Crítica de 'Blackbird' - Masteatro
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Crítica de ‘Blackbird’

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Una escalera que baja a un cuarto lleno de papeles, cajas de pizza, latas de refresco,… Todo está sucio y desordenado. Cuatro u ocho sillas dispersadas, un banco, y unas taquillas a un lado. Luego sabemos que allí es donde los trabajadores de una empresa (da igual cual) comen. Por estas escaleras bajan un hombre y una mujer, un viaje al infierno de una relación pasada, torturadora y torturante, que la sociedad juzgó… con aparente razón. Aquel sótano sucio es el escenario donde se desarrolla Blackbird, una obra escrita por el dramaturgo David Harrower, dirigida por Lluís Pasqual con la interpretación de Jordi Bosch y Bea Segura y que se representa en el Lliure de Gràcia hasta el 10 de febrero.

El dramaturgo escocés presentó el texto en el Festival Internacional de Edimburgo y inmediatamente logró convencer a crítica y público con una historia oscura. Harrower se inspiró en un hecho verídico, la condena por pedofilia de un ex marine que mantuvo una relación con una chica de 12 años que se hizo pasar por una de diecisiete. Con estos hechos, y según parece en un proceso lento y de depuración, el autor logró crear a dos personajes, uno el acusador y otra la víctima, que se enfrentan quince años después a los recuerdos de su relación y su posterior juicio. La intención del escocés es sin duda de secar las gargantas del público, incomodar, y desmontar todas las estructuras morales con que uno entra en el teatro. Y lo hace de forma progresiva y agresiva. Las palabras, las frases, la puntuación todo obedece a un ritmo que al principio es histérico, gritón, para luego atemperarse para dar a conocer los detalles, las verdades ocultas, las que los personajes quieren hacernos creer. No respira el espectador y va tragando toda la información para tener que ordenarla a posteriori. Blackbird es sin duda una obra para descifrar, para el debate.

Sin duda uno de los grandes aciertos de este texto es la dosificación de pequeños detalles que forman la historia de los dos personajes, sobretodo en el acusador. Pues es en él se centran todas las miradas. Un hombre de 40 i tantos años que abusó de una niña de doce años es sin duda, sin saber más, un hecho repugnante y condenable. Así los continuos esfuerzos de él para sincerarse y mostrar sus verdaderos sentimientos hacia ella conmueven y asustan. Y del espanto nos protegemos con la duda: ¿este hombre es sincero, nos engaña, se engaña a si mismo? Pero las preguntas también conciernen a la chica. ¿Qué busca con este nuevo encuentro? ¿Realmente ha rehecho su vida? ¿Y él, lo ha logrado también? Pero las cuestiones no solo se centran en los dos personajes si no en un tercer personaje invisible: la sociedad. ¿Se puede juzgar a dos personas, una de ellas menor, por una relación consentida por ambos? ¿Por qué inmediatamente tachamos a uno de acusador y a la otra de víctima sin antes escuchar la historia? No cabe duda de que el dramaturgo fue atrevido para abrir en canal el concepto antropológico de las relaciones humanas además de criticar veladamente el juicio inmediato que ejerce la moral social sobre el individuo.

Si bien el texto es brillante, la puesta en escena es magistral. La suciedad del espacio acomoda a los personajes en un ambiente propicio para sacar toda la mierda. La limpieza se hace más patente cuando primero Jordi Bosch y luego Bea Segura se lían a esparcir más la mierda vaciando el contenedor, lanzando las sillas,… Un buen acierto de dirección con esta escena llena de significado.

La función recae en las espaldas de los dos actores y el peso dramático es tan fuerte que la composición del personaje tiene que estar muy matizada. Y así es. Bosch es un todo terreno que construye el mejor bufón en tres semanas de ensayo (La Bête) y que monta un personaje como este acusador. Su nueva caracterización está compuesta de varias capas: al principio preso de un nerviosismo con tics incluidos evolucionando hacia un llorón histérico, tranquilizándose a momentos, después cogiendo arrebatos de furia o de pasión. Es un retrato de un hombre destrozado, que intenta redimirse ante su principal tentación. Ella, Bea Segura empieza muy fuerte, con un tono tan histérico que hiere a las orejas, pero poco a poco se va relajando aunque sin perder en ningún momento este desequilibrio mental que sufre por sentirse víctima y culpable al mismo tiempo. Un esforzado trabajo actoral para una pieza que golpea. Tal como dice el propio Lluís Pascual un teatro político strictu sensu.

Blackbird de David Harrower
Dirigida por Lluís Pascual
Interpretada por Jordi Bosch y Bea Segura.
Drama sobre relaciones humanas inmorales.
Hasta el 10 de febrero en el Teatre Lliure de Gràcia.

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