La trilogía de Esteve Soler: Contra el Progrés, Contra la democràcia y Contra l’amor


El pasado sábado 6 de abril en el Teatre Alegria de Terrassa se estrenó Contra l’amor, la última parte de una trilogía escrita por el dramaturgo Esteve Soler, cargada de mala leche, con espíritu combativo i crítico. La programación de este teatro la establece el CAET (Centre d’Arts Escèniques de Terrassa) bajo la batuta del actor y director Pep Pla y estos han logrado, año tras año, poner a la ciudad de Terrassa en el mapa teatral de Catalunya. No solo acogen obras en gira, también producen espectáculos para estrenarlos como es el caso del nuevo texto de Esteve Soler. Además, el dramaturgo y el CAET ofrecieron la oportunidad de ver la trilogía completa de Soler en una maratón que empezaba a las cinco de la tarde con Contra el progrés, seguía a la siete de la tarde con Contra la democràcia y terminaba con la estrena de la última parte a las nueve. Afortunadamente, esta trilogía se podrá ver también en La Seca- Espai Brossa el 21 de abril, el 5 de mayo y el 12 de mayo.

El caso de Esteve Soler es otro ejemplo de fuga de cerebros pues en la primera parte del tríptico, Contra el progrés tuvo su estreno en Berlín con excelentes críticas. Luego se estrenó aquí presentando a este dramaturgo como una voz original, con un mensaje social anárquico que hizo las delicias para muchos aficionados al teatro más independiente. Luego con la democràcia, ya pudo presentarse en la Beckett, un espacio muy adecuado para este texto. Y ahora la ha tocado recibir un buen varapalo, si bien, no tanto, al amor.

Tuvimos que saltarnos el progrés y fuimos de cabeza a atentar Contra la democràcia. Esta parte consta de siete escenas, pequeñas historias la mayoría en clave satírica, con un tono surrealista y que buscan la máxima de no dejar títere con cabeza, degradar la democracia, a quienes la usan a su antojo y a la misma sociedad que se deja llevar por este sistema pervertido e injusto. Algunos han dicho de Esteve Soler que representa la voz de los indignados, aún siendo él anterior al movimiento.

No hay mejor manera que poner el punto sobre la i como en el primer gag. En éste se  marca una metáfora del hombre y la mujer quejándose de un sistema político y social que los tiene, tal cual se lee, atrapados en una tela de araña. El surrealismo, la construcción de unas realidades extrañas, de un futuro terrorífico en un mundo sin alma ni porvenir es marca de la casa que se explota en la mayoría de los gags de la obra. Así descubrimos una ciudad devastada por los políticos hartos de las exigencias del pueblo; a un hombre que logra aplastar a su contrincante con un tirachinas; o a unos padres que obligados a la reestructuración familiar por la crisis, tendrán que aniquilar a su hijo. Sin duda son estos gags los más acertados, de alma más punk. Pero el autor también sabe poner el dedo en la llaga en uno de los males de la sociedad contemporánea: el racismo y la intolerancia hacia el otro. Una mujer con burka aparece en el escenario se dirige a nosotros en su lengua materna como si fuéramos los vecinos de la comunidad. Su vecino traduce y cuenta que no quiere que la juzguen, y que no le pidan que se desvista su burka. El ruego sigue para pedir también que la entiendan y que impidan a la policía que le quite su atuendo, pues, mostrando las manos ensangrentadas, ha cometido un crimen. Una escena demoledora, un poco larga pero que calla las risas. Sin embargo, el autor pretende dejar la obra con su toque genuino, y monta un encuentro ficticio entre Dick Cheney y Leopoldo II, rey de Bélgica. En aquel bar, el cowboy y el belga competirán para ver cual de los dos ha sido más tiránico y se ha enriquecido más. Un gag muy Monty Phyton, que precisamente por su referente o por la acumulación de tópicos maléficos de los dos personajes sorprende menos. Pero lo que es hacer reír, eso si que lo logra.

