Crítica de Dybbuk - Masteatro
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Crítica de Dybbuk

Cuando, año tras año, vas viendo crecer a jóvenes compañías teatrales, observas como por un lado configuran su estilo, pero al mismo tiempo van evolucionando, se adentran en nuevos caminos, nuevos intereses dramatúrgicos, nuevas formas de contar las historias. Un equilibrio entre la identidad y la evolución que toda compañía va sufriendo con aciertos y errores. Y en este cambio se encuentra Sixto Paz quienes están en la Sala Becket levantando Dybbuk, una historia escrita por Jan Vilanova Claudín a partir de la historia del escritor francés Romain Gary. Después de hISTORIA, la compañía sigue confiando en la pluma de su dramaturgo después de haber empezado su andadura adaptando distintos textos de autores anglófonos (aunque no tienen intención de dejar las adaptaciones ni de colaborar con otros directores/as). Con Jan Vilanova y la dirección de Pau Roca, las historias de la Sixto Paz se encaminan por otros cauces. Tanto en hISTORIA como en Dybbuk asistimos a un tipo de teatro documental, donde la narración ha sido tejida a través de una investigación documental exhaustiva para dar forma al conflicto. Pero además las dos obras nos hablan de la fuerza del individuo que se opone a cierto pensamiento social, a ciertas imposiciones, una fuerza pero que surge de la necesidad de supervivencia. También existe una línea poco visible que une los dos relatos, retratan dos figuras, víctimas, de manera directa o indirecta, del gran conflicto del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial, el nazismo, el exilio y todo lo que trajo. Un teatro documental que parte de historias reales, de héroes y falsos héroes que lo fueron debido a las consecuencias de esta guerra.

Dybbuk es, según la tradición judía, un espíritu de un muerto que se introduce en el cuerpo de un vivo, robándole la identidad y obligándole a tener una conducta totalmente irracional. En esta historia, el Dybbuk es Romain Gary, un hombre con muchas caras y oficios, pero sin duda uno de los escritores franceses del siglo XX más importantes y laureados. De hecho, es el único escritor francés que tiene en su haber dos premios Goncourt, el mayor premio literario del país vecino. El único, pero con trampa. Y es que la organización del premio sólo puede otorgar este premio una vez a un mismo autor. El segundo premio se lo otorgaron al desconocido autor Émile Ajar, quien resultó ser el propio Gary, como se supo antes de que este finalizara su vida. Más de 15 años mantuvo esta mentida gracias a la ayuda de su supuesto sobrino, Paul Pavlovivch, quien accedió a dar voz y cara a Émile Ajar. Y ahí es cuando el Dybbuk actúa. Gary se introduce en la vida de Pavlovich, quien le quita su propia personalidad dándole primero la de Ajar y luego definiendo la del propio Pavlovich.

A partir de esta historia, que parte de un exhaustivo trabajo documental, Vilanova Claudín nos cuenta cómo se gestó la figura literaria de Gary y la de Ajar. Para ello se fija en el personaje de la madre, quien imagina que fue la principal instigadora de que Romain Kacew se construyera su propio personaje. No en vano ella misma se hacía pasar por alguien que no era para poder vender sus telas. El peso de la madre se hace sentir en distintos flashbacks que se van diseminando a lo largo del relato. Sin duda la influencia de esta figura fue uno de los impulsos que llevó a Romain Gary a crear este juego de personalidades. Y es que hasta Gary no era el apellido real, sino un nombre artístico que significa en ruso, algo que brilla, que quema, la energía de algo que resplandece. En contraposición Ajar son las cenizas, las brasas, el fuego extinto, algo que ya ha terminado. La broma fue al final que Ajar terminó brillando más que Gary sumiendo a éste en un estado de confusión y depresión (el suicidio de Jean Seberg, su exmujer y sin duda la segunda mujer de su vida, tampoco le ayudó mucho).

La compañía Sixto Paz mantienen también una cuidada puesta en escena de sus montajes. Pero ahora con el tándem autor/director, Vilanova Claudín/ Roca, la puesta en escena, el montaje gana aún más protagonismo. Ya en el texto se marca la puesta en escena, hace dialogar los personajes entre sí, o los personajes con el narrador. Probablemente sea un texto acotado al milímetro, un texto que marca mucho la dirección. Eso sí, la propuesta escénica de la pared pintada seguro que es algo salido de dirección. Para reforzar ciertas partes de la historia, todos los personajes van pintando en blanco sobre negro los nombres de los personajes y las cosas más importantes en la vida del escritor (como apuntes a pie de página) y en rojo los nombres que marcaron su identidad, Gary y Émile Ajar.

La historia es fascinante y lo es en gran medida también por el cuarteto interpretativo. Por un lado, está un fantástico Víctor Pi que crea un Romain Gary con varias caras, la del niño que busca las faldas de su madre, la del arrogante escritor o la del loco manipulador dispuesto a crear la gran falacia literaria que fue Émile Ajar. A su lado está Pau Roca, el sobrino que termina creyéndose su propio personaje. Las figuras femeninas de la madre y de Jean Seberg las defiende con sobriedad Patricia Bargalló, aunque le falta algún matiz para la creación de la inestable actriz. Y finalmente está Pepo Blasco que se encarga de dar vida a 3 o 4 personajes distintos que aparecen en la vida de Romain Gary, simbolizando mayoritariamente la voz de la crítica literaria contra la que Gary batalla. El trabajo de Pepo Blasco es una delicia, uno de estos actores secundarios cuyos personajes son dotados de una energía y una verdad auténtica.

Hablan los personajes de que a veces la realidad no tiene talento y que uno debe falsearla para hacerla más viva. Dybbuk es la historia de uno de los fraudes artísticos más grandes, pero también un drama intenso de una personalidad que, aunque a priori batalla contra la opinión de la sociedad, en verdad se enfrenta a su propia insatisfacción, la claustrofobia que siente al estar en su propia piel. Con este relato, Sixto Paz sube otro peldaño, con un montaje intenso donde la combinación entre interpretación y puesta en escena nos conduce con buen pulso en el relato de vida de este genial creador.

Dybbuk de Jan Vilanova Claudín.

Dirigida por Pau Roca.

Con Víctor Pi, Pau Roca, Patricia Bargalló y Pep Blasco.

Drama sobre identidades artísticas.

Hasta el 12 de marzo en la Sala Beckett.

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