Crítica de '180º de cel' - Masteatro
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Crítica de ‘180º de cel’

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Durante seis años su vista no fue más allá de 50 metros y si miraba arriba su porción de cielo era pequeña, siempre la misma, una media circunferencia, 180 grados de cielo. Pero ahora no hay límites, tiene todo el cielo para ella. Ángela ha salido de la cárcel después de seis años, pero su humor no es bueno. Tanta luz la marea, la desconcierta, pero allá está su hermana quien la recibe con cariño pero también con reservas. Pues claro que las tiene, debe pensar Ángela. La desconfianza y el miedo se instalan. Ángela vuelve a la libertad.

Esta mujer es la protagonista del nuevo montaje de La Virguería, una compañía que funciona des del 2007 y que defiende la expresión artística de las emociones a través de unas historias dramáticas y/o trágicas que buscan siempre el compromiso social, con apuntes críticos, y buscando siempre el riesgo y la originalidad en como se explican las cosas y en como se muestran las emociones a través de la palabra, el movimiento y el juego escenográfico. Y todo eso se ve en el nuevo montaje de la compañía, 180º de cel, la dura historia de Ángela, una mujer que se enfrenta a la reinserción después de seis años de prisión. Estará hasta el 1 de julio en el Teatre Tantarantana.

Los dramaturgos son Aleix Fauró (quien también se encarga de la dirección) y Isis Martín (la actriz protagonista) una pareja que forman el núcleo de la compañía (reforzada por la actriz y productora Marina Fita y por el diseñador y escenógrafo Òscar Llobet) ya han empezado a llamar la atención de programadores, actores y directores de teatro como en el caso de Pep Pla, director artístico del CAET (Centre d’Arts Escèniques de Terrassa) quien les ha dado las llaves del centro para que desarrollen allí sus proyectos, como éste y el anterior, L’hivern al cos.

Esta obra trata de juicios y prejuicios. Ángela se ve empujada al exterior con la obligación de adaptarse rápido y de, para la reinserción completa, encontrar trabajo. Pero la libertad ansiada no será tal debido a lo que lleva encima de estos seis años encerrada. Esas alas tan nombradas a lo largo de la obra son de plomo. Ángela no vuela, vive embarrada en quien ha sido, en lo que dirán o aún peor en lo que ésta piensa que podrán decir. No hay mejor enemigo que uno mismo. Pero, ¿cómo muestran los autores la culpa, el miedo, el juicio constante? Des del trabajo de la actriz, con gesto adusto, movimientos cerrados, con su voz grave, huyendo del contacto afectivo. El reto es grande para Isis Martín, pero su trabajo es impecable, cargado de matices, donde sus movimientos y sus coreografías pesan más que las palabras.

Pero el juicio se hace patente sobretodo en el texto a través de distintos niveles narrativos. Así vemos, oímos lo que los personajes se dicen mutuamente (y lo que no se dicen) pero sobretodo descubrimos lo que piensan los personajes cuando sueltan una serie de frases picadas que narran lo que piensan y lo que hacen en su día a día para marcar diferencias entre lo que hace y piensa Ángela con lo que hacen y piensan el resto de los personajes, la sociedad. Precisamente en el caso de la ex reclusa y ex drogadicta la voz del pensamiento se multiplica encarnándose en dos personajes, vestidos con toga y con las leyes en la boca. Son el fiscal acusador y la jueza. Estos dos personajes sirven para conocer los antecedentes de ella, pero al mismo tiempo funcionan como su conciencia, la voz del pensamiento, la del juicio. Uno es quien le recuerda en todo momento quien ha sido, quien le apunta al fracaso, quien le prepara la jeringa; la otra es más imparcial, quien se preocupa más por ella, pero también quien la alerta de los peligros constantes, de las estadísticas en su contra, y es también, la parte de su cabeza que impide la inyección letal. Sin duda con estos dos personajes el peso del juicio se muestra evidente y asfixiante. Bravo a los autores.

Y siguiendo con la representación del juicio, la escenografía (otro aspecto con que La Virguería les gusta jugar) busca también el simbolismo del juicio con la distribución de tres columpios de madera, uno central, los otros dos oblicuos y una mesa y un banco de picnic central. Tal como si fuera la sala de un juicio. Los tres columpios, donde los togados descansan gran parte de la obra, son tres horcas. El simbolismo es patente no solo en el texto, también lo es en el dibujo del escenario. Y en los movimientos (esos momentos sublimes en que todos los personajes se mueven como a cámara rápida mientras Ángela repliega lentamente sus movimientos como un baile macabro), y  en la música  (ese desgarro emocional en la voz de Lluís Boria, cantante de Estupidah Erika, quien ya es un fijo en los montajes de la compañía). Con estos elementos, el texto y la imaginación se construyen todos los paisajes, físicos y mentales, por los que se pasean los personajes.

Del texto sólo quitaría este episodio demasiado críptico que es el del vagabundo, quien, confesado a posteriori, representaría al fantasma del futuro hipotético de Ángela. Ahí sufrimos un bajón de ritmo que la obra no se puede permitir dado su profundidad dramática.

A pesar de este momento, 180º de cel es sin duda un montaje que vale la pena resaltar porque pocas compañías logran tratar un tema como el de la reinserción de un preso con tanta poesía, con tanta emoción. Para salir tocado.

180º de cel de Aleix Fauró i Isis Martín
Dirigida por Aleix Fauró
Interpretada por Isis Martín, Marina Fita, Carles Gulabert, Joan Picó i Georgina Llauradó.
Escenografía por Ian Gehlaar.
Hasta el 1 de julio en el Teatre Tantarantana.
Drama de crítica social.

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