el metge de lampedusa

Crítica de El metge de Lampedusa

Cada noche Xicu Masó invita al público del Teatre Lliure a una visita al su consultorio médico en la isla de Lampedusa. Desde nuestras cómodas butacas nos cuenta amablemente su día a día recogiendo los cadáveres que el mar va dejando desde ya hace unos cuantos años. Xicu Masó es Pietro Bartolo. Es El metge de Lampedusa y ahora le toca recoger un poco los juguetes y peluches con los que los hijos de las inmigrantes recién llegadas han jugado. Con simplemente este gesto, natural, sin ningún tipo de afectación ni dramatismo, uno ya siente como el corazón se empequeñece. Nos adentramos pues en la vida de este popular médico, muy a pesar suyo, uno de los héroes más humanistas que uno haya visto retratado.

Pietro Bartolo se hizo famoso cuando el documental Fuocoammare de Gianfranco Rossi ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Él era básicamente el protagonista del documental que retrataba la llegada de centenares de inmigrantes diariamente en aquella isla, considerada para muchos africanos la puerta de Europa. Al poco salió publicada la autobiografía del propio Bartolo donde daba más detalles de su vida, de sus rutinas y de miles de historias trágicas venidas del mar. El libro se llama Lágrimas de sal. Durante la presentación del libro en Barcelona, Xicu Masó quien asistió a la presentación quedó profundamente trastornado por la profunda humanidad de la persona. Persona, no personaje. No hay ningún trazo de impostación en el retrato del médico. No estamos hablando de un texto escrito por una ONG, sino de un hombre que lleva más de 25 años ejerciendo profesionalmente de médico en un trozo de tierra flotante a 20 km de la costa africana y que es una de las primeras personas que auxilia a los inmigrantes. Un hombre que en circunstancias normales debería tratar de cuidar de los habitantes de la isla, de sus vecinos. Masó tenía claro que debía de trasladar su historia al teatro. Así que pidió ayuda a dos compañeros de profesión, Anna Maria Ricart, para que tradujera y adaptara el libro al formato teatral, y a Miquel Górriz para que se encargara de dirigirle.

Vivimos asaltados por una marea de noticias sobre la llegada de refugiados y del repudio de la Unión Europea a estos. Y diariamente nos inundan con cifras. Pero esta historia penetra mucho más profundo que lo que diga cualquier noticiario. El propio Masó/ Bartolo dice que no son cifras, sinos seres humanos. Y los recuerda todos en su lápiz de memoria. Igual que el impacto que causó la escenificación de Kalimat de Helena Tornero, el proyecto social de Paramythádes, El metge de Lampedusa cuenta en primera persona el retrato de lo que sucede en un punto donde el conflicto es real. Pero la historia que Xicu Masò bascula entre los episodios más dramáticos, dando voz a los testimonios de algunos de los inmigrantes que sobreviven y cuentan sus pérdidas, con apuntes autobiográficos sobre su familia, su vinculación con el mar, sobre su mujer, que dan forma al personaje de Bartolo y ayudan al espectador a hacer más llevadera la carga emocional de las historias contadas. También ayuda a la respiración del texto las proyecciones, las canciones o las llamadas de teléfono que separan episodios de esta vida sin perder el contexto dramático y situacional.

Con todo este material Masó hace un retrato de la persona que trasciende la actuación. Masó no interpreta a Bartolo, sino que habla como Xicu. No hay ninguna impostación, no vemos la creación de un personaje, sino la narración de una vida como si fuera la propia. No permite el actor ni el director que Bartolo sea visto como un personaje de ficción, sino como una persona real. Sólo de esta manera, despojado de artificios y afectaciones, consiguen llegar y golpear al público.

Que instituciones públicas como el TNC el año pasado o el Teatre Lliure este año apuesten por estas propuestas escénicas es fantástico. Pero El metge de Lampedusa debería tener más vida, debería llegar a todas partes, a las escuelas, a los pueblos, a las capitales. Y en los Parlamentos.

El metge de Lampedusa, adaptación de Anna Maria Ricart a partir de Lágrimas de sal de Lidia Tilotta y Pietro Bartolo.

Dirigida por Miquel Górriz.

Interpretada por Xicu Masó.

Monólogo dramático.

Hasta el 12 de noviembre en l’Espai Lliure de Montjuïc.

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