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Crítica de Feelgood

Crítica de Feelgood

Un año y medio después de su estreno, Feelgood vuelve a la cartelera madrileña de la mano del Teatro Infanta Isabel, donde podrá verse hasta el 28 de septiembre. Regresa de esta forma una de las obras más aplaudidas de la pasada temporada, una sátira política con tintes de comedia que tanto éxito cosechó tras su paso por el Matadero.

Feelgood tiene todos los ingredientes para agradar al público: un texto mordaz, firmado por el británico Alistair Beaton, comicidad, tensión y un ritmo frenético. Su director, Alberto Castrillo-Ferrer, ha convertido la representación en un derroche de energía desde el primer momento, una puesta que, viendo la reacción del patio de butacas, ha sido más que acertada. El trasfondo político, tan de moda en los últimos tiempos, termina por conformar un cóctel de agradable consumo. Sin embargo, hay aspectos que impiden que el círculo sea perfecto. El texto, si bien inteligente en algunos momentos, deja escapar la oportunidad de hacer un análisis más profundo de la realidad y opta por vías más simples que diluyen el mensaje inicial. El propio secreto que podría poner sobre las cuerdas a uno de los ministros y a todo el Gobierno, eje central de la obra, es inverosímil hasta rayar el absurdo. Por otra parte, algunos de los personajes se nos muestran de manera esperpéntica, mientras que algunos pasajes, con chistes fáciles y acciones disparatadas, se acercan a la astracanada.

Esa lucha entre tensión y diversión mantiene el pulso de la obra y el público sabe reconocer el esfuerzo. Los personajes, aunque planos en muchos casos, están bien trabajados por los actores, con especial atención a Javi Coll y a Fran Perea. Despojado del sambenito de sus primeros papeles televisivos, Fran Perea es el verdadero motor de la obra, una responsabilidad que no le hace temblar el pulso. En el papel de Edu, jefe de comunicación del presidente del Gobierno, un hombre sin escrúpulos y capaz de cualquier estratagema por el bien del partido, Perea eleva el tono del discurso e introduce las dosis necesarias de tensión para que no olvidemos el trasfondo del mensaje. Suyos son los momentos de mayor dramatismo. Su opuesto en este juego entre crudeza y humor es Javi Coll, que encarna con maestría al irrisorio ministro Max Coleman, al que nos presenta como un fantoche al más puro estilo valleinclanesco.

El resto del reparto se mantiene en tierra de nadie, correcto pero sin aspectos destacables más allá de la aportación de Jorge Usón, que con pocas palabras y unos gestos muy acertados sabe meterse al público en el bolsillo. Manuela Velasco, que sólo participa en la segunda mitad de la representación, introduce un toque de sentido común y cierta verosimilitud a la historia, aunque bracea con menos agilidad cuando debe moverse en el terreno de la comedia. Soberbia es la fugaz aparición en vídeo de Carlos Hipólito como presidente del Gobierno.

La escenografía, correcta, permite mutar el escenario con agilidad. El espectador presencia todo lo que ocurre desde un lugar apartado, en plano general, ya que no hay juegos de luces u otros artificios que nos hagan centrar la mirada en planos más cortos. Es interesante, en cambio, el giro de 180 grados que adopta la escena en el acto final para que podamos presenciar todos los puntos de vista.

Feelgood nace con un buen punto de partida como sátira política, pero profundiza tanto en el aspecto cómico que termina por diluir el mensaje. Eso no impide que el público termine entregado a la causa, ya que como comedia tiene cualidades de sobra para arrancar más de una carcajada.

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