En la tercera parte de la trilogía, Esteve Soler se centra no tanto en la comedia destructiva de sus dos piezas precedentes, si no en un tono más crepuscular, triste. Claro está si el objetivo es desmontar las ventajas del amor, de enfocar su cara más oscura, irremediablemente el tono tiende hacia el drama. Aún así el autor añade sus toques y sus trampas para que las historias viren hacia la dramedia. Las trampas en este caso vienen dadas por una serie de canciones icónicas que versan sobre el amor y las relaciones. Así la función empieza con una pareja cantando Parole Parole, un clásico italiano, tema que sirve para presentar al campesino y la princesa, los protagonistas de la primera escena donde el autor incide en la comedia para desangrar el tópico romántico de hacerlo todo por amor. En la segunda historia se nos plantea brevemente una situación terrorífica, un hombre y una mujer están a punto de entrar a una habitación de un hotel cuando ella se cae y se rompe en mil pedazos como si fuera de cristal. Una idea genial, pero resuelta un poco atropellada, sin querer cerrarla. También nos canta uno de los actores el Love is in the air, canción que introduce la historia de un chico y una chica muy excitados, dispuestos a hacer el amor, pero ella le dice que tienen que tomar las precauciones adecuada, hecho que él se niega en rotundo. Pero estos dos no hablan de condones, si no de unas pastillas que sirven para enamorarse, las pastillas del amor. Bonita alegoría subversiva de los convencionalismos y las obligaciones tanto en el amor como en el sexo. Probablemente la idea más genial de las historias que configuran esta obra. Pero tal como se había comentado, las dos últimas historias dejan un poso de tristeza y desesperanza. La primera precedida por el acertado y bien interpretado Fly me to the moon nos presenta a una pareja de astronautas que hablan de su relación, de lo que sienten en un entorno tan inhóspito como se supone que es el espacio, del compromiso para tener un hijo y para quererse. El final de esta historia tan trágico y desconcertante dejó helada la sonrisa. Pero la perla se la deja para el final cuando los actores ponen un sofá en medio del escenario, tres se sientan y el cuarto se dirige a todos como si fuera una terapia para explicar su vida como actor porno que empieza una relación de amor que acaba truncada por su oficio y por… un asunto delicado. Si bien el contraste arranca más de una risa entre el público a medida que el actor va contando su tierna historia de amor se va entrando en el terreno del drama sentimental hasta llegar al triste final. Pero el autor no quiere terminar sin imprimir su tono más gamberro y cómico y lo hace con la yuxtaposición de la balda Whitout you de Nilsson con unas imágenes pornográficas súper pixeladas.

Los actores tanto de Contra la democràcia como de Contra l’amor son los mismos, Dani Arrrebola, Guillem Motos, Laia Martí i Eva Cartañà, cuatro actores con buena vis cómica, sobre todo los dos hombres, que crean muy bien los perfiles bien trazados de sus personajes. Sin duda esta trilogía es un buen ejercicio para sacar la mala leche a través de la risa o el drama. La comparación que han hecho algunos medios  de este autor con Els joglars es bastante acertada, tanto en el tono crítico, punk y destructivo como en el uso del Grand Guignol a través de escenografías, máscaras o proyecciones. Ir a la contra en estos tiempos que corren puede ser un buen motor dramatúrgico y Esteve Soler lo sabe.

 Trilogia a la Contra: Contra el Progrés, Contra la democràcia i Contra l’amor de Esteve Soler.

Dirigidas por Joan Mª Segura Bernadas (Progrés) y Carles Fernández Giua (Democràcia y Amor)

Interpretadas por Dani Arrebola, Txell Botey, Xavi Idàñez, Guillem Motos, Laia Martí i Eva Cartañà.

Trilogia cómica y dramática de espíritu subversivo.

En La seca- Espai Brossa del 11 de abril al 12 de mayo.

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