Crítica de 'Els nostres tigres beuen llet' - Masteatro
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Crítica de ‘Els nostres tigres beuen llet’

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La enfermedad golpeó de joven al dramaturgo y director Albert Espinosa. Fue un cáncer que le tuvo años encerrado en una clínica  y donde perdió una de sus piernas. Pero ganó una voluntad férrea y una fuerza vital para tirar adelante una carrera como escritor, dramaturgo y guionista que le ha reportado el éxito del público y el favor de la crítica. En su haber se cuentan los guiones de Planta , de Pulseras Rojas (cuyos derechos en Estados Unidos los ha comprado el mismísimo Steven Spielberg) y de obras de teatro como Idaho y Utah o Tu vida en 65 minutos. Ahora Sergi Belbel, director artístico del TNC, le ha dado la Sala Gran para que monte un nuevo texto suyo. El resultado es Els nostres tigres beuen llet, una historia dramática que contiene todos los elementos que configuran su universo literario y con los cuales hace un homenaje al cine, al futbol y a la familia.

Un campo de futbol de césped artificial con sus dos porterías ocupa todo el amplio y largo escenario de la Sala Gran. En ella cinco chavales juegan un partido de futbol. Sufren desmayos cada dos por tres, una narcolepsia heredada por su madre quien se encuentra al borde de la muerte. El padre aparece con una acusación hacia ellos que cambiará el curso de sus vidas. Una carrera a modo de castigo en el campo será la que dará relevo a los chavales incorporando cinco nuevos actores, mayores ya. En un salto temporal hecho con mucho gusto y sentido, los cinco hermanos se reúnen de nuevo por requerimiento de la hermana pequeña ya que el padre está gravemente enfermo de Alzheimer pero se dispone a grabar su última película y por eso necesitará a sus hijos para formar un equipo de producción.

Esta historia está llena de referentes cinematográficos. No en vano, los hijos se llaman como los personajes de Rocco y sus hermanos de Luchino Visconti y sus segundos nombres son Brando, Delon, McQueen, Beatty y Dean. Además se incluye en la obra diversos pasajes musicales que funcionan como si fuera una banda sonora que pretende intensificar distintos momentos de la función.

Albert Espinosa ha ido desarrollando a lo largo de sus años distintas historias con unos elementos muy marcados que se van repitiendo en prácticamente todas sus creaciones literarias y que funcionan como tópicos Espinosa. Personajes enfermos, pero con ganas de vivir, humor negro y absurdo y una tendencia a subrayar la emotividad que con el tiempo se ha transformado en exceso de sensiblería. El escritor es muy tramposo en eso de confrontar los grandes sentimientos humanos. Y en esta obra sigue el mismo camino.

Hay en este texto dos fuerzas antagónicas, los hijos y el padre pero la enfermedad los une de nuevo. El retrato de los hijos es coral pero con poca profundidad, esbozados con un simple punto distintivo: el callado, el gracioso, el reflexivo,… Estas clasificaciones simplistas son también marca de la casa, pero aquí contaminan a sus personajes impidiendo así su evolución individual. Y en el otro lado está el ganador de la obra, el padre quien recibe el mejor trato por parte del autor. Este personaje está bien construido dándole los mejores momentos del texto, como el baile con la hija o la confesión final sentado en una silla, el único elemento que le une conscientemente con un pasado cuyo recuerdo mantiene en la cabeza en forma de guión. Pero el autor termina sacando el subrayador y traiciona a su personaje para dulcificarlo y lograr el perdón piadoso que el público ya le había dado. Se hubiese podido hacer de otra forma, más pequeña, sutil, pero como debe ser en el universo Espinosa, todo va encauzado hacia un final feliz.

Cuando un texto está desequilibrado los primeros a quien les afecta es a los actores. Cabe decir que los chavales están bien, correctos, y que los hijos adultos tiran de oficio para dar con matices que los personajes en papel no tienen, sobre todo en el caso de Francesc Garrido y Joan Carreras. Pero el gran triunfador es Andreu Benito que sabe dotar a su personaje de una presencia y una autoridad que nunca pierde a pesar de los delirios de la enfermedad. A su lado está Clara de Ramón, la hija, el personaje más desdibujado de la obra cuya función solo sirve para reunir de nuevo a los hijos y reprocharles su abandono.

Desigual, a ratos intensa, pero muy tramposa. Un buen material dramático al que se le hubiese podido dar más intensidad dotándole de más sutileza, más amor al detalle. Esperemos para que los siguientes autores catalanes que presenten texto en la Sala Gran den más de sí que lo que ha hecho Albert Espinosa, un mediático que apunta cierto desgaste.

 

Els nostres tigres beuen llet de Albert Espinosa.
Dirigido por Albert Espinosa.
Interpretada por Andreu Benito, Jaume Madaula, Francesc Garrido, Carlos Cuevas, Joan Carreras, Mikel Iglesias, Andrés Herrera,…
Drama familiar.
Hasta el 3 de febrero en el Teatre Nacional de Catalunya.

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