Crítica de 'Augusto' - Masteatro
AUGUSTO de Juan Dolores Caballero

Crítica de ‘Augusto’

AUGUSTO de Juan Dolores Caballero 

Teatro del Velador presenta AUGUSTO de Juan Dolores Caballero
Centro Cultural de la Villa. San José de la Rinconada. Sevilla
28 octubre 2011
por Carlos Herrera Carmona

AUGUSTO Y ESE VIEJO ENEMIGO

Recuerdo ahora a Baudelaire cuando nos advierte en sus flores del mal, que lo irreparable roe con su diente maldito; cuando nos advierte de ese viejo enemigo, paciente como la hormiga. El poeta sentencia lo que ha de pasar y lo que va a pasar sin que nosotros podamos hacer nada por evitarlo. Así que Augusto, creada por Juan Dolores Caballero y completada con éxito por su reparto -Manuel Solano/Eduardo Tovar-, me ha llevado a recordar al bardo francés, y de su mano, a lo irremediable, a lo definitivo: a la vejez a fin de cuentas. La vejez encarnada en un clown o un frágil clown que encarna a la vejez.

Farfulleos y murmullos, tropel de consonantes plosivas y velares que a duras penas dejan paso a vocal alguna; alaridos de patetismo circense que provocan la conmiseración propia que siempre han despertado los pasayos; refunfuñeos seniles o infantiles, pues ya se sabe que en nuestros días de senectud pueden solaparse… Una vía de comunicación entre el anciano y su cuidador sin léxico ni sintaxis, pero que no necesita de gramática para que comprendamos lo que bulle en la mente y en el corazón de ambos personajes, parientes lejanos de Vladimir y Estragón sin un Godot que los atienda.

Y continúa el poeta maudit:
Nuestra alma, lastimoso monumento,
Y con frecuencia ataca, como la termita,
Por la base el edificio…

En Augusto, aun coloreado el tema en cuestión con instantes de suprema comicidad, de risas espontáneas entre el público asistente -la de algunos niños, prueba irrefutable del acierto de lo que está sucediendo en escena-, el clown va dejando visible cómo la Edad de la mano del Tiempo o viceversa va royendo su pensar, repitiendo escenas o buscando misericordia en el regazo de su cuidador no sin un hálito de ternura. La pieza encierra lo áspero que puede llegar a ser la pérdida absoluta del control sobre nosotros mismos, de cómo la base de nuestro edificio, carcomida, flaquea, y con ello todo se va desmoronando. Tal y cómo vemos en escena, llegados al final, se nos podrá reñir, maltratar, engañar, y, sin embargo también podremos suscitar la compasión que desprende Augusto, la sonrisa recogida y fugaz que los viejos, sin querer, también desprenden. Algunas de sus travesuras -el momento violín: magistral– alivia lo tremendo de la obra.

La puesta en escena cuenta con recursos sorpresivos donde interviene la fantástica -en todos los sentidos- escenografía; intervenciones musicales acertadas en dosis que incluye un aria interpretada por el cuidador de Augusto –adagio tremolo– y un trabajo actoral encomiable a nivel corporal e interpretativo.

Al final, la brutalidad -máxima en las pautas de la batuta de Juan Dolores Caballero, se nos presenta en su quinta potencia más absurda conectando con el universo de Beckett: un bulto, un desecho remata nuestra faena vital:

La esperanza que brillaba en la ventanas del Albergue,
Se apagó. ¡Ha muerto para siempre!
Baudelaire proclama y en Augusto se ejemplifica. Lo irreparable serpentea por la pieza hasta que se esfuma, entre sonrisas y tristeza, esta vez, de un escenario.

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