Miedo o soltar

Crítica de Miedo o soltar

Cuatro mujeres se presentan en el escenario. Cuatro personas. Cuatro vehículos de las emociones más universales que albergamos los seres humanos. El miedo, la rabia (in)contenida, los traumas del pasado y la incertidumbre hacia el futuro. Una amalgama de emociones intensas que desde el inicio llenan toda la puesta en escena de Miedo o Soltar, historia de las despedidas en cuatro partes.

Esta obra, dirigida por Elena González-Vallinas y Ariadne Serrano, forma parte del I Ciclo de Mujeres Independientes en la Escena, organizado por la Red de Teatros de Lavapiés. Se trata de una obra intimista, con un formato atrevido que consigue interpelar al público más allá de si eres hombre o mujer, madre o hija, profesora o alumna. Porque, al fin y al cabo, todos podemos ser una cosa o la otra según el momento de la vida y esta obra es el catalizador de esas emociones compartidas que superan los roles sociales.

¿Quién no ha sufrido desamor o humillación? ¿Quién no ha tenido miedo? Miedo o soltar es un punto de encuentro para empezar a indagar sobre uno mismo. Esta introspección se manifiesta en el sobrio vestuario, en la eliminación de cualquier elemento superfluo. Lo que importa son las personas de carne y hueso. En un buen guión que se centra en lo esencial.

Las emociones a flor de piel desde el minuto uno de la función pueden dificultar al espectador entrar en ese universo que pretende reflejar. A medida que avanza la obra, sin embargo, va tomando forma, gracias también a la interpretación madura y sincera de las cuatro actrices que llevan la carga del argumento. El clímax llega con el monólogo final en el que el público empatiza con todo lo que está sucediendo en esa atmósfera de conmoción creada.

La obra es una apuesta valiente, que no abusa de los recursos retóricos ni estéticos, que mira a la verdad a la cara y te pregunta: ¿Miedo o soltar?

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