Crítica de "El público" - Masteatro
El público

Crítica de «El público»

¿A quién no le suena Federico García Lorca? Cuando nos dicen su nombre, fácilmente visualizamos a ese mozo bien parecido al que fusilaron durante la guerra por homosexual. Sabemos que en su corta vida pasó por distintas etapas, nos suena su pertenencia a la Generación del 27 y la fundación de la compañía itinerante La Barraca. Y quizás, haciendo memoria, recordaremos su etapa por Nueva York, donde su obra fue inundada por el surrealismo. A partir de aquí, entender El público es un trabajo de análisis y de estudio en profundidad al que no todos llegamos. Y quizá no hace falta hacerlo, pues probablemente esa no era la intención de Lorca ni por supuesto es tampoco la del director Àlex Rigola.

El público es un texto terriblemente enrevesado, poético e impregnado de ideas y sensaciones abstractas. Quien se tome la molestia de documentarse y de intentar entenderlo, encontrará un complejo ensayo meta teatral, una reflexión sobre la forma extrema con la que Lorca entiende que el teatro debe ser representado. Quien no lo haga, se dejará llevar por la irreverencia de la puesta en escena, por las emociones más que por las palabras, por la atmosfera llena de sensualidad y represión, de contradicción y muerte, de desnudez e hipocresía. Entre líneas, claros reflejos de las grandes crisis de Lorca: La homosexualidad como fuente de represión, la ruptura como única opción de avance.

Después de pasar por el Teatro de la Abadía de Madrid, la sala grande del TNC aparece convertida en un salón de baile, con una cortina de chispas plateadas y diversas lámparas de lágrimas. Sobre un suelo de tierra y bajo una iluminación azulada van apareciendo una serie de personajes abstractos, icónicos e inesperados, con pocos movimientos y diálogos tan poéticos como absurdos. Entre otros, tres hombres trajeados, tres caballos, varios conejos sanguinolentos y un director de escena que representa su particular versión de Romeo y Julieta. En total, sobre el escenario hay 13 actores con papeles estrambóticos y rocambolescos. Destaca entre ellos Irene Escolar en el papel de una atípica Julieta pervertida y pervertidora por y para el público.

Para los conocedores de Lorca y los amantes del surrealismo, la función será una delicia. Para los que nos es difícil dejarnos llevar sin intentar entender, cuesta entrar. El teatro de Rigola siempre es arriesgado, y la unión con este texto en particular acentúa la peripecia. Una apuesta poco convencional, una aventura para temerarios que busquen algo diferente.

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