Crítica de 'Follies' en Festival de Peralada - Masteatro

Crítica de ‘Follies’ en Festival de Peralada

Para todas las personas que trabajan en una obra de teatro cada función necesita de unos cuidados intensos, de una alta concentración para que todas las piezas (intérpetes, técnicos, producción,…) encajen otra noche más. Pero cada función es diferente. No siempre se tiene la misma tensión, los mismos biorritmos, la misma emoción. Y hay una función donde se palpa esta emoción intensa, ese sentimiento único que el público recibe, aprecia y agradece con una sonora ovación al final de la función. Es la última función . Y si además resulta que es la última de un musical como Follies de Stephen Sondheim, dirigida por Mario Gas, que ha arrasado en Madrid durante meses, que se representaba en el excelente marco del Festival de Peralada y con un plantel que quitaba el hipo, pues imagínense lo que se llegó a transmitir a la platea.

Este musical de Stephen Sondheim, referencia viva de los musicales de Broadway, data del 1971, una época donde muchas cosas cambiaron en América, y en que nuevos valores sociales y culturales acabavan por despedir y almacenar en el recuerdo a otros valores ya trasnochados. Y de eso se trata sin duda Follies, de una gran despedida (despedida, que en esta función, llegó a su máxima intensidad). Y es que parece que el viejo teatro de revista, Follies, está a punto de convertirse en un garaje, pero antes que eso suceda el director de tal emblemático espacio, Dimitri Weisman, quiere celebrar una fiesta donde se reencuentren las principales estrellas, coristas y bailarines que pasaron por allí. No valen las lágrimas, es una fiesta para celebrar la vida del Follies, no un funeral para su muerte. Y así será durante 150 minutos. Aunque claro está también habrá momento para ponerse nostálgicos y recordar (mediante unos flashbacks que suceden simultáneamente al presente) como éran todos al principio y ver que la vida les ha tratado a todos de forma desigual. Y para verlo más claro focalizamos nuestra atención en dos parejas, Ben y Phyllis, y, Buddy y Sally, quien conoceremos al dedillo sus vidas, sus deseos, sus líos (entre ellos),  sus sueños y sus despertares agridulces al ritmo de unos números musicales con orquestra en directo, con buenas y dispares voces, y con una energía y personalidad que poco tiene que envidíar a Broadway.

Sin dudas unos de los grandes aciertos de Gas en esta adaptación ha sido en la contratación del elenco. Primero de todo hay que aplaudir las dos parejas, a Vicky Peña, Carlos Hipólito, Muntsa Rius y Pep Molina. Pero sobretodo a Muntsa Rius, una mujer de voz talentosa que insufla mucha ternura al personaje de Sally, y que disfruta como nadie en sus números más dramáticos. ¡Qué suerte tiene Carlos Hipólito de compartir su bonita canción de amor con esta artista! A su lado no desmerecen nunca ni Vicky Peña, ni Pep Molina (tant buen cantante como buen clown sobretodo en el Buddy’s Blues), ni el mentado Hipólito.

Insuflando la vida al Follies se presentan también otros antiguos trabajadores y trabajadoras del teatro, Carme Conesa, Linda Mirabal, Teresa Vallicrosa, Lorenzo Valverde, Mamen García, y dos que se llevan la palma y los aplausos del público, Asunción Balaguer y Massiel. Todos estos protagonizan garndes números, desbordados de energía, y con voces de distintos matices que ayudan aún a marcar más los distintos personajes que pasaron por este music hall. Y no todos las voces son grandes voces, pero si que sirven para el personaje. Sobretodo en el caso de las más celebradas, Assunción Balaguer y Massiel, que desluciendo un poco la calidad vocal de todo el elenco son dos aciertos de càsting. El caso de la primera es un caso de justícia poética. Sin haber hecho nunca ningún musical, la ex esposa de Paco Rabal, y también actriz (aunque a algunos, por edad, nos cueste recordarla como tal), cumple a sus 86 años un sueño perseguido des de que iba a los cabarés con su marido, ser vedette. En ella se descubre una inmensa ilusión que suple todas las carencias en la voz o los movimientos. Gas hace un homenaje de la profesión a la profesional y el público lo sabe y lo agradece. El caso de Massiel es parecido. El personaje de Carlotta Campion le va como anillo al dedo a la mediática cantante y víctima de lo excesos de la vida del papel couché y la canción donde Campion pasa revista a todos sus éxitos y fracasos suena fantástica en la voz cavernosa de la Massiel, pues para más de uno leerá entrelíneas y entenderá que de echo es como si estuviese hablando de si misma         . Quiero pensar que Gas la escogió para eso y no para sus dotes vocales, muy mermadas en comparación con el resto.

Y como buen musical de raíz plantada en Broadway este musical goza de un buen plantel de coristas, bailarinas y bailarines que con sus plumas y sus trajes dan color y volumen a las escenas. Así como tienen sus momentos de gloria otras actrices secundarias como en el caso de Joana Estebanell, un talento natural de tono lírico que se marca un dueto que eriza la piel con Linda Mirabal.

Así este Follies se despide, pero como dice la propia Massiel al final de la obra, la fiesta no debe porque terminarse aquí, no?  La vida siempre sigue, y aunque Follies muera, siempre habrá otros musicales, otras fiestas a las que acudir. Seguro que ni a Stephen Sondheim ni a su buen alumno Mario Gas les vaya a decaer el ánimo al ritmo que lo hace la bolsa. The show must go on que decía Freddy Mercury, otro hedonista.

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