Crítica de Krum (el crosta) - Masteatro

Crítica de Krum (el crosta)

El retrato de la condición humana des del punto de vista del absurdo es un buen material para tramar una historia que bascule entre el drama y la comedia. Des de ahí, Hanoch Levin, autor israelita nacido en el seno de una familia polonesa supervivientes del Holocausto, creó el personaje del impasible Krum, a quien le llaman Crosta. El texto, y la buena adaptación de Sergi Belbel y Roser Lluch que se representa en el Lliure de Gràcia, rezuma poesía amarga, dosifica píldoras de existencialismo y nihilismo y contiene una profunda crítica a una sociedad inmovilista, profundamente estúpida. Carme Portacelli capta el mensaje de Levin y ofrece una dirección fantástica enfatizando todos estos aspectos a través de bailes y otros trucos escénicos.

Krum vuelve a barrio con las manos vacías. Ha pasado una temporada en el extranjero, pero dice que no lleva nada, que no ha trabajado, que no le ha servido de nada irse. Esta entrada sintetiza bien el devenir del personaje, un tipo que vive una vida monótona, sin ambición, sin ánimo de querer llegar a ninguna parte. En su entorno, la mediocridad y la pobreza de espíritu de la mayoría de sus amigos y conocidos es generalizada. Pero a lo largo de la obra cada uno hace sus propios esfuerzos para evolucionar, para dar un pasito pequeño que le pueda dar una mejora vital. Aunque allí no hay ni un sólo personaje que tenga un mínimo de autoestima. El teatro es espejo de la realidad y créanme que en más de una ocasión las actitudes o comentarios de estos condenados reflejan lo que se puede ver en la calle, desesperanza y resignación.

Pero Levin decide reírse de ello y celebrar la vida en una obra donde la muerte planea de principio a fin como un motor que motiva esta gente de manera distinta. Para Afligit (los sobrenombres vienen con la traducción y ayudan a la caricatura) la enfermedad es el único estado vital en que vive, un tipo triste y depresivo que se debate entre la gimnástica matutina o la nocturna y en el que la muerte parece ser su única salvación. Para la madre de Krum es aquello que no tiene que llegar sin antes poder ver a su hijo casado y con un nieto entre brazos. A pesar de todo, el miedo o la esperanza les mantiene activos para ni que sea al final encontrar sus propias respuestas. Para el pobre Krum la acción presa por el remordimiento y la culpa solamente se activa cuando cae la muerte como un cubo de agua fría. Entonces clama que volverá a escribir. Pero él es como el Nota de El Gran Lebowsky, pero sin marihuana, deja pasar la vida como si no fuera con ello.

La directora entiende el texto como una gran farsa del comportamiento humano y incorpora así una serie de elementos para añadir la sensación de absurdo y retratar los personajes como mediocres. Ahí están los bailes en la discoteca, mecánicos y ridículos, sin gracia, las canciones italianas románticas, o el toque brechtiano en el que los actores juegan con el público y hasta se retratan con ellos. La dirección de actores está bien medida en cada uno de sus personajes,  de la caricatura a la contención. Y aunque Krum no sea el protagonista absoluto de toda la historia, sin duda Portacelli le otorga todo el punto de interés en él como figura testimonial. Krum siempre está presente viendo el devenir de sus amigos y vecinos, observando sus vidas detrás de los sillones. Es lo que se le da mejor, ver, sonreír y no hacer nada para que cambie algo.

Al servicio del texto de  Levin y de Portacelli está Pere Arquillué en una composición del antihéroe más conscientemente pasivo pero que logra la empatía con el público con momentos donde al pobre Crosta se le rompe el corazón. Todo hecho con naturalidad, de la chulería a la conciencia de la soledad. A su lado un elenco divertido con un Oriol Guinart especialmente lúcido, una Mónica López desbocada y una Lluïsa Castells que sueña con príncipes azules.

La obra tiene momentos donde, a través de la acción de sus protagonistas o a través de reflexiones de Krum, el retrato de la infelicidad y la miseria es abrumador. Como en el cine donde buscan «dos horas de auténtica vida dentro de las mentidas de nuestras vidas». Demasiado próximo como para que no se le hiele a uno la sonrisa.

 

Krum (el crosta) de Hanoch Levin.

Dirigida por Carme Portacelli.

Interpretada por Pere Arquillué, Lluïsa Castells, Oriol Guinart, Mónica López, Pepa López, Jordi Brunet, Jordi Collet, Gabriela Flores, Carme González, Joan Negrié y Albert Pérez.

Comedia amarga

Hasta el 7 de diciembre en el Teatre Lliure de Gràcia.

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