Un tret al cap

Crítica de Un tret al cap

Crisis. Detrás de esta palabra se esconden muchos males: económicos, sociales, culturales… Sea a lo que se dedique uno, su trabajo no el mismo ahora que hace diez años. Todo ha cambiado. Y sin duda uno de los sectores profesionales que de manera indirecta se ha visto golpeado por este monstruo transformador es el periodismo. Ha habido (y hay) muchos casos de periodistas veteranos, de la vieja guardia que han sido invitados a abandonar sus puestos de trabajo. Paralelamente muchos periódicos han ido adelgazando sus plantillas al mismo tiempo que han aparecido medios digitales cuyas publicaciones distan mucho de la calidad de las informaciones que antaño se leían en la prensa escrita. Antaño. Y es que también la prensa escrita ha sido devorada por este tipo de periodismo fácil, sensacionalista, carente de esfuerzo. Y de verdad. La era de la postmentida. ¿Saben a qué nos referimos, no? Al dramaturgo Pau Miró le gusta el periodismo, le gusta leer la prensa, siempre le ha gustado y desde su punto de vista de lector y con la sabiduría que ha ido cultivando en su carrera dramatúrgica ha escrito y dirigido Un tret al cap, una obra que habla sobre la crisis del periodismo. Pero no sólo de esto, sino mucho más.

Una periodista veterana (Emma Vilarasau) es despedida de su diario. Atesora una gran experiencia, reconocimiento y un prestigioso premio por un artículo que es un referente para muchos periodistas. El enfado y la decepción va in crescendo y la compañía de su hermana (Inma Colomer), la cual más adelante sabremos que está enferma, tampoco le ayuda. Demasiadas rencillas en el pasado. Pero cuando una puerta se cierra, otra se abre. Una visita de una joven chica (Mar Ulldemolins) que quiere denunciar la empresa alimentaria en la que trabajaba por delitos contra la salud pública le pude dar una nueva oportunidad para reivindicarse. Pero Pau Miró no tira por el camino recto, no hay ninguna Erin Brockovich. En Un tret al cap sólo hay personajes hastiados, vulnerables, que lucen sus contradicciones sin tapujos en un momento de derrota absoluta. Pero a pesar de la derrota aún hay secretos, hechos que consideran inconfesables y que les confrontan.

Pau Miró traza dos líneas narrativas que se van intercalando una con otra. El primer conflicto lo protagonizan la periodista veterana y la chica joven. Las intenciones de una no son lo que deberían ser y lo que representa lo otra tampoco es lo que debería. Pero detrás de estas dos mujeres hay el retrato de dos personas que han luchado y luchan por sobrevivir, por lograr el reconocimiento y/o la estabilidad que anhelan. Una habla de un pasado remoto, la otra actúa ahora. Las dos, pero han cruzado sus propias líneas rojas. ¿Dos víctimas del nuevo periodismo? Sí, pero, sobre todo, reflejos del ser humano contemporáneo, miedoso y conservador.

La segunda línea narrativa narra la relación de las dos hermanas que durante mucho tiempo pasa a primer plano. Dos hermanas que conviven sin terminar de entenderse del todo, como que hay algo que les separa. La periodista vive malhumorada, medio deprimida, escondida en su desprecio a la profesión, como una niña herida en su orgullo que se regodea en su enfado. Su hermana (que también guarda su propia relación tormentosa con la escritura pues es escritora de cuentos infantiles) le confronta con su ego, le reprocha desde una actitud más vital. Pero está enferma y además tienen algo pendiente de que hablar. Algo que parece muy grande, pero que en su resolución tampoco termina siendo una revelación tan determinante.  Sí que sirve, pero para dar alas al giro definitivo a la primera línea narrativa.

Pau Miró no quiere que el espectador se acomode en la historia y decide terminar su historia desnudando la artificiosidad con un cuento contado por las tres actrices a modo de epílogo que cierra el devenir de unos de los personajes. Un final desconcertante que a más de uno se le atraganta. El autor manda deberes al espectador, pero uno tiene dudas de que este final sea el que realmente necesita el texto, aunque de éste salga una reivindicación social muy pertinente.

Pau Miró busca depurar el estilo en su dramaturgia, desnudar los textos, quitarles peso, ironías, ambigüedades. Está en el camino. Aun así se agradecen las gotas de mala leche, de sarcasmo en más de una réplica de la periodista. Lo que si se desnuda es el escenario, donde un cuarto de pared hace de marco pero dejando los laterales desprovistos y con el fondo oscuro descubierto desde donde descansan las actrices cuando no están en escena. Fuera cuarta pared tanto física como textualmente hablando, pues en distintas ocasiones los personajes parecen interpelar con el público y hasta esperar su aprobación a sus actos.

Y desde la dirección de actores también pide un ejercicio a las tres actrices de naturalización, de desnudar (otra vez) la impostura, de sentir y decir las frases sin cargar la emoción. No son seres emocionales, aunque lo que puedan decir pueda despertar intensas emociones, prefieren la serenidad a la exaltación, la rabieta y la contestación seca que la ira más furibunda. Las tres actrices están espléndidas, equilibradas. Vilarasau, desprovista de glamour, pero sin perder ni un ápice de autoridad escénica; Ulldemolins define su personaje desde el estaticismo y con cierto miedo, pues se juega mucho; y Colomer, luminosa y decidida, es la luchadora más honesta y así lo transmite.

 

Un tret al cap de Pau Miró.

Dirigida por Pau Miró.

Interpretada por Emma Vilarasau, Inma Colomer y Mar Ulldemolins.

Drama de personajes al límite.

Hasta el 30 de julio en la Sala Beckett.

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