Crítica de "El perro del hortelano" de Lope de Vega - Masteatro

Crítica de «El perro del hortelano» de Lope de Vega

EL PERRO DEL HORTELANO de Lope de Vega

Dirección: Dominic Dromgoole. Adaptación: Dominic Dromgoole / Fundación Siglo de Oro. Intérpretes: María Pastor, Nicolás Illoro, Raquel Nogueira, Jesús Teyssiere, Raquel Varela, Daniel Llull, Manuela Morales, Julio Hidalgo, Mar Calvo, Mario Vedoya.  Música: Xavier Díaz Latorre. Diseño de vestuario y caracterización: Jonathan Fensom. Diseño de iluminación: Fernando Martínez. Diseño de escenografía: Fundación Siglo de Oro

LOPE O EL TRIUNFO DEL AMOR por Carlos Herrera Carmona

Tres itinerarios vitales me han llevado a considerar El perro del hortelano como una de mis piezas favoritas de nuestro Siglo de Oro. El primero, el haber conocido al hispanista francés Marc Vitse; el segundo el haber trabajado con Rafael Pérez Sierra -Goya al mejor guión adaptado (1997) por su trabajo en conjunto con Pilar Miró para la película por todos conocida, y tercero el haber encontrado alivio, consejo y sabiduría al leer sin descanso los sonetos y soliloquios de esta comedia palatina cuyo bálsamo, una suerte de Ars amandi castizo y a la vez universal, sintetiza remedios efectivos e inmediatos para los eternos sufridores masoquistas. Vitse nos destripó amorosamente en aquellas lejanas Jornadas de Teatro Clásico en Almería el tremendo soliloquio de Teodoro “Nuevo pensamiento mío /desvanecido en el viento…”; nos mostró el exquisito y medido campo semántico empleado por Lope que recorre la pieza relacionado con las subidas y bajadas, las oposiciones de alturas y bajezas, las mareas constantes de los enamoramientos, lo inalcanzable por excelso o por lo profundo, en definitiva todo con lo que Amor dinamita el alma nuestra o la de del secretario de la condesa Diana o de la condesa misma. Vitse nos explicó los fuegos artificiales del Fénix de los Ingenios para hacernos llegar cómo Teodoro no podía aspirar a subir tan alto, es decir, a alcanzar, a poseer a una dama tan principal… Con Pérez Sierra –quien me entregó su versión de El astrologo fingido de Calderón para dirigirla y así hice- nos enseñó en una clase de doctorado en la Universidad de Sevilla, las anotaciones que Pilar Miró le había dejado a partir de sus propuestas para ver cómo tratar sonetos y soliloquios en la gran pantalla a través de los labios de Carmelo Gómez y Emma Suárez. Emocionante ver esas palabras de Pilar Miró que traslucían su pasión por este texto que consiguió sacar a la luz a duras penas. Y por la parte que me toca, ese bálsamo ideado por Lope, cómo el poeta alecciona con divertimento sobre qué hacer y qué no para sufrir -con gusto- el mal de amores por quienes ni comen ni dejan comer…

Una vez expuesto lo anterior para que se entiendan mis desavenencias –no muchas- para con este montaje, comienzo mi impresión. Dividida esta propuesta en dos partes y un descanso que, a mi modo de ver, no era necesario –frenar el ímpetu del enredo, no- y que fue demasiado largo. La primera parte adolecía de ritmo –un allegro ma non troppo– y supuraba humor forzado, mientras que en la segunda, la velocidad y la gracia aumentaron considerablemente y el montaje alcanzó en ritmo y en donaire al texto. No logré entender algunos aspectos de dirección: el motivo de estar la platea débilmente iluminada durante todo el transcurso –quizás para involucrarnos más en la trama aunque con apartes, miradas y apelaciones al público pensé que el código ya estaba establecido y aprehendido. Tampoco que el elenco “asista” a la obra sentado en los bancos, ese estar dentro y fuera sin estarlo. Dignos de alabanza, eso sí, la solera de Tristán en cada pose y en cada paso y las metamorfosis de los secundarios a la hora de interpretar a varios de los personajes. Cierto es que los momentos altamente poéticos de la obra como sonetos y soliloquios -quizá será deformación profesional que aquí me delata y traiciona pues no es mi cometido- podrían haber sido realzados con voz, luz e instrumento y no dichos sin ser sentidos por Teodoro –lo que se denomina “soltar texto”- o de manera un tanto hierática por Diana, cuyo arco, dicho sea de paso, no se hace del todo manifiesto: de fría y caprichosa a perdidamente enamorada. Marcela –divertida y a punto de caramelo- estuvo a punto de lograr un cierto regusto poético de no haber sido interrumpida de manera jocosa y no justificada. Por otra parte, manifestar los acertados y bellos insertos musical. Se agradece siempre que la música no enlatada y la naturalidad con las que están engarzados estas canciones.

En definitiva, representación agradable y correcta en términos generales dentro de los cánones más heterodoxos en cuanto a montaje e interpretación que honra la memoria necesaria de los clásicos que no sólo pertenece a una compañía en exclusiva. Lástima de las islas sublimes de poesía y enseñanza que no tuvieron, como si de una ópera se tratara, su tratamiento bien de arias bien de recitativos.

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