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Crítica de El zoo de vidre - Masteatro

Crítica de El zoo de vidre

Josep Maria Pou es esencialmente un hombre de teatro. Es un gran actor, un apasionado director y sobretodo un erudito del teatro en todas sus representaciones. Cualidades imprescindibles para ser un buen director artístico de un teatro de primer nivel como es el Goya. Cada año sobre sale más de un título programado y de tanto en cuando el propio Pou, como lo hacen todos los directores artísticos, dirige un texto que él considere apropiado. Después de distintos aciertos (Els nois d’història, Celobert, Truca un inspector) se atreve con el clásico de Tennesse Williams, El zoo de vidre (The Glass Menagerie). Y celebramos la propuesta del director ofreciendo una mirada más tierna, sutil y muy romántica a una historia que podría ser mucho más agria.  

Cuando se habla de la vigencia de un clásico, cuando se remarca cuanto de actual tiene tal obra del siglo pasado se puede incurrir en un cliché. Si bien vivimos una época social y económica convulsa que recuerda a otras etapas de nuestra historia, no toda obra que habla sobre una crisis del pasado sirve como espejo de la nuestra. De hecho, El zoo de vidre no pone en primera línea narrativa la convulsión social y económica, pero sí que es el marco asfixiante en que sitúa sus personajes. Y sin él, los caracteres de los personajes, sus anhelos, sus actos no serían tal. Se dice que The Glass Menagerie es sin duda una de las obras maestras de Tennesse Williams más autobiográficas. Sin duda se debe ver así, ya no solamente por disfrazar en el personaje de Tom sus propias vivencias y retratar el personaje de la madre con retales de la suya propia, sino además porque es testimonio directo de la época posterior a la depresión de los años 30. El objetivo está focalizado en una familia americana  de tres donde el pasado esplendoroso se magnifica, donde el presente se vive con hastío y el futuro se construye con anhelos difíciles de lograr. Y permítanme remarcar que somos muchos que vivimos estos tiempos de la misma manera.

Amanda es una mujer cuyo marido la abandonó y que tiene un hijo y una hija a su cargo de veinte y tantos. El hijo, Tom, es un pobre aspirante a poeta, soñador que por el día trabaja en una fábrica de zapatos y por la noche se evade en el cine. La hija, Laura, es una chica sin oficio ni vocación, aquejada de una ligera cojera, tímida, que sólo vive para cuidar su preciosa colección de figuritas de cristal. Todo gira en torno a la pretensión de la madre de encontrar un buen marido para su hija que la pueda mantener. La oportunidad surge cuando Tom convence a su amigo Jim O’Connor que venga a cenar un día a casa.

La versión que Pou nos ofrece viene servida por un buen elenco. Para el papel de la madre Josep Maria Pou escoje una de las actrices que más ha crecido en los últimos años, Miriam Iscla. Esta mujer será considerada a lo largo de los años una de las grandes damas del teatro catalán. Ya verán. Amanda es una madre coraje que a lo largo de la historia ofrece distintas caras, amarga, feliz, enfadada, sarcástica, hipócrita,… Todos estos matices los marca Iscla sin excederse. A su lado están sus dos hijos. Tom es Dafnis Balduz, pero también es la voz del narrador hecho que remarca aún más el autoretrato de Tennesse Williams. Balduz ofrece la amargura, la sequedad que requiere el personaje contrario a los designios de su madre. En la segunda parte, brilla la hermana, Laura, a través de la contención, de la fragilidad del movimiento y la voz de Meritxell Calvo. Descubrimos a Calvo el año pasado con la espléndida Venus in Furs en un personaje desbordante, enérgico, un torbellino de sensualidad. Justo lo contrario que ahora. La presencia de Laura es etérea, pero en la segunda parte se hace más fuerte, renace la esperanza con la aparición de Jim. Precisamente es a través de este personaje donde todo el dramatismo y el pesimismo que rodea la historia se libera. Seguramente Williams quiso dejar una puerta a la esperanza des del optimismo y la ingenuidad del joven emprendedor Jim O’Connor. Su misión es dar vida a la melancólica Laura, hacerle ver sus cualidades y darle valor a su diferencia. La aportación de Peter Vives es buena y con Calvo ofrecen sin duda la escena central de la obra que captiva por su romanticismo y su ternura. La emoción justa.

De este texto se han representado distintas versiones y cada una ataca el símbolo de las figuritas de cristal a su manera. En esta adaptación, Pou minimiza el zoo a una pequeña figurita, un unicornio de cristal, situada en un pedestal iluminado. Siempre está allí, dando constancia en primer plano de la fragilidad que gira alrededor de la familia Wingfield. Acompaña todo el montaje una iluminación que incide en la historia, nocturna y romántica, con una ambientación musical de trompetas y saxos melancólicos que evocan un sonido más propio de los ochenta que de los cuarenta. Todo en este montaje de El zoo de vidre está medido para ofrecer un tono triste, íntimo, una ternura romántica que viste muy bien al texto de Tennesse Williams.

 

El zoo de vidre de Tennesse Williams.

Dirigida por Josep Maria Pou.

Interpretada por Miriam Iscla, Dafnis Balduz, Meritxell Calvo y Peter Vives.

Drama.

Hasta el 6 de julio en el Teatre Goya.

 

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