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Crítica de “Hermanas (Bárbara e Irene)” de Pascal Rambert

 

HERMANAS (BÁRBARA E IRENE) de Pascal Rambert

Reparto: Bárbara Lennie e Irene Escolar.

Dirección, autoría y espacio escénico: Pascal Rambert.

Un producción de Dilentante Producciónes y Buxman Producciones para El Pavón Teatro Kamikaze.

Madrid, 10 de enero de 2019.

 

LEVIATÁN por Carlos Herrera Carmona

   Y de nuevo el mismo encuadre: los parlamentos feraces de los personajes (¿o personae?) del autor galo campando a sus anchas por el escenario (para ambos tal vez no existe pues ocupan platea y exterior como si fueran de carne y hueso, entiéndase con esto: con vida propia). Los altavoces de Rambert son bautizados con los nombres de las intérpretes, acaso por dotar de altísima veracidad a sus vómitos dialécticos, facciosos, que, aunque reculen a veces ambas hermanas, vuelven a caer irremediablemente en los garlitos del autor. Esto hace que la acción adquiera efluvios cainitas. Hermanas es, una vez más en su producción, un verbal facing vertiginoso, huracanado, con el conflicto superando, recreando, estirando el propio conflicto y, de hito en hito, una pausa que no hace más que envenenar el siguiente núcleo relleno con nitroglicerina que es esta pieza.

   Vi Ensayo, la leí hace tiempo y me aleccionó sin querer, que es lo más soprendente que le puede pasar a un autor. Tanto, que me marcó, me convenció de que se puede dar rienda suelta a los alaridos en escena hasta desgañitarse, como si no hubiera un mañana, pues sus entes (sus mensajes) parecen agitarse coléricos en un no-espacio más mortificante que el propio Hades. Las hermanas parecen ansiar una catarsis en su bombardeo recíproco donde el destripar alcanza cotas nauseabundas, y ese efecto, acaso purificador, lo conseguimos nosotros, un público que tenemos hecho el oído por desgracia a esos debates televisivos donde el chillido, la carnicería basada en fusilar la memoria del otro, el reproche inmediato como si todo estuviera pensado, el ojo por ojo hasta llegar al desgaste, a la explosión/implosión. Cuando se está a punto de pedir perdón, de reclamar misericordia para que la constelación familiar se sanee, las hermanas retoman, casi por placer, el insulto, no hay hueco para una caricia, la que casi se llegan a dar se produce en un paréntesis onírico: un interludio pop en donde no se sosiegan sino que parece que se cargan de más ira al haber contado con más tiempo para pensar en la efectividad de su artillería pesada, en cómo ametrallar a la otra. Y la locura, heredada, contagiada, de madre, padre y Espíritu Santo las dinamita e incluso las justifica. Amén.

    Dos hermanas célebres en sus profesiones pero con la cara oculta de su luna particular sangrante, donde no les importa manifestar su deseo de muerte, eso de te mataría si pudiera y me quedo tan ancha, o algo así logro recordar. Ardua la tarea esta durante el millón de datos que se escupen. Los retazos filosóficos del autor se hunden entre tanto resquemor. No hay salida. Game over.

    El público en pie. Era un estreno. Todos y todas. Al unísono. Bárbara e Irene, cual atletas, saludaban tan exánimes como sus personajes vacíos y perdidos, eximidos o, al menos, un poco liberados. Una pieza sobre la aversión más indómita. Una pieza sobre el Monstruo del Odio que retoza como un leviatán aniquilando toda esperanza de conciliación. La bestia de Rambert, como todas las suyas, se agita sin cesar herida de muerte. Y con un oscuro total y repentino, el autor y director nos esconde a la bestia de nuevo, como hizo con Ensayo, hasta nueva orden. Rambert tiene bien amaestrado a su leviatán, conoce bien el inframundo marítimo donde lo mueve.

     Preguntas que lanzo: ¿Es cada puesta en escena rubricada por Rambert un continuum? ¿La conmoción que se persigue es que siempre hemos de asistir a sus diferentes representaciones dentro de un mismo limbo? ¿Es ese limbo la personificación de los personajes o viceversa en una desnudez que se me escapa, que no la justifico? ¿Por que siento que los textos de este autor sólo me transmiten, perforan, cuando los veo representado y no cuando los leo? Tal vez sea todo este compendio de revolución lingüística en gargantas de bellos animales escénicos que bien se podrían intercambiar lo que espetan; un je ne sais quoi abisal que levanta la arena del fondo del mar con sus aletas y nos deslumbra con la misma blancura, el mismo poder destructivo que el bicho de Melville. Pero, ¿hay un Ishmael que se salve?

Mi reseña de Ensayo (23/09/17, Madrid):

https://www.masteatro.com/critica-de-ensayo/

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