Crítica de 'Cuando deje de llover'
Cuando deje de llover

Crítica de ‘Cuando deje de llover’

La obra Cuando deje de llover puede disfrutarse nuevamente este curso tras el merecido éxito del pasado año, en el que no sólo ganó las alabanzas de público y crítica sino que también se llevó ni más ni menos que tres premios Max: a mejor dirección de escena (Julián Fuentes Reta), mejor actriz protagonista (Susi Sánchez) y mejor espectáculo de teatro; además de los premios de la Unión de Actores a la mejor actriz y actor secundarios (Consuelo Trujillo y Jorge Muriel) Y mejor actor de reparto (Susi Sánchez y Felipe García Vélez).

Y la verdad es que no podemos sino confirmar el merecimiento de dichos premios; la obra tuvo el poder de sobrecojernos y conmovernos como pocas veces, poniendo al descubierto no sólo un texto magistral de un autor (Andrew Bovell) al que habrá que seguir la pista a partir de ahora, sino también un trabajo actoral que alcanza la excelencia en muchos momentos, un trabajo de equipo en el que la dirección de escena destaca por la impecabilidad con la que nos va presentando la trama a través del crisol de tantas diferentes subjetividades. El público salimos en su mayoría especialmente emocionados por esta obra de temática universal y belleza elíptica.

La trama, narrada de forma indirecta y con saltos temporales, nos desnuda progresivamente los secretos de dos familias a las que un trágico encuentro inicial marcará transgeneracionalmente, construyendo un muro de secretos, rencores y dolores enquistados que harán imposible la comunicación y la comprensión entre sus miembros. Esta incomprensión o dolor callado será heredado como una pesada carga por los descendientes, como si de un otoño lluvioso en el que no cesa de llover se tratara, hasta que dos familiares decidan sentarse a hablar y comunicarse por primera vez honestamente, decidan desenredar ese nudo que les viene atando por generaciones.  

La recurrencia de la imagen de la lluvia y ese pez inicial que cae a escena, en mitad de un escenario cuasi-apocalíptico y desértico -una visión nada halagüeña de un posible futuro cercano de la Tierra-, insisten en la idea del sufrimiento heredado, una carga familiar a la que toda familia se enfrenta (porque no hay familias sin alguna historia trágica a sus espaldas) y que marca de algún modo el destino de sus miembros, más aún cuanto más desesperadamente tratan de negarlo y huir de su pasado. Tan sólo un acto de afrontamiento de la verdad, de aceptación pero también de perdón, puede producir el milagro de que deje de llover, representado a su vez por el pez, ese pez que caía de la nada, esa sopa de pescado que todos los familiares de diferentes épocas degustan, pero que sólo los dos últimos son capaces de reconocer en todo su valor: el pez, símbolo netamente cristiano, apela a la necesidad de reencontrarnos con el dolor al confrontar la verdad de esos “secretos familiares” que emponzoñan la convivencia y la vida y que sólo un acto de perdón en el doble sentido ( en el de pedirlo, pero también en el de concederlo) pueden redimir, un acto que permitirá a ambas familias volver a empezar, que las liberará. Un auténtico milagro fruto del amor.     

Así pues un trabajo coral, magistralmente dirigido y representado. Mención especial  nos gustaría hacer en nuestra opinión de Pilar Gómez, ya que otros de los actores ya han sido reconocidos en los sucesivos premios, que con esa dicción tan particular logra construir un personaje complejo, lleno de luces y sombras, como lo es el de Elizabeth (joven). Jorge Muriel en cambio, en el papel de Gabriel Law, no llega a resultar del todo convincente y es quizá, junto a Pepe Ocio en el papel de Henry Law,   los personajes que quedan menos definidos. Felipe G. Vélez y Ángel Savín (Joe Ryan y Gabriel York respectivamente) están espectaculares a pesar de tener papeles relativamente cortos. En general, como decimos, un trabajo actoral excelente. La escenografía es ligera y evanescente, como si asistiéramos al recuerdo de algo, a un relato contado por otros y que imaginamos más que presenciar, y sólo cabría tal vez lamentar el exceso de distancia entre el público y los actores, para poder percibir mejor el trabajo interpretativo. El escenario resultaba por momentos excesivamente grande.

Así pues no lo duden más; si no pudieron verla todavía no se queden sin ver esta joya dramatúrgica, continúa en cartelera en las Naves del Español del matadero sólo hasta el 8 de noviembre del presente mes. ¡Corran! ¡No se la pierdan!

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