cartaabierta

Carta abierta a favor de la investigación previa

Carta abierta a la mujer que estaba viendo “En la solitud dels camps de cotó”.

(Y a todo aquél que se sienta identificado).

 

Señora,

No tengo especiales dotes en el arte de la adivinación. Tampoco tengo ningún conocimiento sobre quién es usted, a qué se dedica y cuáles son sus gustos. Y sin embargo, y sin haber visto ni leído anteriormente la función, puedo asegurar que he entendido desde el primer momento que aquél no era su sitio. Concretamente, lo he sabido desde el preciso instante, unos minutos antes de que se apagaran las luces, en que ha abierto el programa y ha preguntado “¿Y entonces, qué venimos a ver?”.

Le prometo que he estado a punto de avisarle, de advertirle que era mejor que se fuera ahora que aún estaba a tiempo de invertir su tiempo en algo que le resultara más placentero. Pero ya había comprado su entrada, y una intervención así de una desconocida probablemente no hubiera tenido muy buen resultado para ninguna de las dos.

Y así es como hemos acabado dejándonos llevar por la poesía de Koltès, entre mis intentos de comprender y disfrutar la obra, y sus comentarios despectivos hacia la misma. La diferencia entre ambos procesos es que el mío era interno, silencioso, personal; mientras el suyo era ruidoso e impuestamente compartido.

Por si aún no lo ha entendido, Bernard-Marie Koltès era el autor del texto que hemos visto representado. Un francés que tuvo una vida tormentosa envuelta en drogas y depresión, cuya obra fue criticada y repudiada mucho tiempo, y que murió de sida a los 41 años entre la más absoluta de las miserias. Su obra está hecha de intrincados y metafóricos textos poéticos, llenos de inquietudes hacia la muerte y el lado más oscuro del ser humano. Ante estas circunstancias, entenderá usted mi mirada de odio cuando, terminado el espectáculo y sin haber podido oír bien el final por haber estado usted hablando, ha dicho que le había parecido “un rollo patatero” y que usted lo que quería era ver una comedia.

Lo admito: Yo soy una adicta al teatro. Y de aquí que me pase la vida entre butacas. Pero eso no me impide ser consciente de que el “clan teatrero” es una minoría. Por supuesto no le pido que usted forme parte del mismo ni que se aprenda la vida de todos los autores. Lo único que le digo, en nombre de todos los espectadores que queremos disfrutar tranquilamente de una obra, es que se informe mínimamente de qué es lo que va a ver antes de comprar una entrada. Y si no lo hace, por lo menos acepte que el error ha sido suyo y no del espectáculo.

Si algo bueno tiene vivir en Barcelona es que la cartelera teatral de esta gran ciudad tiene una enorme variedad de propuestas para todo tipo de públicos y momentos. Si lo quería usted es ver una comedia, podría haber ido a cualquiera de los múltiples teatros que ofrecen espectáculos de este género. Y si no conoce la oferta, puede acudir a cualquiera de las publicaciones, online u offline, que periódicamente ofrecen sinopsis y valoraciones de la gran mayoría de la cartelera. Si finalmente, por presión social o por cualquier otro motivo, se resigna a ir a ver un tipo de obra cuyo género o estilo no le satisface, al menos no se queje. O hágalo después, en otra parte, cuando los demás ya hayamos podido disfrutar como nos merecemos. Porque aunque a usted le parezca extraño, hay espectadores a los que nos gusta ver propuestas diferentes que no siempre ofrecen un argumento claro y conciso.

Por supuesto, usted no es ni la primera ni la última persona que acude al teatro sin tener ni idea de qué va a ver. Ya le he dicho que voy mucho al teatro, y constantemente me encuentro con este tipo de casos. Así que, si escribo esta carta abierta que es probable que usted no llegue a leer nunca, es para que la gente que sí la lea pueda entender la situación y, si es necesario, remediarla. Me encanta que la gente vaya al teatro y que no solamente sea para ver musicales o propuestas de grandes públicos. Pero si el resultado tiene que ser un aburrimiento y un mal rato para todos, es mejor que se distraigan de otro modo.

La dejo con la esperanza de que comprenda este texto más de lo que ha comprendido la obra que ha visto. O que, al menos, entienda que la moraleja que tiene que sacar de esta experiencia no es que el teatro sea un mal pasatiempo, sino que molestarse en valorar todas las opciones puede evitarle este tipo de problemas.

Atentamente, con mis mejores deseos de cara a su próxima experiencia teatral,

Una espectadora apasionada.

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