Luis Fran

Crítica de “Un cuerpo en algún lugar” de Gon Ramos.

UN CUERPO EN ALGÚN LUGAR

Texto y dirección: Gon Ramos.

Reparto: Fran Cantos y Luis Sorolla.

El Pavón Teatro Kamikaze.

Madrid, 10 de marzo de 2018

EL HUECO Y EL DOLOR

por Carlos Herrera Carmona

    Los autores del siglo pasado buscaban en la Culpa para entender y entenderse y lograban, exitosamente, expiar, sanar. En este siglo -y con este texto se demuestra una vez más- la búsqueda se vuelve sobre todo huida, las respuestas caen en saco roto y la filosofía amable, generosa de Cavafis en sus versos sobre Ítaca resultan insuficientes. El ser humano vuelve a retomar el camino abrazado al dolor más que a la Fe con la imagen del Santo Grial desdibujada, con un millón de voces desbocadas en el bosque de su cerebro donde el contacto con el Otro no alivia sino que perturba, ya que éste funciona más como escollo que como flotador. A la vista está que ya no establecemos contactos, sino impactos dolorosos. Somos los hollow men de nuestro querido T.S. Elliot y buscamos relleno para la oquedad cotidiana. Y qué mejor materia que el amor.

     En esta puesta en escena, los parlamentos están salpicados de ribetes poéticos, coloraturas karmáticas y consejos terapéuticos para que el Dolor pese menos; los diálogos funcionan como relevos en esta maratoniana carrera de obstáculos y punzante anhelo a fin de encontrar el alma-cuerpo amado-a. Los cuadros se encadenan como eslabones que le sirven a Gon Ramos para presentar el marasmo de la liquidez amorosa de nuestros días al mismo tiempo que logra mostrar un haz de luz al final del trayecto. Es un cuento con un Érase una vez aunque ad aeternum.

   Fran Cantos y Luis Sorolla sostienen la arquitectura del texto con maestría y control donde la Verdad rezuma. Comienzan su puesta escena en ese territorio delicado y sutil entre actor y personaje, y, sin darnos apenas cuenta, parece que nos hubiéramos adentrado en el sueño de un Morfeo desdichado. Simpático el juego de esos apartes al más puro teatro clásico que conectan con la audiencia y nos informan, desde un distanciamiento casi de noticiero, por donde va el hilo de Ariadna en este laberinto de dos sillas y crisol de escenas y personajes. Y digo dos sillas dado que el imaginario que crean los intérpretes con sus palabras es más que suficiente para irnos emplazando en la peregrinación romántica de la obra.

   Dolor hermanado a la impotencia de un dónde estás que no te encuentro y me desvivo por encontrarte; dolor por los muros infranqueables en el viaje, y más dolor porque las palabras de la persona amada necesitan a una  suerte de apuntador para que se nos vuelvan a clavar en la memoria cuando es esa memoria precisamente la que nos genera más dolor (destacar la escena en que se lee la carta: chapeau a los intérpretes); dolor ante la incomprensión (la escena del camarero y el peregrino en mitad de un bar ignorado e ignorante); dolor por el retrato de esta nueva Edad Media en la que estamos inmersos donde nos habremos de vestir con armaduras para retomar los mapas en búsqueda de lo que estamos perdiendo y a quienes estamos perdiendo: cuerpos en algún lugar y nosotros sin la brújula apropiada para encontrarlos…

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