Crítica de 'Donka, una carta a Chéjov' - Masteatro

Crítica de ‘Donka, una carta a Chéjov’

Donka, una carta a ChéjovCuando una obra de teatro comienza con retraso, lo normal es sentirte un tanto molesto, pero cuando lo que te espera detrás del telón es una obra maestra de estas características no hay lugar para albergar la más mínima irritación, y muy al contrario, el retraso es sólo una muestra más que viene a hacer gala de un conocido dicho que reza así: “lo bueno se hace esperar”.

Hoy estuve en el Teatro Compaq de Gran Vía para ver “Donka, Una carta a Chejov”. Lo que comenzó con expectación a pesar de la espera, terminó por ser, gracias a estos grandes genios, una experiencia exclusiva, única, inmejorable, muy cercana a lo celestial.

¿Cómo explicar la emoción provocada por la excelencia cuando esta sobrepasa todos los límites y que alcanza el esplendor de la superioridad?

Puede que para muchos, probablemente la perfección no exista, pero si hay un espectáculo en el mundo que se acerque a la extrema perfección y a la pureza teatral misma, estoy segura de que estará montado por ellos. Y cuando digo ellos, me refiero a todos y cada uno de los bailarines, acróbatas, “clowns”, malabaristas y artistas que hacen posible la magia del circo, y que ahora han tenido a bien rendir homenaje al grandioso Chéjov en la última creación de Daniel Finzi Pasca, autor de espectáculos como el Cirque du Soleil.

En este derroche de exquisitez teatral he sentido y palpado el alma de Chéjov en cada segundo de la función. Caótica bella armonía representada en los artistas que se han sumergido de lleno en la vida del autor ruso a través de equilibrios imposibles, sublimes acrobacias, elevados malabarismos y contorsiones estéticamente utópicas.

Esta experiencia inolvidable que se divide en dos actos de cincuenta minutos cada uno, cuenta con un espacio entremedias de veinte minutos en el que se pretende dar tiempo al público para digerir la genialidad inverosímil del primer acto para luego dar paso al segundo, que es algo así como la entrada misma en lo que yo llamaría “el único y auténtico paraíso”.

Elogiar o encarecer el trabajo de alguno de los artistas en particular sería completamente improcedente y desaforado ya que sobre las tablas, encima de los trapecios, contorsionados hasta el infinito, colgados de las sábanas o entre miles de pedazos de hielo, el elenco al completo está dotado de los ingredientes necesarios para hacer de “Donka”, que es el nombre que recibe en ruso la pequeña campana que se coloca en la caña de pescar y que suena cuando pica un pez, un reclamo infalible para los “peces” de este teatro que representamos todos los asistentes.

Resulta pues imposible no morder el anzuelo de una “caña” tan irresistible al paladar humano, porque cuando ellos suenan, nosotros no podemos más que abrir la boca y entregarnos maravillados a la muerte voluntaria que se produce ante lo palmario.

Hoy he visto arte comprimido, arte desatado, arte a manos llenas. Una amalgama de sentimientos y de disciplinas, que han puesto al servicio de un público entregado esta creación avezada de notoriedad más que patente.

Es como si de repente los artistas quisieran, con cada uno de sus números, devolverle la vida al maestro Chéjov y dotar de alma cuestiones tan importantes como esta: “deberíamos representar la vida no como es, ni tan siquiera como debería ser, sino que deberíamos representarla tal y como aparece en los sueños”.

Y así se obra el milagro de la perfección escénica. Con una danza mística envuelta en la música de María Bonzaniago que se extiende por la decoración, la exégesis, la iluminación, la tecnología…sobre todo a la vez y que da como fruto algo mayestático, solemne…

El culmen de la verdadera perfección aflora cuando toda esa magia se transforma en una exactitud extrema del cuidado de los detalles. Ellos no barajan el error como una opción. Con un rigor tan minucioso y una belleza tan fastuosa consiguen poner de relieve la premisa principal de este espectáculo: “Son los detalles, las pequeñas cosas y no las coincidencias, las que nos guían en la vida”. Y así, casi sin querer, termina la obra.

En este circo se te saltan las lágrimas de la emoción. Entre sollozos, respiro felicidad, primero entra mis pulmones y finalmente, se queda en mi corazón. Para siempre.

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