Eduardo Vasco

Crítica de ‘Ricardo III’ Noviembre Teatro

Un año más la compañía de Eduardo Vasco, Noviembre Teatro, vuelve al Teatro Cuyás y lo hace con una pieza espeluznantemente actual, como es el Ricardo III de El Bardo.

Durante la hora y cuarenta y cinco minutos, que dura la versión de Yolanda Pallín, no dejan de sucederse hechos terribles, violentos, asquerosos,… por ello no podemos más que pensar que las raíces de Séneca siguen vivas. La trama se sucede a toda prisa entre crímenes, a cuál más injusto; se mata a todo, desde la inocencia hasta la crueldad pasando por el amor. Ya nada es sagrado, ya nada está a salvo, el espectador no tiene descanso; casi como desde el sofá de su casa donde va viendo en el telediario innumerables atrocidades y nadie dice nada.
Aquí el ritmo trepidante de la obra tira del público, lo lleva, lo arrastra hasta un final apoteósico. El final deseado pero a la vez desalentador, como la vida misma, donde no salimos con alivio porque se haya hecho justicia al fin, sino con lágrimas en el rostro porque la historia se repite una y otra vez. Así es éste país de España, que lleva la cabeza donde deben ir los pies.

Ricardo III no dejará impasible a nadie. Además de por la astucia con la que se ha hecho la adaptación, goza de un vestuario impecable a cargo del reconocidísimo Lorenzo Caprile. La iluminación (Miguel Ángel Camacho) destaca por sus tonalidades, sobras proyectadas y magnificadas, y unas hermosas candilejas que iluminan el rostro de los actores de abajo arriba creando un mundo onírico a veces, la voz del pueblo otras. Una escenografía que -compuesta básicamente por módulos que son baúles y maletas- esboza todo tipo de espacios, y enmarca, junto con el piano a cargo de Jorge Bedoya, esta propuesta de Noviembre Teatro.

Y para acabar, la guinda del pastel: “¡los actores!”. Un elenco de once personas que dan vida a más de una treintena de papeles que contiene la dramatis personae de William Shakespeare. Un trabajo coral con mucho brío, con pincelas de auténtica comicidad y sobre todo transmite el placer que supone para un actor poder jugar con su voz, con su cuerpo y crear innumerables matices sobre la escena.  ¡Arriba el telón!

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