Josep Maria Miró

Entrevista a Josep Maria Miró, autor de Cúbit

Una de las obras que está cerrando temporada en el Teatre Lliure es Cúbit de Josep Maria Miró, un relato sobre una familia que se enfrenta a unos hechos del pasado y donde se reflexiona sobre la memoria. Y mucho más. Cúbit es un buen ejemplo de lo que representa la autoría de Josep Maria Miró, un dramaturgo inteligente que en cada obra que hace pone al espectador en una situación de tensión, de atención permanente. Las obras de este autor no dejan indiferente. Hablamos de Gang Bang, Fum, El principi d’Arquimedes. Obras que han creado controversia y que han puesto a Josep Maria Miró en la lista de dramaturgos más representativos del panorama catalán. Hablamos con él sobre Cúbit y sobre su manera de ver el teatro.

Masteatro- ¿De qué trata Cúbit?

Josep Maria Miró- Cúbit es una obra que especula con la memoria, sobre el relato oficial de la memoria, desde donde lo construimos. Todo acto de memoria es un acto de reconstrucción. Hay una metáfora de la memoria histórica, pero todo trata sobre una historia de familia, en que unos hijos vuelven a casa, se encuentran un intruso en casa, un chico de su edad, que conocen y que está ayudando a la madre a escribir un libro sobre la fundación que preside y levantó con su padre. Y se preguntan porque la madre se ha puesto en casa el hijo de una persona que el padre detestaba y cuál es este libro que repasará los 25 años de la fundación. Todo esto me sirve para hablar de este espacio tan delicado que es la memoria, del pacto de convivencia como herida abierta. Siempre que se remueve el pasado hay unos vencedores y unos vencidos. Y la historia siempre la escriben los vencedores. Y por lo tanto veremos estas tensiones que provoca el relato oficial con las opiniones de los miembros de la familia. Siempre que hay un proyecto, donde hay algo que se llama éxito o fracaso, siempre hay gente que se queda dentro y gente que se queda fuera.

MT- ¿Hay que buscar paralelismos de tu texto con la realidad social que vivimos?

JMM- La trama es una historia de familia. Quien quiera buscar signos, yo no daré las claves, pero sí creo que sería aplicable a una transición, a cualquier conflicto político donde haya habido un vencido. Pero no hay ningún concreto específico que hable o represente de nada en concreto, es decir la familia actúa como metáfora. Entonces quien haga el viaje, pues lo hará. Y si no se puede transitar tranquilamente en un texto donde se refleja las tensiones de una familia, a través de eso que se llama la estima, que a veces no está repartida como uno quisiera.

MT- Las obras de Josep Maria Miró siempre causan una cierta polémica. ¿Es deliberado?

JMM- Me gusta escribir sobre cosas que me inquietan. No busco siempre la polémica, en todo caso si son cosas que me inquietan, pueden ser cosas que escondan polémica. Sólo comienzo a escribir una obra cuando encuentro algo sobre lo que no tengo respuesta, y en lo cual no puedo dejar de formularme la pregunta. Y en este sentido, tal vez si no hay polémica, no hay teatro. Sin conflicto no hay teatro de lo que sea. Pero no busco la provocación per se, sólo hablo de unos temas que me incomodan, que me inquietan. El teatro donde me siento más cómodo como espectador es aquel que me pone en un lugar incómodo. Y por lo tanto supongo que cuando escribo teatro, intento hacer el teatro que a mí me gustaría ver. Un tipo de teatro no de verdades y resoluciones, sino de intentar meternos en un terreno algo pantanoso. Me parece interesante que el autor nos haga tambalearse y que nos haga preguntar dónde estoy, donde me sitúo yo con eso. Quizás sí que hay una constante que siempre está circulando en todas estas obras: la verdad. En El principi d’Arquímedes en el fondo también habla de verdad; en Fum está el concepto de verdad o mentira. Y en Cúbit nos preguntamos si es posible fijar una verdad sobre el pasado. Son tiempos de confusión de la verdad, tiempos de la posverdad.

MT- El teatro que escribes empieza con una pregunta, pero no terminas con una resolución a ésta. Tus obras no se cierran prácticamente nunca. ¿Qué buscas?

JMM- En eso soy un poco clásico, pienso que el teatro debe volver a un espacio de Ágora, de debate. Cuando me han halagado y he sentido que lo he hecho bien, ha sido cuando me han dicho que han ido a cenar y que han hablado de la obra. Esto significa que la obra ha generado debate, discusión y reflexión. El teatro debe tener un punto de encuentro, el espectador se encuentra con el actor, con el autor y por eso me gusta que el espectador sea parte de la construcción del relato. No me gusta que en un relato esté todo cerrado, que haya solución, que haya respuesta … me parece burgués. No es un tipo de teatro que me interese. Me interesa más un teatro en que al terminar te preguntes que ha pasado, donde te ha dejado y qué opinas de eso. Que te haga posicionar desde algún lugar. Yo tengo una máxima, que desde escritura no se juzgue ningún personaje, sino que cada personaje tenga su verdad, tenga sus razones. Me gusta mucho lo que dijo Espriu, de que el espejo de la verdad se rompió en mil pedazos y en cada pedazo había una parte de la verdad. Hay tantas verdades como personajes, tantos espectadores como verdades. Por eso yo no tengo la respuesta de lo que pregunta el texto.

