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Crítica de Eduard II - Masteatro

Crítica de Eduard II

Un columpio y un cuadrilátero de césped artificial centrado en el escenario. El resto, fondo negro. No hay más. Así pues, este Eduard II de Christopher Marlowe es una adaptación libre y no tradicional de sus versos. Es la cuarta mirada al teatro elisabetiano del último mes que han programado cuatro teatros, Atrium, Maldà, Akadèmia y ahora Tantaranatana. Son la gente de Parking Shakespeare quienes presentan uno de los textos más populares y representados del teatro inglés. Teniendo en cuenta que el modus vivendi de esta compañía se encuentra en espacios abiertos, uno de los retos era verlos encerrados entre cuatro paredes y descubrir si podían dar vida a un texto que necesita mucho movimiento y acción. El texto original es largo y denso, de tres horas y media. En esta adaptación la historia se reduce a 80 minutos. Para esta obra, la compañía, quienes encargan la dirección de sus proyectos a un director diferente cada vez, han puesto la batuta en manos de Roberto Romei que ha adaptado la dramaturgia junto con Marc Rosich y Anna M. Ricart.

La historia nos habla de las cuitas entre el monarca Eduardo II y una representación de los nobles, del estamento militar y del clero por ocupar el poder. Otro texto dramático que narra las ambiciones del ser humano por el poder mediante luchas estúpidas y ajustes de cuentas personales. El hecho diferencial del texto pero está en la aparición sin tabús ni prejuicios de uno de los primeros amores homosexuales de la dramaturgia. Gaveston es el amante del rey, un personaje sin ningún tipo de linaje, un plebeyo que la corte de nobles, militares y clérigos no está dispuesto a aceptar. El constante tira y afloja para el destierro del amante o para su eliminación termina en una guerra sin cuartel entre Eduardo y sus enemigos. No aceptan que un personaje tan bravucón y que para ellos no deja de ser un payés se le otorga tantos beneficios y privilegios. No hay ningún tipo de odio por el hecho homosexual. Ni tampoco para la reina que sufre su amor por el monarca mientras desea la desaparición de su amante, cuya identidad sexual le importa bien poco.

En esta adaptación la estrella es el director quien en proceso de creación junto con la compañía imaginó la historia como una batalla de niños, de estas en que unos defienden el castillo y los otros intentan conquistarlo. Minuto uno, los actores se alinean entorno el columpio y empiezan con una canción infantil . Zim, zam, zim, zam…. Inmediatamente empiezan a recitar el texto y situando el conflicto sin preámbulos unos y otros se increpan y se ponen xulitos. Y al poco otra canción, el lleo no em fa por, pam i pipa, pam i pipa, perquè sóc bon caçador. Esta y otras canciones infantiles se sucederán a lo largo de la obra. La interpretación de los hombres (que no de la reina, la única adulta, ¿la madre?) recrea este juego de niños, donde uno llora si no consigue el juguete que quiere. La idea viene reforzada además por un vestuario que marca el estatus social de cada personaje… en pantalones cortos, como niños jugando en el parque.

Asimismo, amplía el arco temporal del estúpido conflicto con intervenciones que nos recuerdan a actitudes de ciertos dirigentes políticos del momento (estas interpelaciones al público de los distintos portavoces tanto del monarca como de la rebelión). Hay que decirlo que a veces suena un poco forzado y desnaturalizado estas inclusiones. En cambio hay una aparición, no expresa por la compañía, que refuerza mucho más este paralelismo grotesco con la actualidad. Adrà Díaz, quien interpreta a Gaveston, un macarrilla de cuidado, tiene un rostro y adopta un repeinado que recuerda al omnipresente Pequeño Nicolás. No lo buscaron adrede, fue una conexión que el público ha realizado al ver la obra. Pero como no ver similitudes entre persona y personaje? un intruso en la corte, un ser que se ha infilitrado y que amenaza el status quo de los gobernantes.

El usos escénico del columpio como trono que hay que conquistar es muy bueno, pero no así el resto del cuadrado verde ni el fondo negro donde descansan los actores que no actúan, derechos, paseando, escuchando el trascender de la historia. Acostumbrados a campar a sus anchas a esconderse, entre árboles, a situarse entre el público, este escenario se les queda pequeño a la compañía. Habría sido más convincente un uso más orgánico del espacio, no reducir tanto su radio de acción.

Eduard II de Christopher Marlowe

Adaptación de Marc Rosich, Anna M. Ricart y Roberto Romei

Dirigida por Roberto Romei.

Interpretada por José Pedro García, Òscar Bosch, Adrià Díaz, Santi Monreal, Carles Gilabert, Pep Garcia-Pascual, Ricard Sadurní y Ester Cort.    

Drama bélico infantil.

En el Teatre Tantarantana hasta el 11 de enero.

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