Crítica de El Carrer Franklin - Masteatro
el carrer Franklin

Crítica de El Carrer Franklin

Adentrarse en la calle Franklin y descubrir un mundo donde la supervivencia pasa por la picaresca más absurda, sin una ubicación temporal concreta (presente, futuro inmediato, pasado de antes de ayer), como si viviéramos en un bucle donde todo se repite y todo va a peor. Y aún así desternillarse de risa gracias a la inyección de absurda realidad. Esto consigue Lluïsa Cunillé, una dramaturga de largo recorrido con una fuerte personalidad artística que ahora el director Josep Maria Miró explota con un quinteto interpretativo fantástico. El carrer Franklin es una obra-espejo de nuestra sociedad (otra más) con la deformación que provoca la farsa y el teatro del absurdo. Una perla del TNC para este nuevo Grec.

Cunillé nos habla de una familia desahuciada de su casa y abre su obra con uno de los afectados, un hombre travestido rodeado de muebles, sofás, armarios, camas, etc. Y un piano. Es profesor de piano y malvive dando clases a alumnos que no le pagan. Aficionado a las coplas y cupletes, comparte vida con su marido, un taxista que debe de compartir su coche con otros compañeros, pero que hoy está inusitadamente contento. Dice que tiene el boleto ganador de la lotería, aunque aún no se ha jugado. Luego está la hermana de éste, una activista, la voz de la calle, miembro de una ONG de la cual es la única que queda, pero que lucha con la dignidad de los perdedores para vociferar megáfono en mano la injusticia de su desahucio. Otra que está a punto de vivir la misma situación es la vecina inglesa, una señora de mediana edad, con su flema británica y que ha heredado parte de las cendras de su tía, la Tatcher, y una peluca con pelo natural de la Dama de Hierro y que bien la podría salvar de sus apuros económicos.  En medio de este caos absurdo aparece un quinto personaje, en busca de algo, un poca cosa, un hombre superado también por la crisis y con un, a priori, papel determinante para poder resolbverla. Es el gobernador del banco de España, un hombre que no pinta nada para nadie ya y que, según sus palabras, no puede otorgar ningún crédito ya porque él lo ha perdido todo. Cinco personajes enmarcados en una farsa, tallados a medio camino entre la caricatura y la picaresca absurda y con un tono a lo Miguel Mihura, surrealista y extraño.

No hay una consecución de objetivos, un conflicto muy grande que resolver por parte de los personajes. Llúïsa Cunillé dibuja sólo un paisaje de personajes que luchan, aunque tampoco sin mucha energía, para sacar adelante sus vidas en un paisaje terrible. Recuerdo Cleopatra de Iván Morales como una historia donde los personajes también se ven afectados por la crisis y por la amenaza, al final cumplida, de un desahucio. En esta aproximación a la crisis, la autora va varios pasos más allá e integra al paisaje urbano los desahucios y retrata una sociedad más cerca del apocalipsis total, sin clases sociales, pero con un ápice de dignidad que sobresale a través de las distintas canciones que van cantando los personajes, desde los cuplets del travestido al The Show must go on que canta el taxista. Y para rizar el rizo (aunque la peluca moldeada con laca de la Tatcher no tenga ni uno), salido de la nevera, Oriol Genís (terriblemente divertido y entrañable como banquero) se arranca con un Nessun Dorma  de Puccini. ¿Tatcher revive al grito de Vincero? Cunillé, ¡que aguda y desternillante!

 

El carrer Franklin de Lluïsa Cunillé.

Dirigida por Josep Maria Miró.

Interpretada por Xavier Albertí, Montse Esteve, Oriol Genís, Lina Lambert y Xavier Pujolràs.

Comedia absurda.

Hasta el 19 de julio en el TNC.

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