuatro de la mañana. James llama, Harry lo coge. Acaba de volver de una fiesta. James pide por su compañero, pero Bill duerme y no le va a despertar. Este es el inicio. La perturbación, esencia Pinter, no se hace de rogar. Desde entonces se deambularan una serie de escenas que irán montando el puzzle. A través de diálogos algunas veces aparentemente vacíos, otras veces torrentes de acusaciones, descripciones detalladas de hechos acontecidos en este posible pasado que se desmienten al momento. Porque Pinter no tiene interés en que las piezas encajen, la verdad nunca encaja del todo. Y es que el autor entiende la verdad como un tesoro demasiado preciado por sus personajes como para descubrirla. Siempre es mejor negociar con ella. Cada uno busca su propio beneficio. Pero, ¿cuál es?

El cuarteto interpretativo habrán estudiado la obra y sus personajes. Habrán hablado del subtexto y de cómo hay que darle forma a través de los silencios, de las pausas entre palabras o frases. La intensidad del gesto, de la mirada, el cambio de posiciones entre los personajes. Y otros muchos otros matices que hay que trabajar mucho para que el público pueda entender la verdad oculta de los personajes. Y además lograr          que las emociones lleguen al público. Es un ejercicio muy duro, de mucho callo y probablemente La Ruta 40 aún no lo tenga. Y es que hay cierta frialdad en el resultado final, cierto tedio que hace que el espectador desconecte de la trama en algunos momentos.

Luego está en cómo la compañía monta la escenografía. Este texto tiene una estructura cinematográfica, trabajada por planos, por ángulos que La ruta 40 trabaja bien. La Sala Beckett a lo largo como otros muchos montajes, en una punta el piso de los dos hombres; en la otra, el salón del matrimonio; en medio, el paso de la calle y la detonante cabina telefónica. El acierto está en ofrecer muchas veces el contra plano: mientras la acción se da en un piso, en el otro uno o dos personajes esperan en silencio, interiorizando sus dudas, pensando en sus próximos pasos.

Siempre da gusto adentrarse en el universo Pinter, aunque tanto público como actores deben saber que requiere de un esfuerzo notable para su comprensión absoluta. No es este el mejor Pinter, pero tiene sus méritos. Y quien no arriesga, no gana.

 

La col·lecció de Harold Pinter.

De La Ruta 40.

Dirigida por Albert Prat.

Interpretada por Òscar Intente, Alberto Díaz, Laura Pujolàs y Sergi Torrecilla.

Drama sobre el engaño.

Hasta el 8 de noviembre en la Sala Beckett.

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