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Crítica de “Bonneville”. Surge Madrid 2018.

BONNEVILLE. Surge Madrid_2018

Autoría, dirección e interpretación: Miguel Ángel Altet.

Asistente a la dirección artística y dramaturgia: María Velasco.

Diseño iluminación: Antón Ferreiro.

Teatro Pradillo. 19 de Mayo de 2018, Madrid.

DE NUEVO EN LA TIERRA BALDÍA por Carlos Herrera Carmona

Dice Aristóteles que para vivir en soledad hay que ser animal o dios. Falta aclarar que hay que ser lo uno y lo otro: filósofo.

Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos.

    Un parlamento que, como las gotas que desprende el suero en nuestra sangre, plantea un suerte de rebeldía ante el ocaso de esta vida nuestra. A través de palabras emitidas en un tono aparentemente sosegado, sin un ápice de rabia casi o de desmedida, el autor y director de la pieza, Miguel Ángel Altet, nos invita a una reflexión áspera, marchita, parca en explicaciones inútiles, con instantes de locura y con pasaje de ida y vuelta siempre a la intimidad no buscada -o sí- al espesor de la estancia, donde el aire ante esa “nada” -que es el crepúsculo vital para el personaje- es irrespirable.

    Al abandonar la sala, recibimos un poema, un manifiesto, versos que concretizan lo que en el escenario se ha desplegado; quizás un desarrollo a posteriori como de agradecimiento, como si con ello, el intérprete quisiera llegar más allá de las tablas y para que su vino derramado -ironía: pues no significa gozo sino todo lo contrario- sirviera para algo. Y cito:

“Quiero llegar a viejo,

          como un árbol… a saber”.

    Este asunto de estar siempre a la defensiva cuando -como hace este ser en su salón minimalista y luz débil como su aliento- de nada va a servir, ya que la “náusea” vuelve a ser irreparable, como Baudelaire escribió, y que sigue y roe con su diente maldito. Nos comportamos, atestigua el personaje, como púberes mostrando nuestros genitales como si con ello pudiéramos retroceder (“nacer a la inversa… invertido“). El sexo es algo alicaído, pobre, fláccido, sin vigor, envidiando el brío de los jóvenes y admitiendo el patetismo que supone incluso el darte placer a ti mismo:

Llevas tanto tiempo replegado en ti,

que cuando alguien vuelve a tocarte

          y a lamerte con deseo (no hablo de pagar)

                                 desconfías, pero vuelve a follar como un adolescente…

    Constatar que el mobiliario de tu hogar es tu único animal de compañía al que puedes “maltratar”, con el que puedes fingir (¿sentir?) un orgasmo es justamente la partitura sobre la que deambula estos pensamientos “terminales”, digamos que algo suavizados por las piezas musicales que oímos y que los van domando. Es un asomarse al precipicio, a la duda de si me van a premiar al llegar a la meta o más bien si al romper la cinta que me hace vencedor, me llevaré un estupendo tiro de gracia en mi sien (“¿Es esto lo que me tenía reservado el fracaso?“)

    Lo más inquietante que me produce el soliloquio es que no hay búsqueda alguna del “otro”, es como si fuera de la habitación, no sólo ya no hay nada, sino que el genocidio por fin ha llegado, o tal vez se desea que no haya nada (“Vuelve al mar en compañía y la playa parece abarrotada“).

    Esta creación escénica, con la dramaturgia de María Velasco y la interpretación de Altet, vislumbra y plantea cuestiones sobre el nivel de desgana y pereza existencial hacia donde el ser humano, quien navega en una liquidez en todos los niveles, tanto de amor como de compromiso, laboral o emocional (Bauman sabe mucho de ello), peregrina sin brújula.

    Consejo a quien lea mi reflexión y vaya a ver esta pieza: escuche antes “Ne me quitte pas”: considero esta canción prólogo ideal para conectar hermosamente antes, durante y después con la propuesta escénica de Altet.

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