Crítica de ‘La América de Edward Hopper’ - Masteatro

Crítica de ‘La América de Edward Hopper’

Hay obras de pequeño formato y con un número muy reducido de actores que consiguen enamorar al público gracias a un texto trabajado, una puesta en escena sobresaliente y una propuesta estética de una exquisitez casi poética. ‘La América de Edward Hopper’, escrita y dirigida por Eva Hibernia, es una de ellas. La dramaturga riojana consigue tejer un relato sutil e inteligente a través de sus experiencias con la obra del pintor norteamericano Edward Hopper, cuyo sentido artístico permanece latente durante las dos horas de representación.

La soledad, el paso del tiempo y la melancolía son algunos de los pilares sobre los que se sustenta la producción de Hopper, a la vez que conforman el trasfondo temático de la obra teatral. La huella del pintor neoyorquino la encontramos de muy diferentes formas, tanto en la estética como en la profundidad psicológica: las vacías habitaciones de hotel, tan recurrentes en la obra de Hopper, se convierten aquí en los escenarios principales, donde los personajes -siempre rodeados de libros- adoptan esa frialdad natural de sus referentes pictóricos, bien mirando por la ventana en la desolación americana, apostados bajo la tenue luz de una lámpara o amontonando recuerdos al borde de una cama. Personajes solitarios que debaten sobre el poder de la palabra, la imaginación y la ficción -que se entremezcla con la realidad-, que a menudo protagonizan poéticos encuentros junto a la barra del Phillies, en clara alusión a la obra más importante de Hopper: Nighthawks, o en un reconocible vagón de tren.

La escenografía, firmada por Jon Berrondo, es un fiel reflejo de la obra del pintor norteamericano, que se sirve de una interesante iluminación y de una música más que acertada para crear un ambiente cargado de simbolismo. En este contexto desarrollan su labor Alicia González y Joaquín Daniel, sobresalientes a lo largo de toda la representación y principales artífices de que la intensidad no decaiga en ningún momento de la obra. Destacable es precisamente la ausencia de momentos superfluos, ya que el público no llega a desconectar ninguno de los 120 minutos que dura la función.

Unos diálogos inteligentes y momentos con grandes dotes de poesía cierran el círculo de una obra más que recomendable para disfrutar de una propuesta sutil y profunda que garantiza interesantes debates después de salir de la sala.

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