Crítica de El despertar - Masteatro

Crítica de El despertar

Aprender es una actitud vital. Uno debe estar receptivo, abierto para recibir nuevos inputs que le hagan saber y descubrir nuevas cosas. Está claro que el oficio del actor es probablemente uno de los trabajos donde esta actitud de observación y escucha activa debe perdurar más a lo largo de los años para no quedarse anclado en una misma manera de hacer y de trabajar. Cabe decir, pero, que la realidad no es así, y aunque tenemos un gran plantel de actores en nuestro país, muchos están anquilosados en un mismo tipo de personajes. Pero esto no ha sido siempre así. Una vez fueron jóvenes y aguerridos, atrevidos a probar cosas nuevas, a dejarse llevar por la experimentación. Cuando aún estaban en la escuela de interpretación, todo estaba por hacer, el mundo era una caja por abrir. Y a su lado tenían maestros que les daban las herramientas para desarrollar esta observación y escucha activa, una formación basada en la experimentación y la libertad. ¡Benditos maestros, benditas escuelas! Y así sigue sucediendo y sucederá mientras siga habiendo escuela como Eòlia y maestros cómo Iván Morales.

Y es que un año más llegan los talleres de fin de curso. O bien deberíamos hablar de fin de trayecto. En el Eòlia se han formado 9 actores que ahora finalizan su aprendizaje con un taller de creación colectiva, dirigidos por el dramaturgo y director Iván Morales, sin duda un buen maestro en lo que se refiere a observación y escucha activa. Pero el viaje que ha pilotado Morales con estos alumnos que se han constituido como compañía, de nombre Eiqqar (droga en árabe; el teatro como adicción y necesidad), ha transitado también a través de la reflexión, de la imaginación y de la investigación. Todo ello para dar forma a una propuesta libre y perturbadoramente poética basada en “El Despertar de la primavera” de Frank Wedekind, una obra que en su época fue revolucionaria por su cuestionamiento de ciertas estructuras sociales y morales a través del retrato de una juventud que batallaba contra  las figuras represoras (padres y maestros) mediante su despertar sexual. Con este material de primera, Iván Morales tenía una buena base para hablar con estos jóvenes de lo que significaba salir del huevo, despertar del letargo, de la revuelta de la adolescencia. Y darles las herramientas para que, en síntesis de todo lo que han aprendido a lo largo de los 4 años de formación, creen algo único y explosivo. Algo con lo que puedan romper moldes y decirle a la gente de teatro más acomodadas que el teatro debe ser vivo, una experiencia cruda y no recocinada.    

La historia narra cómo un grupo de jóvenes viven encerrados en un espacio que han renacido para vivir eternamente como seres inmortales. Pero para ellos deben de cumplir una serie de normas básicas para la convivencia para huir definitivamente de su condición humana: no hay dolor, no hay violencia, no hay religión, no hay amor, no hay sexo, sólo tienen libros, comida y música para vivir en harmonía. Y nunca bajo ningún precepto pueden salir de allí. Saben que les vigilan, alguien y se comunican con ellos mediante notificaciones, marcándoles de cerca. Pero su pretendida felicidad oculta una sensación de desazón e incomodidad y a alguno le ronda por la cabeza la posibilidad de huir.

Para aquellos que estén ni siquiera vagamente familiarizados con la obra original encontrarán pocas similitudes con ésta, si un caso algunos anclajes. Morales y sus chicos la han cogido como referencia para construir una pieza a su manera, que hasta podría actuar como secuela de la original, con unos diálogos mucho más refinados y de matiz existencialistas que las obras precedentes del autor. Y es que el propio Iván Morales ha hecho su propio viaje de aprendizaje desligándose del “aquí y ahora” tan suyo, este sello de autenticidad con el que ha marcado obras como “Cleopatra”, “Jo mai” o “Sé de un lugar”. Aquí recrea una sociedad en un futuro distópico y a través de sus personajes, desde sus relaciones, sus miedos y sus deseos les hace gritar al público (y contra ellos) la revuelta contra sus propias figuras represoras, tal como hizo el propio Wedekind hace más de un siglo. Morales y la compañía componen una serie de personajes (más desarrollados unos que otros) quienes muestran sus marcas y sus señas: el bufón humanista, la pequeña dictadora, la aguerrida, el romántico, el miedoso…  Cada uno tiene su propia historia que florece del pasado en una escena desconcertante e histérica. Esta escena sirve como paradigma de un trabajo coral, una propuesta escénica basada en el movimiento perpetuo, ajustada al milímetro pero con una preparación donde se le ve el juego, la improvisación, el trabajo gestual, la proyección y modulación de voz y todo aquello que un actor debe aprender para transmitir emociones desde un escenario. Síntesis de 4 años de aprendizaje. Y lo que les queda. Son jóvenes y aguerridos, que no  pierdan la visión crítica, ni el juego, ni la experimentación. Les seguiremos la pista.

 

El despertar de Iván Morales y la Cia. Eiqqar, basado en El despertar de la primavera de Frank Wedekind.

Dirigido por Iván Morales.

Interpretado por Isaac Bejarano, Marta Cañas, Elisabet Ferrés, Marina Prat, Alba Ramírez, Toni Sánchez, Ángela Tortajada, Áurea Vidal y Edu Roig.

Drama distópico.

Hasta el 1 de mayo en el Teatre Eòlia.

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