MT- Las piezas de este espejo que se rompe son piezas de un puzzle. Pero ofreces pistas en el texto para que el espectador encaje las piezas.

JMM- Yo no pretendo dar las claves de mis textos para que sean interpretados. Sí que con los actores se llega a un pacto, pero intento dar pocas indicaciones. Por ejemplo, hace poco, el director de La Travesía – otro texto de Josep Maria Miró que se está representando en Uruguay– me llamó y me dijo que hasta ahora había hecho obras de Pinter o O’Neill, pero claro como que estabán muertos, no se habían quejado. Pero que con mi texto sentía que debía preguntarme. Yo simplemente le dije que me tratara a mí con el mismo rigor con que lo hizo con los otros dos, como si también estuviera muerto. No esperes a que yo te dé una localización, de la geografía de donde pasa esta obra, que le ha dicho este personaje al otro … no, eso no me corresponde a mí, yo en todo caso hago una foto e intento que quienes lo tengan que interpretar, lo hagan a su manera, que llenen su espacio a su manera. Yo lo lleno desde mi parte de escritura. Por ejemplo, en La Travesía, la geografía no está especificada. Una amiga mía dijo, esto es México. El director uruguayo lo ha situado en un mundo árabe. Yo tengo mi emplazamiento, pero mi verdad no niega la del otro. Yo creo que se ha acabado el tiempo de las verdades absolutas. Y que por eso busco un espectador activo y participativo en la reconstrucción, que a partir de su experiencia y de su conocimiento sitúe esto así y el otro asá. Hay suficientes herramientas en la obra en que, si uno hace su trabajo, vaya encontrando los concretos. Y es que para mí tampoco existe el concepto de error, existe el concepto de mirada diferente. En Cúbit hay algo que pasa y que creo que sintetiza muy bien la forma en que yo veo el teatro. Hay un momento en que comentan una fotografía. Un personaje ha hecho la foto, el otro personaje es el protagonista de la fotografía, y un tercero es uno que la mira y la interpreta quince años después. El protagonista dice que no recuerda ese momento, quien la ha hecho dice que tiene muy claro lo que sucedió y quién lo interpreta hace una lectura diferente. Es como cuando miras la foto de una boda y uno comenta, mira que contentos que se le ve en esta boda, y tu piensas, entonces tenía un problema vital enorme, de enfermedad, de rotura de pareja, lo que sea. Y hay otro que lo interpreta desde fuera, y que ve que en esa mirada hay un signo de tristeza, que ve que algo está pasando. ha visto la máscara. La fotografía es deshonesta, es una impostura, una máscara. Como la memoria, la fotografía es una construcción del relato.

MT- Además ahora te pones al servicio de una joven compañía como es La Ruta 40. ¿Cómo ha ido la experiencia?

JMM-  A La ruta 40 hace mucho tiempo que los sigo, me gustan como actores y además son amigos. Tienen talento y talante. Son una compañía que han sido muy concretos con el teatro que han hecho a partir de los autores que han elegido. Apuestan por una teatralidad muy concreta, por el teatro de texto, con la palabra como herramienta de pensamiento, de relación, de manipulación. Algunos de los autores que han elegido son autores que a mí me fascinan, han hecho Romina Paula, Harold Pinter. Han montado obras de algunos de los autores que yo admiro profundamente. Por lo tanto, me gusta el tipo de teatro que proponen, con este concepto de compañía y teníamos ganas de hacer algo. Y como a ellos les gustaba lo que escribía… Y había mucha complicidad. Así que de repente nos encontramos aquí y ellos me dieron carta blanca, lo que agradezco profundamente, y además me dieron permiso para sumar alguien de fuera, un cuarto personaje y aquí se sumó Anna Azcona, una actriz enorme, de una gran generosidad. A Anna Azcona el segundo día de rodaje ya le dije, Anna, es imposible no amarte. Es una actriz realmente muy buena. En esta obra yo la he hecho ir a un espacio más sobrio, una actuación más minimalista, que no era el espacio más cómodo para ella, pero ha puesto al servicio de este texto una gran energía, una presencia. Ha sido muy generosa. Estamos todos enamorados de ella. Es rock and roll, pero al mismo tiempo es de una ternura y una generosidad enorme.

MT- Eres uno de los autores catalanes que en los últimos años más se ha representado en todo el mundo. ¿Qué representa para ti eso?

JMM- En todo caso, me enseña ser más generoso. Soy un autor que normalmente dirijo. Pero me gusta que mis obras sean dirigidas por otros, con los que haya una serie de complicidades. Cuando ves que tu texto lo coge otro, tu mirada debe desaparecer. El texto debe ser válido para que otro lo trabaje, para que sea poliédrico. Y ahora me ha pasado algo que aún no me había pasado y es que han representado La Travesía, una obra que yo aún no he dirigido. Hasta ahora siempre había escrito obras en que tenía una opción de dirección, y de repente no, me pasan por delante y esto va bien porque te ayuda a ver otras teatralidades, otras miradas, otras maneras de entender el texto. Y ves cosas que tú no harías nunca, pero es bueno porque genera una lógica interna y es muy bonito. Por lo tanto, me ha ayudado a ser más generoso que ver que mi mirada no es la única. Y está muy bien que pase así.

MT-  Nos alegramos que sea así. Y que siga el éxito tanto aquí como fuera de nuestras fronteras. Gracias por todo, Josep Maria.

JMM- ¡Gracias a vosotros!

 

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