Crítica de "El chico de la última fila" de Juan Mayorga - Masteatro
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Crítica de «El chico de la última fila» de Juan Mayorga

 

EL CHICO DE LA ÚLTIMA FILA de Juan Mayorga

Reparto: Guillem Barbosa, Pilar Castro, Arnau Comas, Natalie Pinot, Alberto San Juan y Guillermo Toledo

Dirección: Andrés Lima

Escenografía: Beatriz San Juan

Iluminación: Marc Salicrú

Vestuario: Míriam Compte

Espacio sonoro: Jaume Manresa

CDN. Teatro María Guerrero. 27/X/20. Madrid.

Foto: Dossier de prensa CDN.

 

BOTH SIDES NOW de Carlos Herrera Carmona

Los dioses Mayorga y Lima han conseguido que sus fieles sigamos admirados por su labor en las alturas. La comunión acertada entre texto y dirección se hizo carne sobre las tablas del María Guerrero. Se combinan así en un único cuerpo escénico poética y mensaje, amén de varios lazos estelares que atrapan la contemporaneidad requerida, tales como las coreografías urbano-juvenil que se van ampliando según el desquicie del chico de la última fila. Los destellos de luz desde el fondo de la escena iluminan la penumbra de los dramatis personae en su urna de cristal. Queda la caja negra al descubierto. Vemos sus tripas, al igual que vemos también los recovecos, nada amables, de la familia visitada, aquel núcleo que la alimaña protagonista husmea y hace de aquel hogar, que vive como puede, su madriguera. Hay que resaltar, desde mi punto de vista deformado por la admiración que profeso por autor y director, la atmósfera quasi fantasmagórica, celestial, sutil, casi evanescente con la que los personajes se deslizan por las lindes del espacio y del tiempo suyo y nuestro; por las lindes de sus emociones, suyas y nuestras; por las lindes de lo íntimo, suyo y nuestro. Se me antojan almas y no cuerpos cuya misión es tratar de impedir que el embalse se desborde, que la hecatombe al reventar el ámbito su privacidad no deje muchos cadáveres, y que la fuerza maligna del chico de la última fila por haberla provocado sea castigada en el aula de convivencia de su centro. El conflicto sencillo y a la vez intrincado está servido.

La palabra de Mayorga me deja siempre un regusto de profundis. Es verbum matemático al que se le suma la delicadeza con la que Lima ondea las cortinas a modo de velas en un navío, que se sabe de antemano naufragio, en busca de un Moby Dick escurridizo con un capitán Ahab haciendo gala de su ansia de control sobre la naturaleza. Y Ahab fracasa.

El reparto, de protagonismo coral, opera obediente según los parámetros de dirección y autoría. Cada cual va descomponiendo la semiótica que viste y reviste a sus personajes y por ello revelan rasgos que la construcción matemática de Mayorga permite mostrar con cautela y, por qué no, con un baño aséptico. Hay una corriente de podredumbre -la nuestra como humanos, por ejemplo- que circula por el espacio escénico: la ira de los jóvenes, su altanería, su procacidad, aquella sexualidad tan contenida que es abrumadoramente morbosa, excitante, subida de temperatura (claro que Guillem Barbosa orquesta este destape pandoresco y su curiosidad mató a un millón de gatos, aunque he de destacar el momento violento de Arnau Comas, quien, como personaje colocado al fondo y en su rol de salvaconducto para entrar adonde al otro no le han llamado, se desvela como un titánico defensor de su jaula.

Los adultos se entremezclan con los jóvenes e intercambian con éstos ex abruptos fuera de onda como las familias de Romeo y Julieta. Los ecos al El graduado son inevitables. Aunque el momento «beso», al estar inmerso en esta urna prescintada, resulta ser soñado y no carnal. Al menos esa fue mi sensación.

Si tuviera que pensar en una canción para retratar como  autor de esta reseña todo lo que me produjo ver y sentir esta puesta en escena sería Both Sides Now de Joni Mitchell, en la versión orquestal que ella mismo hizo. Creo que resume el espíritu que quisiera yo transmitir: el efecto de los focos tanto de amaneceres como de revelaciones, el humo sobre las tablas; la sensación de tormenta que se perfila en ese “continuará” con el que el chico de la última fila rubrica sus escritos/misivas/advertencias/edictos destinados a su profesor/receptor. Yo, como profesor que también soy, conozco las entrañas de cualquier adolescente airado que me reta y provoca, que se enfrenta al océano del sistema desde su soberbia comprensible, mas no comprendida y, como tal, reclama, pide, exige que su hybris sea castigada, que se le expulse al aula de convivencia, que reflexione, y sobre todo, que aprenda que la curiosidad mató al gato.

 

 

 

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