Crítica de Don Joan - Masteatro
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Crítica de Don Joan

Adaptar los clásicos no es fácil si se quiere dar una mirada propia y no caer en el esnobismo y la pretensión gratuita. Pero es un trabajo que se debe hacer. Hoy disfrutamos de la adaptación de Hamlet a cargo de Pau Carrió, moderna pero minimalista, sin nada más que la palabra y el tono de las interpretaciones. En esta misma semana se ha estrenado el Don Joan de Moliére, convenientemente adaptado por la gente de La Brutal, ejecutores de Una altra pel·lícula o de la trilogía de Tot per la pasta del año pasado. El resultado es sorprendente, tan excitante como una película de terror psicológico.

David Selvas como capitoste del montaje y ayudado por tres personas más en la adaptación (Sandra Monclús, Sergi Pompermayer y Cristina Genebat) cambia totalmente de registro la obra y aunque empieza con sus propias señas identitarias, una comedia protagonizada por un caradura y acompañado por un asistente que hace de apagafuegos, evoluciona hacia un nuevo registro, donde gracias a un juego escenográfico y unos efectos sonoros, nos sumerge en una historia de terror psicológico, donde finalmente el entorno de Don Joan y Sganarelle se revela contra ellos como si fueran apariciones en medio de una noche siniestra, en un hotel de cinco estrellas a la orilla del mar. Nos olvidamos por completo del clásico y su estructura para adentrarnos en un terreno mucho más oscuro. Es la fuerza de Dios contra el crápula.

Si en Hamlet, se da valor a la palabra y los actores por encima de todo, y para eso levanta una escenografía aséptica, sin decorados, en Don Joan es la escenografía, es el montaje sonoro y de luces el que da el tono y guía las acciones de los personajes. Todo empieza en el salón del comedor, a la hora del desayuno y para dar verosimilitud a la escena unas diez o más personas del público se sientan en las mesas situadas en el escenario (siendo servidos y levantándose para coger del bufet) mientras Don Joan y Sganarelle dialogan sobre el amor, la belleza, la moral y por supuesto Dios, ese ser al que el siervo teme y el cual el amo repudia con desfachatez. Todo sigue los cauces de la comedia de Moliére, pero desde la modernidad que el equipo de La Brutal le imprime a sus propuestas. Dinamismo, escenas con mucho movimiento, montajes musicales, soporte audiovisual, y una escenografía llena de detalles, rica en decoración.

Pero Selva y sus adaptadores dan una lección de lectura e interpretación. Porque Don Joan oculta algo terrible, trágico y que infiere miedo. Don Joan lucha contra Dios y este no es precisamente un ser bondadoso. Ya avisa Sganarelle de su ira. Así, a medida que las dificultades dificultan el devenir de Don Joan la oscuridad se adueña del escenario. Y en la noche que aparece Don Carlos y su hermano entramos en otra obra, a medio paso entre el thriller y el terror psicológico. Las luces cogen protagonismo jugando a los claros y oscuros, adoptando esta atmósfera lúgubre, donde las apariciones de los personajes se suceden como espíritus que vienen a rendir cuentas con el seductor. Un juego de espejos inteligente y medido al milímetro redobla los puntos de vista, confiere profundidad y aumenta la sensación de espacio maldito. Los golpes sonoros son dignos de El Resplandor, sobre todo cuando se enfocan las fugaces apariciones del comendador. Esta estatua tan solemne aquí es la aparición de un espíritu blanco. Pero ni con esas Don Joan cede al miedo ni a la ira de Dios, irreductible en su hedonismo y su creencia en la belleza material. Y en otra vuelta de tuerca, Selvas nos brinda un final musical con el mismísimo dios del rock, Elvis Presley.

Esta es una obra que se valora en su adaptación en su puesta en escena pero por supuesto no se puede menospreciar el trabajo de sus actores, compinches habituales de La Brutal en otras recientes batallas. Como no podía ser de otra forma, Julio Manrique es el seductor, el engreído Don Joan. En un papel sin tan dramatismo ni histerismo como viene dando muestra hace tiempo, Manrique revindica aquí sus dotes por la seducción y la manipulación  y teje el puro retrato del vividor famoso de tres al cuarto del siglo XXI, este que copa todas las portadas de las revistas del corazón. A su lado está un inmenso Manel Sans, en la piel del siervo Sganarelle, un pobre hombre que aunque repudia las técnicas de seducción de su amo (no tanto por lo que hace a las mujeres, sino por el miedo a la cólera de Dios) no puede (ni quiere) alejarse de él, su pagador. Sin duda es a partir de estos dos personajes donde se entiende todo el trasfondo de la obra, la lucha entre lo moral, la creencia y el ateísmo y el hedonismo más beligerante. Para desequilibrar la balanza en un u otro lado deambulan distintos personajes víctimas todos ellos de las manipulaciones de Don Joan, desde el padre (testimonial pero imponente Lluís Marco) a la camarera (Nausicaa Bonnín) y la directora del hotel (Anna Azcona) pasando por el botones y chico de seguridad (Javier Beltrán). Un elenco al servicio de una historia fantástica ideada por una compañía que trabaja con un estilo muy definido y que merecería un premio a la mejor adaptación.

Don Joan de Moliere.

Adaptación de La Brutal.

Dirigida por David Selvas.

Interpretada por Julio Manrique, Manel Sans, Nausicaa Bonnín, Cristina Genebat, Javier Beltrán, Anna Azcona, Lluís Marco y Xavier Ricart.

Comedia clásica con forma de terror psicológico.

Hasta el 24 de abril en la Sala Petita del TNC.

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