Crítica de "Cinco horas con Mario" de Miguel Delibes - Masteatro
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Crítica de «Cinco horas con Mario» de Miguel Delibes

CARMEN SOTILLO O LA TUNDRA INFINITA por Carlos Herrera Carmona

Reparto: Lola Herrera

Adaptación: Miguel Delibes, Josefina Molina y José Sámano

Dirección: Josefina Molina

Fotografía: Daniel Dicenta Herrera

Una producción de José Sámano.

Teatro de Bellas Artes. Madrid. 8 de agosto de 2019.

     Hay una tundra insalvable en el recorrido, ya sea largo o corto, que a veces, por causas desconocidas, aparece en una relación: el momento preciso en el que una de las dos partes comienza a mendigar. Caminar sobre este terreno árido e infinito no es caminar, porque si obedecemos al poeta, el camino así no se hace: es deambular, dar tumbos al borde del síncope, a la espera de que una mano pueda socorrerte cuando se sabe, aunque se niegue, que nunca va a acudir, precisamente porque está sucediendo el acto marchito de mendigar, y ése es el ocaso de la relación y el comienzo de una cruzada de antemano perdida.

   Carmen Sotillo cree haber expiado a través de la palabra -cómo si no- todo un arsenal llamado Culpa, Responsabilidad, Recriminación y un largo etcétera que, sólo al escribirlo, escuece. Carmen sabe que ha estado conformándose con las migajas que Mario -su mundo conocido aparentemente- le ha ido suministrando para paliar -iluso él- su voraz apetito por la Vida. Ahora, con la Muerte instalada en la habitación, llega su particular juicio final, antes que Dios lo reciba en su seno con el suyo y se le escape. A Carmen le queda poco, nada, unos metros, para llegar a la línea de meta y comenzar no se sabe qué. Mario se ha librado de la Vida y de ella, que lo mismo representa, y que tanto, al parecer, le estorbaba.

     Leí la obra de Delibes cuando era casi un niño. Por imitar a mi madre sobre todo, que era quien se la estaba leyendo, ávida, como si tuviera entre sus dedos un manjar. Nunca le he preguntado por qué disfrutó tanto. Yo mismo volví a leer las justificaciones de Carmen hace un par de años. Y lo comprendí todo. La lupa de la verdad ya estaba -y está- en mis manos. Demasiada prematura fue entonces mi incursión en la atmósfera provinciana que Delibes magistralmente retrataba. Con mi relectura, la antipatía de Carmen ganó la partida. Aunque con algo de perspectiva y honestidad, todo sea dicho, comprendí por qué me irritaba tanto su entrega, su apego, su despecho, su monserga, su encadenamiento al alma en pena de Mario, en una palabra: su mendigar.

    Lola Herrera es patrimonio nacional. Es consagrado monumento escénico. Nací y ya era precisamente eso: pilar indiscutible de la historia del teatro español. Hoy he ido a verla, a constatar lo que siempre he visto y leído sobre ella, lo que tanto se ha escrito y comentado: siempre infalible, inalterable, increíble. Y no la he visto del todo. Mea culpa: yo mismo me he empeñado en verla a toda costa, pero me ha sido harto difícil. La dama no me lo ha puesto fácil. Se negaba a dejarse ver,  a ser disfrutada. La dama, como hipnotizada por Pirandello, había dejado su «yo» no sé dónde y quien pasó a escena fue Carmen Sotillo. ¿Dónde estaba Lola? Dudo que Lola mire, ande, se doble el chal, suspire, le dé un calambre, ría o llore como el ser que yo he visto hoy. Carmen ha sido la usurpadora, la que había poseído el terreno escénico, la que había extendido su tundra, y creo que, ni en los segundos en los que Lola (o Carmen…) iba recibiendo los aplausos, Lola dudo estuviera allí. Carmen, sin duda. Llámese magia, poderío o raza. Rara vez estas transmutaciones intérpretes/personae ocurren. Y por eso hay que celebrarlo. Claro que el oscuro en la sala nos anuncia el alfa y el omega de un mundo que existe sólo cuando estamos los espectadores ante él; por supuesto que de todos es sabido que la luz advierte que el cuento es artificial; que la caja negra es finita, que ni seis ni seis mil personajes van a encontrar jamás a su autor y que su orfandad es perpetua. Sin embargo, Lola Herrera, meticulosamente, perdón, Carmen, meticulosamente habla (no nos habla) para convencer a un muerto (el público frente a ella es otro cadáver más, pues la cuarta pared está más que blindada) de que algo de razón tiene; se hace la valiente justo cuando la fiesta se ha terminado; confiesa con fórceps besos infieles al tiempo que mendiga besos de humo. Carmen hace suyo aquello de «entre broma y broma, la verdad asoma» y nos brinda su óptica miope, aunque para ella es la válida. La sensación de sentirte voyeur en una representación teatral pienso que es el acto más sublime: como intruso sientes que los personajes han hecho suyo el espacio escénico con su Verdad. Carmen me había/se había engañado; un engaño a los ojos -los mejores, los que causan el verdadero impacto- yo estaba preparado para el descenso de su justificación, un cierre, un broche calmo, saciante, y telón. Pero no. La sorpresa, más bien, el emocionante shock me sobrevino cuando, de repente, la nave de Carmen cargada de confesiones, reproches y mofas ha ascendido a velocidad supersónica y se ha salido de la estratosfera cargada de desgarros, los mismos que han desgarrado las capas que la separaban de su mundo, y no el techo del Bellas Artes, porque hoy no se ha visto un escenario, sino la habitación de la señora Sotillo.

    Lola Herrera o Carmen, o las dos, o las dos en una, me ha/han dado hoy las claves exactas para saber por qué mi madre disfrutaba tanto con la obra de Delibes. A cualquiera también le puede servir también para saber que, con una brújula llamada amor propio, la tundra no es más que un parque infantil. Descansen en paz Carmen y Mario. Larga vida a Lola.

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