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Crítica de Escenas de la vida conyugal - Masteatro

Crítica de Escenas de la vida conyugal

Allá por los ’70 Ingmar Bergman estrenó para la televisión sueca una miniserie que narraba las miserias de un matrimonio al largo de unos años. Aunque la historia de Escenas de la vida conyugal es universal, la pluma de Bergman sacó petróleo del género de guerra de sexos, aunque ahí la reflexión criticaba más directamente a la institución del matrimonio. La historia mutó y el propio sueco la adaptó al teatro allá en los ’80. Luego la obra ha recorrido medio mundo a través de incontables adaptaciones. Hasta causó sensación en Argentina, donde la aventajada actriz Norma Aleandro (la madre de El hijo de la novia, para aquellos que no la ubiquen) la interpretó durante años. Ahora deja las tablas y se esconde detrás la dirección para dotar de sabiduría escénica las interpretaciones de Ricardo Darín y Érica Rivas (dos estrellas en su país y de sobras conocidos al otro lado del atlántico, sobretodo Darín).

Cuando se presenta una obra con tanto recorrido, quienes la adaptan, en este caso Fernando Masllorens y Federico González del Pino, deben leerla según sus coordenadas, coger los paisajes comunes y dotarlos de las particularidades propias de su país. Y sin duda si a uno no le dicen que este texto es del genial Bergman, podría pasar como una disección muy personal del matrimonio de una típica pareja porteña. Toda la verborrea, las dudas, el tono a veces histérico, otras veces sarcástico, con la cadencia de los actores huele puramente a Argentina.

Dibujada como un seguido de escenas, que los mismos intérpretes resumen y titulan, en ellas vemos el deambular de una pareja casada, sus enfrentamientos dialectales tanto desde las posiciones de esposo y esposa como de hombre y mujer. Su historia de amor rompe con muchas cosas y lo que prevalece aquí es que el matrimonio sale muy mal parado. El comportamiento dentro del club es distinto de cuando salen de él. Y aun así, con las constantes idas y venidas, con la creciente violencia que amenaza con destrozar todo lo que hay entre ellos dos, a pesar de todo el amor, esta figura universal, no les permite vivir lejos unos de otros. Y con esta sentencia final del hombre que ejemplifica que aun siendo difícil la convivencia (igual de difícil que es el convivir con uno solo y asumir esta soledad sin amargura) bien vale la pena vivirla.

Esta comedia dramática pide a gritos de unas interpretaciones bien engrasadas, de una química entre los actores que otorga verdad en cada palabra dicha. Por eso Darín se enfunda un personaje que evoluciona de la docilidad del marido al despotismo del soltero mientras que Rivas pasa por distintos estadios, de la histérica, de tendencias manipuladoras a la tristeza y la resignación del abandono. Lo que se ve allá es una balanza perfectamente equilibrada en sus contrarios, donde cuando uno es malo el otro es bueno, cuando uno necesita el otro, el otro se siente liberado de su recuerdo. Pero aun así el sexo, el cariño o la complicidad de tantos años impiden que los lazos se deshagan. Un festín interpretativo con deje argentino y actitud seductora para reinterpretar el significado del matrimonio.

 

Escenas de la vida conyugal  de Ingmar Bergman.

Adaptada por Fernando Maslloresn y Federico González del Pino.

Dirigida por Norma Aleandro.

Comedia dramática sobre el matrimonio.

Con Ricardo Darín y Érica Rivas.

Hasta el 18 de octubre en el Teatre Tívoli.

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