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Crítica de El largo viaje del día hacia la noche - Masteatro

Crítica de El largo viaje del día hacia la noche

“Te amo más de lo que te odio”. Estas palabras, dedicadas por Jamie a su hermano Edmund, son un buen punto de partida para comprender el complejo entramado de relaciones personales tejido por Eugene O’Neill en su obra cumbre, El largo viaje del día hacia la noche, pieza de profundas raíces autobiográficas que se sumerge en la vida cotidiana de los Tyrone para reflexionar sobre temas de gran calado, como la dualidad amor/odio, principal motor del texto. Los personajes se lanzan reproches y se abrazan al mismo tiempo, se culpan de los males de la familia para, a renglón seguido, sellar su cariño con un brindis. Este juego entre amor y odio se materializa de forma dramática, con palabras afiladas, con diálogos cargados de tensión que no dejan lugar al respiro.

Escrita “con lágrimas y sangre”, como el propio O’Neill destacó en su dedicatoria, El largo viaje del día hacia la noche huye de adornos, de artificios, y nos propone un guión en el que la palabra es la gran protagonista, una palabra desnuda, pura e incisiva, sobria y contundente. Esta versión de Borja Ortiz de Gondra, que estos días puede verse en el Teatro Marquina de Madrid bajo la dirección de Juan José Afonso, es fiel a este estilo. La sala de estar de la residencia de verano de los Tyrone ha sido despojada de las ventanas, puertas, estanterías y otros elementos que el escritor norteamericano describe al comienzo de su obra para focalizar la atención sobre los personajes. Aquí, la estancia apenas está compuesta por cuatro sillas, una pequeña mesa y un montón de libros sabiamente apilados, mientras que las paredes han sido sustituidas por un enorme lienzo que hace las veces de pantalla de proyecciones. Esta sobriedad no hace sino otorgar un mayor protagonismo a los diálogos y al trabajo de los actores.

Una obra de estas características, con un nivel de tensión tan elevado, con todo el peso de la representación sobre los hombros de los personajes y con una exigencia máxima desde que se levanta el telón hasta que cae, sólo se puede sostener con un elenco de primer nivel, y es aquí donde radica el verdadero éxito de este montaje. Mario Gas y Vicky Peña han vuelto a demostrar, esta vez unidos en papeles protagonistas, por qué son dos de los grandes exponentes de la escena de nuestro país. Con una enorme naturalidad, Gas encarna a la perfección al avaro James Tyron, lo humaniza, lo hace creíble y nos lo presenta desnudo con todos los matices propuestos por O’Neill.

Más difícil resulta encontrar las palabras adecuadas para describir el trabajo de Vicky Peña, que se mete en la piel de Mary Cavan Tyrone, uno de los personajes más complejos del Nobel norteamericano. Con una voz llena de matices y una lección de gestualidad y del uso del cuerpo como herramienta de expresión dramática, Peña da veracidad a cada una de sus palabras y consigue transmitir al público el dolor de una mujer adicta a la morfina, martirizada por la muerte de uno de sus hijos y angustiada por la enfermedad de su hijo Edmund. Un trabajo que será recordado y que merece ser premiado.

Pero El largo viaje del día hacia la noche es mucho más que el matrimonio Tyrone. Alberto Iglesias, en el papel de Jamie, y Juan Díaz, en el de Edmund, mantienen el pulso y la tensión incluso en las escenas en las que están obligados a coger el timón sin la presencia de Gas y Peña. Iglesias y Díaz encajan a la perfección como un mecanismo bien engrasado y contribuyen a conformar un retrato familiar redondo y trabajado a nivel psicológico con la minuciosidad de un orfebre. Menos protagonismo tiene Mamen Camacho, en el papel de Cathleen, aunque eso no impide que muestre algunos detalles más que interesantes.

Las luces y la música, bien utilizadas para profundizar en el carácter dramático de la función, son el complemento perfecto para un montaje de una calidad exquisita. El único aspecto mejorable, después de analizar los gestos de la sala y hablar con algunos espectadores, es la duración. A pesar de los recortes introducidos, el montaje sobrepasa las dos horas, incluyendo un descanso de diez minutos. Quizás la eliminación de algunas escenas menos relevantes podría terminar por construir un monumento sin fisuras.

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