Crítica de 'La alegría de vivir' - Masteatro

Crítica de ‘La alegría de vivir’

La Alegria de vivir en el Teatro Galileo de MadridAlgunas veces los hijos heredan en los genes el talento de sus creadores y otras veces no. En el caso de Candela Serrat, hija del cantautor catalán Joan Manuel Serrat, no cabe duda alguna, ella lo ha recibido y de qué manera. Con la discreción por bandera y el arte en la sangre, Candela acaba de debutar en el Teatro Galileo de Madrid como actriz en la obra que lleva por nombre “La alegría de vivir”, basada en el clásico de Noël Coward Design for living, de manos del director Francisco Vidal y que se presenta en esta ocasión con una versión de José Ramón Fernández. Junto a ella, un elenco de lujo: Fernando Escudero, David Villanueva, Francisco Vidal y Lorena Jiménez.

La función cuenta la historia de dos amigos enamorados de la misma mujer, la cuál está a su vez enamorada de los dos hombres y con un tercero en discordia, otro amigo más maduro, que también se enamora de ella. Todo aderezado de un diálogo vivo, perspicaz y despierto, que enriquecen 5 personajes de excepción y que transcurre en tres enclaves tan singulares como distinguidos: el bohemio París, el exitoso Londres y el sofisticado Manhattan.

La “deseada” es Gilda. Maravillosa, radiante y con un brillo salvaje en la mirada ha hecho las delicias del público que poco a poco se ha enamorado de ella y de su personaje para terminar irremediablemente entregado, rendido ante el arte, asombrado y como no, agradecido.

¿Pero por qué Gilda fascina? ¿Qué tiene este personaje que a primera y última vista le sienta tan bien a la hija del gran Serrat? Pues que gracias a una exégesis brillante y a un diálogo de lo más provocativo y audaz, ella resulta ser única. En “La alegría de vivir” Gilda es la esencia misma del amor entre artistas, posee un gran talento para aplastar remordimientos como si fueran cucarachas y su carácter es excitante, repentino, romántico y dulcemente violento.

Con su irónica belleza tanto física como mental, resulta fácil soñar y también perder los nervios. Tiene unos modales abominables e incorregibles y su vida es una larga secuencia de altibajos. Neurótica donde las haya, Gilda no es capaz de encontrar nada que calme sus pensamientos. Eufórica siempre y fría como el acero a veces, al final llega a la conclusión de que quiere ser libre para darse cuenta después de que está sola aún rodeada de gente. Y en ese afán de encontrar la libertad perdida, en medio de ese desorden inevitable y de un temperamento demasiado sentimental, descubre que no puede vivir satisfecha sin ellos, Otto y Leo, porque “ellos les pertenecen al igual que ella les pertenece a ellos”.

En esta obra de hora y media no apta para mentes banales, la actriz comparte protagonismo con Fernando Escudero y David Villanueva, ambos dan vida a estos dos hombres enamorados de la misma mujer, Leo y Otto respectivamente, en sus interpretaciones, ambos son muy diferentes entre sí, pero aún con todo, comparten diferencias, y cuando digo esto, me refiero a que ellos son dispares pero con ciertas similitudes ya que sus vidas son completamente opuestas a las ordinarias.

El uno y el otro defienden ese papel de “desesperadamente cansados y realmente tiernos” de manera soberbia y sin ninguna dificultad, transmiten ese sentimiento de amistad encontrada por el amor de la misma mujer aunque al final, resulta inútil saber a cuál de los dos quiere más Gilda porque “ni ella lo sabe”. En tal situación, lo único que les queda es hacer uso y gala del siempre popular “Carpe Diem” y disfrutar el momento presente al máximo, dure lo que dure.

Entre este gran reparto está Francisco Vidal, Ernest, ese tercer enamorado añoso. Un hombre que siempre ha estado ligado a la vida de Gilda y que, por edad y experiencia, bien podría haber sido su padre o incluso su abuelo. El personaje destapa a un hombre bueno, en quien Gilda se refugia porque resulta ser para ella una válvula de seguridad y que esconde en su interior, “debajo de esa fachada de hombre de mundo, una viejecita adorable”. Pero aunque con él Gilda logra momentáneamente la tranquilidad, no tardará en descubrir que no puede vivir sin tormentas porque “ella es así”. Por mucho que le pese a Ernest tendrá que aceptar que los tres: Gilda, Otto y Leo, son en realidad “una sóla cosa” y como tal, deben permanecer unidos lejos de la normalidad, el raciocinio o la calma. Su alegría es su locura. Su terceto, algo eléctrico, contagioso y duramente para Ernest, inadmisible e inexcusable.

“La alegría de vivir” llega a Madrid para sorprender, después de que Ernest Lubitsch ya la llevase a la gran pantalla bajo el título de Design for living, con Gary Cooper, Fredrich March y Miriam Hopkins, como un vivo ejemplo del mal negocio que resulta del amor entre artistas, pero siempre dejando patente que, aún con todo, “la vida es para vivirla”.

Quien acuda a ver esta obra, asistirá a un revuelto erótico que, con los ingredientes sabiamente mezclados, conforman una receta cuasi perfecta digna de los más exquisitos paladares, donde no puedo dejar de mencionar a la maravillosa actriz Lorena Jiménez que en esta obra dobla papel y da vida a dos personajes, la imponente y malhumorada señorita Blügger a la vez que a la crispante, chismosa y sofisticada amiga de Gilda en Manhattan. De esta actriz, poco puedo decir, nada más que, con ella, la versatilidad se hizo mujer. Después de comprobar en primera instancia su colosal talento, sólo puedo taparme la boca y dejar paso al silencio, pues como dijo el maestro: “Ante el arte, el crítico calla”.

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