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Crítica de Barcelona

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En el Teatro Romea se representa Litoral, una obra donde planean los horrores de la guerra. No es la única obra en cártel que tiene la guerra como motor dramatúrgico. En el Teatre Nacional llueven bombas en la Sala Gran, caen des del cielo de Barcelona. Precisamente nuestra ciudad es la que da nombre al magnífico texto que ha escrito Pere Riera y que dirige con muy buena mano. Fue un encargo del Nacional a Riera para que estrenara un texto inédito en la Sala Gran. Un reto mayúsculo. Ahora con días de distancia uno comprende que este espacio, este escenario tan majestuoso es el ideal para esta obra tan intensa. El autor ha logrado sin duda su obra más ambiciosa, una tragedia, a pesar de todo vital, que sucede en Barcelona durante el día del asedio de las tropas de aviación alemanas e italianas en marzo de 1938. Después de Gernika, fue el bombardeo más crudo y salvaje sobre población civil con más de 2500 víctimas.

Mañana, tarde y noche. Tres actos separados donde se nos presenta una familia compuesta por la matriarca y viuda Núria; el viejo Joan Vila, el abuelo y suegro de Núria; los hijos, Victòria y Tinet; la serviente Nati; Simó, un amigo de la família, pintor republicano; y Ramón, el prometido de Victòria, angustiado por los acontecimientos, de tendencia más conservadora. Y en medio de la tensa calma aparece un torbellino, Elena, la amiga de Núria y padrina de su hijo que regresa de los escenarios de París para celebrar el dieciochoavo aniversario de Tinet. Así que arriba los ánimos que a pesar de la muerte que les rodea hoy tiene que ser un día de fiesta. Y a fe de bien que lo es para Elena, personalización de la joie de vivre. Pero Núria, matriarca con mano de hierro no le gusta que su amiga revolucione el personal y aún menos que la desautorice delante su familia. Además es Elena, la que huyó, dejando muchas cosas pendientes. ¿Porque viene ahora y justamente hoy? Pero sea como sea, y probablemente porque en el fondo Núria se alegra de que esté allí, al final la fiesta se impone.

Pero antes hay que poner en antecedentes, presentar a la familia, explicar anécdotas, y dejar que la alegría suene. Qué la música se imponga por encima del ruido de las explosiones! Los hijos acariciarán el piano, Elena ofrecerá un monólogo forzado de Fedra (exquisita escena a cargo d’Emma Vilarassau), el hijo Tinet, Carlos Cuevas, se travestirá para impactar con un número de cabaretera a lo Josephine Baker y la hija Victòria, Anna Moliner, cantará una copla picante. Además, en un atrevimiento por parte del autor, en medio de un ataque llegado del cielo, la hija primero y el resto después cantan la Santa Espina, de más a menos, para oír como sus convicciones son más fuertes que el silbido de las bombas cayendo.

Del cante al baile, porque para que una fiesta sea completa no sólo hay que lucir las cuerdas vocales si no también dejarse llevar por la música y ofrecer los mejores pasos. Así la alegría, finalmente impuesta por Elena, se impone y todos visten sus mejores galas para poder bailar un fox, un Twist o el estilo que toque. Pero de bailes los hay también trágicos y sin duda el mejor de estos es el tango. Ese baile tan duro, tan sensual, tan dramático, un baile que dice muchas cosas es protagonista de dos momentos a cual más poético. Cuando los hechos más trágicos se desmadran las dos mujeres se encaran, y Elena pone el tocadiscos para, sabiendo que el recuerdo puede doler, bailar ese tango con su amiga que esconde mucho del dolor enterrado. El mismo baile se repite al final de la obra con el telón a medio bajar y con una carga simbólica muy potente, aunque sea un truco tremendamente efectista.

Pere Riera dice que la génesis de la obra estaba en la maldita crisis i en los efectos que está teniendo en el pensamiento humano y en la deriva hacia ciertos extremos, ciertos fanatismos que al final solamente conducen a conflictos aún más graves. Por eso el retrato de la guerra vista des de un punto de vista civil, con unas víctimas que su único delito es estar en casa. Esta pobre gente intenta permanecer tan unida como pueden, pero las divergencias surgen. Y ahí está la creación de los personajes, unos ancorados en una posición ideológica combativa, otros en la contraria, y en medio una serie de personajes que luchan por equilibrar la balanza sin estar en ningún lado, preocupándose de la supervivencia por encima de todo. Porque si ayer Núria era feminista, catalanista y republicana, ahora es simplemente una mujer que lucha por proteger su casa y todo aquel que se encuentre adentro, sea del bando que sea. Protectora de su familia cueste lo que cueste. Es este el personaje misterioso, aquel con que el autor hace jugar al público a la espera de la revelación de ese secreto, algo oscuro que parece guardarse para si misma. Será Ramón (Joan Carreras) quien desatará el drama. Este personaje es el espejo de la realidad que ocurre allá a fuera, quien tiene un hermano convaleciente, quien más negro lo ve, el más trastornado. Y siendo la víctima más sufrida es dibujado como el malo de la función, por querer sabotear la alegría de aquella casa. Pero es que una sonrisa también es una manera de enseñar los dientes a la guerra según dice Elena, la gran vedette.

En el apartado interpretativo los actores están intensos cada uno en su rol, pero bien hay que reconocer la labor de las dos damas, Emma Vilarassau, poderosa, seductora, guerrillera, pero también vulnerable a la frialdad de Míriam Iscla, extraordinaria con su personaje lleno de tristeza, resignación y rabia contenida, pero quien se tambalea con la irrupción de su mejor amiga. La relación de estas dos mujeres está lleno de matices, y llega a su punto sublime en el tango donde las interpretaciones se multiplican. Al lado de las dos protagonistas, destaca la fragilidad vital de Victòria (Anna Moliner) o de la amargura y locura que sufre el personaje de Ramón (difícil papel para Joan Carreras, bien lucido), así como el carisma y la rebeldía ingenua del pintor Simó (Pep Planas). Otro de los personajes más bien construidos es sin duda la casa, este salón amplio, de altos techos, con apenas unas sillas, un sofá y una mesa, un piano de cola y una estantería donde descansa una gramola. Del salón sube una larga y ancha escalera que lleva a las dependencias. A lado y lado dos entradas/salidas, la que viene de la calle y un alto ventanal que conecta con el jardín. Lujosa mansión retratada con los detalles justos, como las manchas que dejaron los cuadros robados por algún grupo armado. Una maravilla de escenografía a la altura de las grandes producciones del TNC que ha tenido en Sergi Belbel su máximo valedor. Como le gusta decir a él, teatro comercial, espectacular, pero de calidad. Y sin duda, Barcelona es un gran espectáculo que entra por la retina y que sacude el alma en distintos momentos de la historia. Y para culminar el impacto emocional una cita de Churchill que apela al coraje de la ciudad de Barcelona y que llena de sentido lo que cuenta Pere Riera.

 

Barcelona de Pere Riera

Dirigida por Pere Riera.

Interpretada por Míriam Iscla, Emma Vilarassau, Carlos Cuevas, Anna Moliner, Jordi Banacolocha, Pep Planas, Pepa López y Joan Carreras.

Escenografía a cargo de Sebastià Brossa.

Drama de guerra

Hasta el 22 de junio en la Sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya.         

 

1 comment

  1. ANTONIA VELASCO JORDÀ

    Macnífica obra de teatre,interpretada magistralment, posa la pell de gallina .
    El teatre ple de gom a gom posa´t en peus, aplaudimens molta estona fins fer mal les mans FORMIDABLE.

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