Crítica de 'El Orfelinato' - Masteatro

Crítica de ‘El Orfelinato’

La pócima ha funcionado: La sonrisa desde el minuto uno se acciona y persiste, con alguna carcajada espontánea, hasta que Gladyss Kitchen, uno de los personajes, desvela el cartel de The end.

La Santa Compaña, que repite en La Fundición una temporada más tras el elogio de crítica y público, despliega su ingénua -que no fácil- maquinaria de efectos, de minidiálogos con chispa y de un non-stop de agilidad actoral y de atrezzo, que convierten a esta obra, El Orfelinato, en un dulce pasatiempo que lleva el sonreir por sonreir por bandera.Maribel Chica y Raquel Armayones, como ellas mismas me aseguran, han trabajado cogidas bien fuerte de la mano de Joan Estrader quien afirma que necesita el humor «diariamente» cuando habla de su apuesta por el humor «absurdo y anárquico». En el montaje se airean todas esas escenas de cine de terror, tanto de serie A como B, que llevamos todos en nuestra memoria colectiva asegurándose así la complicidad inmediata con el público.

Por ello, recomiendo este montaje sobre todo a todo aquél o aquélla que sea amante de la escenografía teatral, ya que es para quedarse absolutamente pasmado ya que con elementos que recuerdan a ese Un, dos, tres de Kiko Edgard -ésos recortables de Mingote de muebles, sillas, puertas en blanco y negro que nos hacían creer que estaban coloreados de lo sui generis que eran- van acumulándose, transportándose, moviéndose, chocándose, mutándose… haciendo realmente de la escenografía, sin la menor duda, un personaje más del elenco.

En El Orfelinato, por increíble que parezca, hay cabida para el humor de siempre -hilar fino, se llama- y el humor andaluz -sin asomarse al ridículo; el humor de nuestros repartos más castizos y el humor de los cándidos vodeviles de provincias; también habrá un hueco para un Hitchcock de juguete y de mentira quien les inspira y que ellas lo pasan por su tamiz de juego escénico por aquello de rizar el rizo y lo vuelvo a rizar.

Es de agradecer esta inventiva en el escenario, el cómo sacar provecho tanto de un peluche como de una historieta que ya todos parecemos saber, pero que nos la reinventan para hacer del teatro un continuo juego. Quizás el texto sea esta vez sólo un mero pretexto para jugar, para perfilar la sonrisa, aunque a veces, debo de reconocer, que no todo ha de obligarnos a revolvernos en la butaca de pura angustia Sartre y acostarnos satisfechos por la catarsis lograda. A veces, la válvula ha de constituirla piezas como ésta, las cuales, con su ritmo dicharachero, su energía visual/actoral liberen presión. Y nada mejor que la sonrisa en espiral, una y otra vez, en bucle, que nos puede ofrecer La Santa Compaña.

Vayan y liberen. Seguro que la próxima vez que veamos alguna película de Alfred, sonreiremos al ver a alguien corriendo por una cornisa o llamando a Scotland Yard: compruébenlo en con Gladyss y Mrs. Teacher.

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