Crítica de 'Avenue Q' - Masteatro

Crítica de ‘Avenue Q’

En 2003 llegaba al off-Broadway neoyorquino ‘Avenue Q’, un musical cómico e irreverente cuyos protagonistas no eran personajes de carne y hueso, sino marionetas, un claro guiño a series infantiles como Barrio Sésamo o Los Teleñecos. Gracias a la gran acogida por parte de público y crítica, la obra concebida por Jeff Marx y Robert López dio rápidamente el salto a Broadway para conseguir, en 2004, tres premios Tony, incluido el de Mejor Musical. Desde ese momento, ‘Avenue Q’ se ha convertido en todo un fenómeno tanto dentro como fuera de Estados Unidos: en 2006 llegó a Londres, donde mantiene varias temporadas de éxito, y desde ahí la expansión ha seguido a países como México, Argentina o España, donde acaba de desembarcar de la mano de la compañía Yllana.

Son muchas las claves del éxito de ‘Avenue Q’. Vestida de una estética infantil, esta obra profundiza en clave de humor en muchos de los temas que afectan a los adultos, como el sexo, el paro, la homosexualidad, el racismo o el porno. Por este motivo, la edad mínima para acceder a la sala es de 13 años, una limitación que puede quedar enmascarada por la estética pueril del espectáculo. Aunque cualquier adulto puede disfrutar de este musical, los espectadores de alrededor de 30 años experimentarán una sensación especial, ya que esta generación se educó en los años 80 con las enseñanzas de Barrio Sesamo, cuyos personajes quedan retratados en ‘Avenue Q’: Nicky y Rod son el alter ego de Epi y Blas -con el tema de la homosexualidad de fondo-, mientras que Trekkie Monster es una actualización del conocido Mostruo de las Galletas. Pero además, el musical se presenta como la evolución lógica de este proceso de aprendizaje: si los personajes de Barrio Sésamo nos enseñaron a sumar, a leer o a comprender los enigmas del tiempo y el espacio, estos nuevos «profesores» nos enseñan a crecer en un mundo mucho más prosaico de lo que veíamos en la serie infantil. Aquí, el plácido vecindario se transforma en un decadente barrio de la periferia, donde un cómico sin suerte, un estudiante frustrado, una profesora desubicada o una terapeuta sin clientes intentan salir adelante en lo que Paul Auster definiría como la gran desolación americana.

El escenario es dominado por un edificio de apartamentos, donde habitan todos los personajes de la trama -su frontal se va abriendo al igual que una casa de muñecas para ubicarnos en la historia de cada uno de ellos-. Muñecos y humanos conviven en esta avenida perfectamente integrados gracias a un magnífico trabajo de interpretación, sobre todo de los actores que ponen voz y movimiento a las marionetas. El ritmo es frenético durante las casi dos horas y media de interpretación (a excepción de algunos momentos de la primera mitad), algo que se agradece desde el patio de butacas, sobre todo cuando se trata de obras de larga duración. Volviendo a la faceta interpretativa, es de justicia otorgar un sobresaliente al elenco de actores, especialmente a los tres cabezas de cartel: Ángel Padilla, Leo Rivera e Isabel Malavia, ésta última muy cerca de la Matrícula de Honor gracias a una voz portentosa. No encontramos grandes alardes en lo que se refiere a vestuario o iluminación, ya que en ningún momento requieren de mayor protagonismo.

Bien trabajada, con una puesta en escena muy vital y un buen nivel en la interpretación, ‘Avenue Q’ asegura risas durante toda la obra y amenaza con quedarse durante mucho tiempo a nuestro lado. No tenemos que entender esta propuesta musical como una gran producción cargada de coreografías y decenas de bailarines, sino como una especie de show televisivo que ha terminado triunfando sobre las tablas más exigentes del mundo gracias a sus dotes de humor y su cercanía con los espectadores.

Una obra para disfrutar desde que se levanta el telón y que anima a repetir.

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