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Crítica de “Entre bobos anda el juego” de Rojas Zorrilla (Ensayo general)

ENTRE BOBOS ANDA EL JUEGO de Rojas Zorrilla

Dirección: Eduardo Vasco.

Adaptación: Yolanda Pallín.

Vestuario: Lorenzo Caprile.

Elenco: Daniel Albaladejo (Don Pedro) Arturo Querejeta (Cabellera) José Ramón Iglesias (Don Lucas) Isabel Rodes (Doña Isabel) Fernando Sendino (Don Luis) Rafael Ortiz (Carranza) Elena Rayos (Andrea) José Vicente Ramos (Don Antonio) Antonio de Cos (Doña Alfonsa).

Compañía Nacional de Teatro Clásico. Teatro de la Comedia. 12/02/19. Madrid

YO SOY VULGO de Carlos Herrera Carmona

   Yo vengo de la cantera universitaria de los 90. Eran los últimos coletazos de cuando en aquellas aulas la inquietud se disfrazaba de revolución y se cocían buenos caldos con sabores que aún persisten. Era la época de los certámenes universitarios, de cuando se otorgaban subvenciones para que desarrolláramos la creatividad, la protesta bien conducida, sin tanto calvario administrativo, sin padrinos con derecho a roce, ni telefonazos descarados. Se respetaba ese teatro nacido de la universidad, se garantizaba formación a sus componentes con mucho mucho Almagro e incluso giras. Yo empecé así como actor y director y tuve la suerte de entrar por la puerta grande, ya que interpreté a un figurón delicioso, cándido, rústico y vapuleado por dos primas, una que era la harpía -le faltaba poco para ser figurona- y la otra que era la moderna, la abanderada feminista, en un Madrid repleto de lindos y mosqueteros, de curas pérfidos e ingeniosos hidalgos: era yo pues Don Toribio en El agua mansa del dios Calderón. Dirigido por mi maestro entendí lo que era eso que se lleva hoy tanto entre tanto snob dramático -tanto figurón también- de amar al personaje, de conectar con él… Iba yo con atuendo de un Pinocho ibérico y andares de Jerry Lewis, dando vida muy agradecido a este singular personaje quien, al final, no resultaba ser ni tan ridículo ni tan cateto, sino que con el espejo de su inocencia, obligaba sin querer a los mamarrachos de aquellos madriles a contemplarse en el vidrio, sin embargo sus egos les impedía verse como auténticos impresentables o casquivanas o amas interesadas o pícaros infinitos. Nada nuevo bajo el sol.

    Yo soy vulgo 100%, aunque me disfrace de crítico teatral, y ayer, este mandamiento lopesco de congraciarse con el respetable para que la obra brille y llevarse al público de calle, triunfó. Por lo tanto, me reí de lo lindo con el lindo protagonista y el elenco que le arropaba. Era el ensayo general y todo era perdonable, pero no hallé ni agravios ni yerros que perdonar. El público ya entraba con ganas de marcha, de pasárselo bien. Un ambiente de sala de concierto casi, de estar alerta y, al primer retruécano, al primer mohín, o chiste, o ingenio o ese alarde tan de agradecer que es hablar en verso con maestría y salero, el público correspondía con entusiasmo. Tal era el caso de Querejeta quien, con el aria descriptiva de su señor/figurón nada más comenzar, ya calentó el patio. Durante la función, hubo aplausos inesperados, murmullos positivos, también se olía la atmósfera de corral con aquellos telones pintados que hacían de la función un simpático guiñol, por aquello de tanta trola, de tanta mentira que tanto nos gusta en el teatro aúreo. Muchos sombreros gigantes, volantes exagerados, plumas multicolores y un afrancesamiento que se condensaba tanto en el ridículo, malicioso, envidioso, vengativo, patético, solitario y BRILLANTE, Don Lucas, quien, junto con su hermana Doña Alfonsa, quasi travesti/trovador por accidente, me fascinaron. De Cos, con sus desmayos versallescos, incitaba a la carcajada. Sólo con la actuación de José Ramón Iglesias, dan ganas de volver a ver la obra con tal de verlo de nuevo. Me chocaba un tanto, eso sí, salvo la de la obertura, el resto de las piezas musicales: por muy adaptadas y jocosas que sonaran, me parecían innecesarias -el tango y el rock sobre todo- ya que de por sí el montaje ya era una delicia por los cuatro costados. Respiraba por sí solo. La música ha de ir de la mano de la palabra, pero a veces el cheek to cheek debería ser más acompasado. Las secuencias cinematográficas allegre ma non troppo para que la arquitectura de siempre, el enredo de siempre y la galería eterna de siempre, puesto que de todos es sabido que esta fórmula se repetía de manera despiadada y lo que se valoraba era la chispa, el cómo se resolvía y la sal y el salero para que el vulgo quedara saciado, como yo.

   El figurón de Rojas Zorrilla encaja mejor hoy en día que el que yo interpreté en su día. Es el de Rojas la malicia y la avaricia, frente a la ternura y la generosidad de Don Toribio. El de Rojas quiere que lo amen por su dinero, el de Calderón, por lo que ya no tiene y sólo presume. Uno se retrata y el otro retrata. Aún así, que cada cual se quede con el que mejor conecte. Yo, con el segundo, sin duda alguna. Pues bobos (snobs dramáticos) sigue habiendo y entre ellos, su juego eterno.

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