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Crítica de 'El principi d’Arquímedes' - Masteatro

Crítica de ‘El principi d’Arquímedes’

Josep Maria Miró es el primero de los autores catalanes que presentan su propuesta en el Grec 2012, este festival de verano que metamorfosea Barcelona en un escenario por donde pasan autores, directores, músicos, bailarines y otros artistas, de aquí y de todo el mundo, y que este año concentra toda su actividad en un mes. Así Miró, ha sido el escogido para la organización para ser el primero de aquí para estrenar un nuevo texto de creación. Y tengan bien seguro que el dramaturgo logrará que se hable mucho de El principi d’Arquímedes como una de los grandes aciertos de este Grec de nuevo acuño bajo la batuta del siempre interesante director teatral, Ramón Simó.

Miró es un hombre a quien le gusta hacer remover al espectador en su silla. Ya lo hizo hace poco más de un año con el Gang Bang que hizo temblar todas las estructuras morales y religiosas de la  platea del TNC. Ahora, el autor no es tan explícito ni tan provocativo, pero remueve aún más las entrañas, y duele dejando en el aire un debate para los espectadores enfrentados en torno a la respuesta de la pregunta que el autor deja en el aire.

Y todo puede partir de un hecho aparentemente intrascendente, hasta cuotidiano. Jordi es un monitor de natación de unos niños que justamente ahora están aprendiendo a nadar sin burbujita. Pero no todos los niños son igual de valientes. Pero Jordi, sin, suponemos ninguna maldad e intención en ello, intenta transmitir confianza i cariño a Àlex, quien le tiene pánico al agua, y lo hace mediante un abrazo y un beso… en los labios. O al menos eso dice una niña que lo ha visto y lo ha comentado después al padre de Arnau, un compañero de natación de Àlex. A partir de aquí, los mecanismos del miedo y la desconfianza actúan en los adultos para intentar desenmascarar el verdadero rostro de Jordi, el monitor “guapo y enrollado”. He aquí el tema, una acusación de pedofilia que a medida que se cuenta la historia va cogiendo distintos giros y recovecos manteniendo pistas para entender si el chico es o no culpable. Y al final es el espectador y solo el espectador quien decide si este chico es culpable o no. Y des de esta decisión que los espectadores se guardan se entiende que tipo de sociedad queremos vivir. Queremos vivir en un mundo donde el gesto, el roce, la ternura no debe ser mutilada o en un mundo donde los mecanismos de control y de sospecha se activen severamente para prevenir cualquier riesgo?

La historia está contada con la estrategia del puzzle. Es decir, toda la narración tiene una línea pero los hechos están contados desmontados, empezando por una conversación entre los dos monitores, Jordi i Héctor, y luego la directora con Jordi, para en su segunda escena empezar por justo antes de donde empezaba la primera, y la tercera para seguir donde lo habían dejado, y así. Montando el puzzle, manteniendo la tensión por no saber de los hechos en el orden correcto para que así cada espectador elabore sus propias teorías, se pregunte cual será el siguiente paso, o el anterior. Pero el puzzle no es solo narrativo pues, también juega Miró con la ayuda del escenógrafo Enric Planas, quienes pensaron en cambiar el eje en casi cada escena. Así pues todo empieza con la pica de baño en el lado izquierdo y las duchas con las paredes azules a la derecha. Pero al cabo de unas secuencias te das cuenta de que ahora las duchas están a la izquierda y la pica de agua en la derecha. Un juego muy inteligente y casi imperceptible pero que refuerza esta idea de puzzle, de tener que ver las cosas de dos formas diferentes.

Así pues, y sumando las bien trabajadas interpretaciones de los cuatro actores, aplaudimos este texto con el miedo dentro, con la duda existencial, con el dilema moral, para preguntarnos quienes somos y que queremos para nuestros hijos. Pero de eso se trata el teatro de Miró, un teatro político y moral donde no pretende dogmatizar sino plantear.

El principi d’Arquímedes, de Josep Maria Miró
Dirigida por Josep Maria Miró
Interpretada por Rubén de Eguia, Albert Ausellé, Roser Batalla i Santi Ricart.
Escenografía por Enric Planas.
Hasta el 29 de julio en la Sala Beckett.
Drama moral.

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