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Crítica de ‘El laberinto mágico’ de Max Aub

      ¿ESTÁS AHÍ, ESPAÑA? Por Carlos Herrera Carmona.

      El caldo tenía que ser sabroso sí o sí. Los ingredientes que lo componían eran ya de una garantía irrefutable para que su textura cayera bien en cualquier estómago, puesto que cuando uno asiste a un montaje bautizado con la tríada mágica de Poesía, Mensaje y Verdad, no cabe la menor duda de que el alimento será saciante y satisfactorio. La Poesía, por su parte,  se cuela aquí entre disparos y elegías además de una sucesión de muertes anunciadas que asusta. Esta poética en escena -y no me refiero sólo a los versos que también son recitados- existe en tanto en cuanto el verbo en su totalidad es emitido por el reparto/coro y es capaz de emocionar y de convertir el pasado en ahora y la advertencia en futuro. El Mensaje de alerta y de recordatorio conforma el corpus central de este laberinto de arenas movedizas. La labor recopilatoria y de síntesis tan bien avenida del tándem José Ramón Fernández -ése “ser ojo” comprometido- junto con la maestría en la dirección de Ernesto Caballero por hacer carne este Padrenuestro de Aub, apellida sin duda este montaje con el término “teatro-documento” para los que allí estuvimos presentes y para los que lleguen y sientan la curiosidad -obligada- de disfrutarlo.

       Documenta pues este montaje al desplegar por sí mismo una retahíla de fechas las cuales anclan los hechos como ciertos y confieren al discurso dramático un carácter hemerotético que no apabulla sino que informa sin dilación, sin anestesia, sin miramientos y sin cortapisas de que esto fue verdad y la verdad -real, dura, afilada- hiere. Al igual que hiere a personajes con nombres y apellidos quienes se desangran a un metro del público y fallecen. Por citar, la muerte de un astado-humano que abre la pieza y el grito agónico de “¿Dónde estás España?” que  un actor/corifeo declama como broche y que descarna como un cuerno en el muslo nuestro, lento y letal. Dicha demanda duele, pues escuece que desde el pasado se pregunte aún por un territorio que es ahora menos territorio que nunca, el cual se desmembra y se voltea como si de un pelele goyesco se tratara; que esta suerte de reparto operístico se sitúe al borde del mar, puesto que más allá de él no habrá respuestas. Y que esto que acabo de decir es lo que sucede hoy en día irremediablemente en las orillas de nuestro bendito Mediterráneo que tanta vida ha dado y que tanta muerte nos devuelve con olor a saudade. Este texto espectacular queda entonces como testimonio documentado del pasado histórico de esta España, mía / Esta España nuestra, distraída, olvidadiza y fiestera desde cuyo subsuelo rezuma deuda con la Memoria/la Verdad y muy poco escarmiento: a los españoles nos gusta tocar las palmas, pero que no nos toquen las narices, sobre todo las que huelen a alcanfor…

       Las trincheras omnipresentes a diestra y sinietra del inmenso escenario, adaptado para la ocasión, no nos permiten olvidar dónde nos encontramos, aunque en el centro sucedan una escena de matrimonio ajado -soberbia-, un cabaret improvisado, interrogatorios cinematográficos y la mar que se oye y hasta se siente al sentirla el reparto con tanta sutilidad.

       Resaltar de nuevo la capacidad de Caballero por cómo resuelve la transición de escenas, ora con humor, ora con sutileza imperceptible; los cambios supersónicos de roles del reparto, transmutados en seres de todo tipo e índole. La música en directo: necesario el piano cuyas melodias son bálsamo e impacto al mismo tiempo. Y  sobre todo: los muertos parlantes, los muertos que nos cuentan su final por adelantado, con la sonrisa imperturbable mientras juegan con una cuerda/soga; y la sensación de que ya no hay nada que hacer para evitarlo: ¿Nihilismo servido en bandeja?. La alegría de celebrar la muerte desde tu muerte y ésta como parte del día a día, como ha de ser -lo que ocurre es que se nos olvida; y lo de caminar con este desenlace en la cerviz es lo que me transmite sin querer -ese es el Arte- reparto y texto: un mosaico sucio y desgastado, tarima flotante de este laberinto ibérico; un legado dramático y documental que heredamos de un Max Aub embellecido, enaltecido y hecho carne y hueso gracias a Caballero y Fernández. Desconocía su obra. Mea culpa. Ahora saldaré esta deuda cuanto antes.

      Como resulta, no podemos encontrar a España por ningún lado, sencillamente porque la hemos vuelto a perder. Volvemos a dar trompicones en este laberinto y con el futuro canalla que nos ha robado el hilo en el laberinto- no sé cómo, ni cuándo, ni por qué. Montaje y mensaje provocan ternura, reacción, documentación y un sentimiento piadoso para con mi país y su historia. La revisión de esta literatura histórica y de denuncia merece, como es el caso de esta producción de CDN, testimoniarlo en escena, a fin de que el Teatro nos catapulte hacia el pasado y hacer caso a Einstein cuando decía que aquello de que hay que aprender las reglas del juego para después jugar mejor que nadie. Pero en este caso, no volver a equivocarse.

EL LABERINTO MÁGICO de Max Aub

CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL. Teatro Valle-Inclán. Madrid. 1 de julio de 2016.

Versión: José Ramón Fernández.

Dirección: Ernesto Caballero.

Reparto: Chema Adeva, Javier Carramiñana, Paco Celdrán, Bruno Ciordia, Paco Déniz, Ione Irazabal y Borja Luna entre otros.

Músicos: Paco Casas y Javier Coble.

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