Crítica de ‘Con derecho a fantasma’ - Masteatro

Crítica de ‘Con derecho a fantasma’

Eduardo de Filippo se ha convertido por derecho propio en uno de los autores de moda en la escena española. Después de que en los últimos meses hayamos visto ‘El arte de la comedia’ en el Teatro de la Abadía y el Teatro Español de Madrid, el dramaturgo napolitano vuelve a invadir la escena de la capital con ‘Questi fantasmi!’ (‘Con derecho a fantasma’), esta vez en el Teatro María Guerrero.

Producida por el Centro Dramático Nacional, el Grec y La Perla 29, con la colaboración de Teatri Uniti, esta adaptación nos presenta una interesante fusión cultural con un reparto formado por actores catalanes e italianos, que a lo largo de toda la función alternan pasajes en castellano, italiano y napolitano con total naturalidad. Con este juego se quiere acercar al público español al texto original escrito por De Filippo, que utiliza un italiano normativo para ponerlo en boca de los personajes más cultos, mientras que los personajes de clase social más baja utilizan el napolitano. Este aspecto de la obra se aprecia con claridad en el personaje principal, Pasquale Lojacono, representado de manera magistral por el actor napolitano Tony Laudadio, que habla normalmente en castellano, aunque entremezcla expresiones y oraciones en italiano con absoluta normalidad.

Si bien podemos clasificar este ‘Con derecho a fantasma’ dentro del apartado de comedia, sería más acertado hablar de tragicomedia grotesca, con un personaje caricaturesco como es el propio Pasquale Lojacono, capaz de divertirnos y de hacernos reír al mismo tiempo que nos advierte de la decadencia de la Italia de la posguerra con un tono muy enraizado con el neorrealismo italiano. El metateatro también está muy presente en esta comedia ácida, con momentos que recuerdan al teatro itinerante y con los que autor y director –Oriol Broggi- rinden homenaje a la propia profesión: nada más entrar en la sala, los espectadores contemplan cómo se termina de montar el escenario, y hasta las pausas entre actos son anunciadas por los mismos actores mientras, con el telón subido, el patio de butacas disfruta de los cambios en el escenario a la vez que los actores deambulan por la escena alabando al público o al propio teatro. Esto consigue una cercanía psicológica y una gran complicidad entre el patio de butacas y el reparto, de manera que la experiencia es mucho más enriquecedora.

Una producción de este calibre supone un gran nivel en la mayoría de sus apartados, y en este caso se cumplen a pies juntillas estas premisas. El vestuario, la escenografía, la iluminación, la música y la puesta en escena son de una factura sobresaliente. El dominio de la escena por parte de los actores es igualmente notable. En el plano interpretativo quizá se pueda apuntar un mayor desequilibrio, ya que en algunos momentos se rompe el ritmo y el nivel que imponen los principales protagonistas. Por encima del resto podemos destacar el trabajo de Manel Dueso y de Tony Laudadio, mucho más consistentes y redondos a lo largo de las dos horas de función.

Una producción de un gran nivel en todos los aspectos, con un magnífico trabajo de dirección, un texto de una calidad contrastada, una interesante fusión cultural y una interpretación de una altura más que notable. La sensación es de haber disfrutado de dos horas de buen teatro, dignas de un escenario de tanto renombre como el María Guerrero.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *